Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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Cuento triste

Por Julen Goñi.

Miren miraba a su reloj esperando la hora en la que su deseo sería ignorado. Y lloraba.

Había llegado a comprender que las personas que en un determinado momento se quieren pueden dejar de hacerlo en otro momento. Intuía que la razón de esa situación tenía más que ver con algo que había hecho su padre, pero tampoco quiso saber mucho más. Sin embargo, ¡qué difícil le resultaba entender el mundo de las personas adultas! Porque ella quería vivir con su hermana pequeña y su madre, pero una cosa que se llamaba Tribunal Superior de Justicia había decidido que lo que ella quería no se tendría en cuenta y que, quisiera o no, debería estar con su padre el mismo tiempo que con su madre. Aunque era pequeña, recordaba que quien siempre se ocupaba de ella y de su hermana era su madre: la que les compraba la ropa, las vestía, las lavaba y la que jugaba con ellas en vacaciones, la que las llevaba al cole, la que les enseñaba a nadar, a andar en bici, a leer, la que siempre estaba ahí, mientras que el padre no había abandonado ninguna de sus aficiones (los amigos, la bici, el fútbol…). No sabía si eso se tenía en cuenta o no en la decisión de ese tribunal, pero ella habría querido poder explicárselo a quienes iban a tomar la decisión de repartir a su hermana y a ella como si fueran cosas sin sentimientos. Pero no tuvo opción.

Y es que, antes de la decisión de ese tribunal, hubo otro que la obligó a tener alguna consulta con una psicóloga que, en su informe, recogió lo negativo que sería para ella que la obligaran a vivir con su padre y que, por ese motivo, había decidido que estuviera más tiempo con su madre que con su padre.

¿Qué había pasado para que otro tribunal, que decían que era más importante, decidiera otra cosa distinta y la obligara a compartir en igualdad lo que hasta entonces nunca había sido igual? ¿Habían realizado otro informe psicológico que había cambiado las conclusiones del anterior? Sabía que no porque a ella no la habían vuelto a llamar. Entonces, ¿cuál era el motivo para que ese tribunal tan importante decidiera no tener en cuenta su situación ni sus deseos?

Observaba el dolor que sentían quienes la cuidaban por el dolor que ella reflejaba y se sentía confusa porque oía continuamente que había que tener en cuenta los deseos de las niñas y de los niños, pero que, a la hora de la verdad, eran ignorados. “¿Tendrán hijas o hijos las personas que toman esas decisiones?” -se decía-. “Y, aunque no las tengan, ¿son incapaces de escuchar y de entender a las niñas y a los niños?”. Y lloraba.

Julen Goñi. Profesor de filosofía.