Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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La cartografía de un rostro

Por Cristina Maruri.

De todos es conocida la búsqueda de la inmortalidad por el ser humano. En razas, tiempos, culturas y religiones. Elixires, piedras y cálices.

No suponiendo excepción, existe en cada padre o madre (progenitor), y también en cada creador. Porque el sentimiento de perpetuidad que al parecer necesitamos alimentar (al a menudo considerarnos más príncipes de la creación, que motas de polvo en el universo), puede darse en carne y hueso, pero también, siguiendo el curso de una nota, un lienzo o un pedazo de mármol.

Creación artística, que menudo resulta minusvalorada en una sociedad en la que el economicismo y el materialismo reinan, porque son pocos son los hacedores, que pueden vivir con el producto de sus obras. Pero esto no es óbice, para que cada pieza, sea una prolongación desde y hacia el infinito del artista. Su particular búsqueda de la inmortalidad.

No tenemos más que echar la vista atrás o mirar a nuestro alrededor. Adentrarnos en una biblioteca, pinacoteca, encender la luz, asistir a un concierto…

Allí los encontramos y hasta casi los veneramos, paradoja, de aquellos que no fueron reconocidos en vida, lo sean ahora, cuando su obra les otorga el beneficio excelso del viaje a través de los siglos.

De todas las artes, llama mi atención una relativamente reciente, pero en absoluto menos interesante: la fotografía. Y lo hace, porque físicamente solamente requiere de un click.

Me fascina particularmente, porque la obra y su resultado, no requieren de largas horas empleadas, un progreso orientado, un borrar para comenzar. 

Es la magia exponencial de ese instante atrapado al vuelo, no para esclavizar, sino para colmar de contenido. Para evitar dejarlo escapar, vacío y sin relevancia. El lujo del tiempo desperdiciado, la experiencia vivida y olvidada, la emoción no repetida; todos ellos superados con ese minúsculo movimiento, en cualquier máquina utilizada de soporte.

Hechiza a muchos, poniendo, por ejemplo, el foco en un estudio y un vestido. O al aire libre, disfrutando de un mar plateado, un monte verde y un cielo azulado.

Hechiza a muchos, captando esa imagen grupal que al visualizarla siempre añoramos, porque, de ella surgen destellos de cariño y alegrías.   Familias y amigos en escenas cotidianas, celebraciones o vacaciones soñadas.

Hechiza a muchos, corazones enamorados, porque en este caso se duplica la perseguida perpetuidad. La del artista y la de un amor, que creemos infalible y duradero, cuando apretamos el botón.

Y me hechiza y rechifla a mí, cuando me enfrento a ese rostro. Verbo que utilizo en términos de acercamiento no de oposición, porque creo nunca me haya acercado a nadie con ánima aversión. Para quien siente debilidad por la grandeza y rareza de los seres humanos, es harto difícil.

Puedo leer muchos libros y transitar por otros tantos terrenales lugares, pero el mapa que muestra cada rostro ante mi mirada, alcanza otra dimensión.

El descubrimiento es magnífico y apasionante. Y aunque falten las palabras, se inicia una conversación. Más bien un monólogo, porque todo en él me habla, me cuenta y se desvela…

Radiaba esta mujer (fotografía 1) vendedora ambulante en puesto de carretera, esperando a turistas. Camboya; camino de los “archifamosos” templos de Angkor, nos detenemos para ir al lavabo y aprovisionarnos. Lo puedo hacer atiborrándome de proteínas. Provenientes de gigantescos insectos refritos y aliñados cual ensaladas, y ofrecidos en bandejas de aluminio por sus compañeras. El olor me desagrada y la visión también. Esas arañas, polillas, saltamontes, cucarachas; todos ellos chamuscados y coronados con trocitos de perejil. Platos incorporados en la dieta del país, tras la hambruna a la que fue sometido por el ejército de los Jemeres Rojos.

Afortunadamente aquella guerra de atrocidad inimaginable ha terminado, y en la paz, aunque todavía pobre, Camboya puede disponer, además de sonrisas como la que me ofrece la vendedora del gorrito de ganchillo, de bolsitas de mango seco, una de las cuales adquiero para continuar mi viaje. Me despido captándola, para que “hasta siempre”, sea un “hasta luego”.

Hice que se detuviera la furgoneta que me transportaba (fotografía 2), porque a pesar del movimiento y la distancia; me perturbó.

En medio de la nada, sin asfalto, aceras o signos de civilización alguna, a hombros trasladaba aquella escuálida mujer un niño, que parecía un angelito. Orondo y de pelo rizado, supuse habrían derramado una capa de oro sobre él, porque toda su piel brillaba. Era una imagen inusual en Uganda, y la curiosidad me azuzó, apresurando el paso para poder salirles al encuentro. He de confesar que apenas recuerdo a la mujer, porque los ojos del niño me devoraron. Fue como ser ingerida por las fauces de un león. Su cristal gris azulado era tan transparente, que pude reflejarme en él mientras le fotografiaba. Un espejo que nunca olvidaré.

Me acuerdo que llovía torrencialmente; durante todo mi viaje a Sri Lanka lo hizo. Pero aquella mañana las inmensas colinas sembradas de té, apenas se veían por la densa niebla y por una cortina fina de lluvia.

Salió de la espesura como un fantasma (fotografía 3). Todo en mí crujió, porque todo en ella destillaba angustia y cansancio hasta la saciedad. Portaba un hatillo de leña sobre la cabeza de considerable volumen y peso, y   chorreaba: rostro, ropajes y alma.

Sucumbí a su dolor. A sus ojos vidriosos, a su rostro enjuto y desdentado. Con signos le pedí posar, y en un gesto ambivalente de coquetería y generosidad, bajó el hatillo y posó. No pudo exhibir sonrisa. Su vida plagada de heridas y sus manos y pies de ampollas; se lo impedían.

Era de tal colorido (fotografía 4), que hubiera sido imposible no reparar en él, sentado en medio de tanto templo y tanto escombro. Porque Katmandú y en general Nepal, a duras penas se levanta del terremoto que los asoló hace dos lustros.

Pero aquel santón de rojo y amarillo, distorsionaba el conjunto pareciendo levitar, proyectando una imagen de paz y alegría que a todos repartía.

Yo no fui una excepción, y él ni se movió cuando apunté. Disparé y lo guardé en mi teléfono junto con su bendición. En un platillo me desprendí de unas monedas para darle las gracias.

Toda ella proyectaba hambre (fotografía 5). Aquella niña que me salió al paso en una de las islas del lago Tana en Etiopía. Zampaba voraz un puñadito de arroz, ración que lo sería para todo el día.

Buscaba en mi aspecto de turista, cualquier cosa que le ofreciera, para poder garantizarse otro puñadito en días sucesivos. Su vestidito azulón, cien tallas más grandes y sus ojos, que apenas cabían en su carita famélica, lo gritaban todo. Puro grito.

Son solamente cinco de mil y una conversaciones que escucho, cuando miro un rostro y pulso el botón.

La mayoría no las que deseo, porque compruebo, que hay más tragedia en este mundo de la que debiera, de la que nos debiéramos permitir, de la que nos podemos justificar.

Pero confieso que no por ello abandonaré el momento, convertido en mapamundi, para   atesorar y por compartir. Aunque solamente valga un mísero penique, para la perseguida inmortalidad.