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ALBISTEAK //

Abuelos


Los nuevos esquemas de vida domestica y de estructura familiar han repercutido considerablemente en la convivencia entre abuelos y nietos.

Mientras muchos mayores se quejan de la carga que supone ocuparse de unos niños que no ven a sus padres hasta la noche, otros aceptarían esa servidumbre, porque pasan meses sin oír siquiera por teléfono la voz del niño. Desgraciadamente, en la mayor parte de los casos la frecuencia en el trabajo viene dada por motivos prácticos -de los padres y madres, se entiende-  y no por decisiones basadas en los valores o en los sentimientos. El respeto suele quedar en segundo plano cuando mandan los horarios. La añoranza, el afecto y las atenciones mutuas cuentan poco cuando unos están ocupados. Está por ver las ventajas e inconvenientes de estas fórmulas.

No es asunto de fácil solución. En principio, los abuelos deben mantenerse  ante los nietos en lugar secundario en asuntos de educación procurando que los niños no se sirvan de ellos para 'salirse con la suya' y manteniendo, a poder ser, las pautas de comportamiento marcadas por los padres. También pueden facilitar a los nietos, por vía del afecto, un cierto alivio de las tensiones de estos: un gesto indulgente o unas palabras tranquilizadoras cuando alguno se siente injustamente castigado, puede ayudar al niño a entender mejor esa situación.

Algunos abuelos se sienten contrariados porque, o bien reciben reproches de sus hijos cada vez que se sienten 'traicionados' o contrariados por su proceder o bien porque se les ha privado de su autoridad a base de encomendarles papeles meramente domésticos. Pero cuando a un abuelo se le condena a ejercer de cocinero, cuidador, o asistente, no debería sorprender que asumiera también otros papeles de mayor responsabilidad.

El mayor error de los padres consiste, precisamente, en recurrir a los abuelos solo en caso de necesidad, despojándoles de sus prerrogativas de autoridad moral, para condenarlos a ser piezas subalternas de una organización basada solo en la distribución de tareas. Ni intrusos ni consentidores, sino todo lo contrario: elementos que se entrecruzan y se confunden en una época de cierta confusión. Los abuelos no están para hacerse cargo de los nietos, ni para suplir a los padres. El hecho de que casi todos lo hagan de buen grado  no significa que la atención a los nietos colme sus vidas. Para hacerlo han renunciado a parte de su autonomía, de su libertad y su descanso.

Son felices porque reciben la recompensa del afecto, pero con frecuencia desdichados porque sobre ellos recae un peso excesivo. Profesionales de la cosa advierte del incremento de estas situaciones dentro de los nuevos modelos de organización de las familias y del reparto de papeles dentro de ellas. Según ellos, el recurso a las abuelas -hablamos de abuelas porque son ellas las que reciben la mayor carga de atención- es para muchas familias la formula más eficaz cuando los padres no pueden hacerse cargo de sus hijos durante parte del día. Así no es preciso dejarlos en manos de desconocidos y, al menos en apariencia, los niños se mantienen en el medio familiar con todo lo que esto supone de continuidad en los vínculos de afecto y de confianza. Pero no hay que engañarse: la mayor parte de quienes confían sus criaturas al cuidado de sus mayores lo hacen por motivos más prosaicos. El amor lo justifica todo, incluso si ese todo empieza a parecerse al abuso. Que el contacto frecuente entre abuelos y nietos es deseable y provechoso, queda fuera de toda duda. No solo contribuye a reforzar la familia, sino que amplia vivencias, puntos de vista y referencias de valores. 

¿Qué  entendemos por familia?. ¿Qué miembros la componen y hasta cuando?

¿Se preocupan los padres de que sus hijos mantengan contacto con los abuelos cuando estos no les son necesarios?

¿Se preocupan los padres de los abuelos cuando estos necesitan ayuda? 

   


Montxo Urraburu