Por Narok Ibarburu Ruiz, estudiante de primero de Periodismo en la EHU.
No podemos ser indiferentes a lo que está sucediendo en Irán; debemos, en cambio, tener presente la valentía del activismo y defender una vía democrática frente a la tiranía teocrática
Imagínese. Imagínese que en vez de en un país europeo como en el que vive lo hiciese en uno de Oriente Próximo. Inquieto por la caída del valor de la moneda, cansado por los cortes de agua, asqueado por las desigualdades e impotente por la brutal represión por parte de las fuerzas de seguridad sale a protestar. Pero el Estado no se queda con los brazos cruzados: se despliega en las calles con las balas y las detenciones por bandera. No muere, pero casi; le detienen, le acusan de, por un lado, conspiración contra la seguridad interna del país, así como, por otro, de actividades de propaganda contra el régimen; sin garantía procesal alguna, la justicia emite un veredicto: muerte; tras unos pocos días de macabra incertidumbre, se informa de que su ejecución va a ser pospuesta; sí, pospuesta.
Mientras tanto, el poder judicial niega que haya dictado una sentencia de muerte en lo relativo a su caso, que esos cargos no conllevan tal pena. Las ONG que luchan por el respeto a los derechos humanos en su país alertan de su situación al resto del mundo, de que van a ahorcarlo y de que cualquier atisbo de oposición al régimen está siendo jibarizado con carnicerías diarias; las cifras que aportan los organismos distan unas de otras, pero si algo tienen en común es lo inquietante de sus números. Las calles se hunden en una vorágine de protestas, fuego, humo e incertidumbre. Más y más muerte: balas, represión, miedo. Más y más detenidos: las cantidades llegan a cotas inimaginables. Silencio. Se cortan las comunicaciones. La oscuridad llega a los móviles. Los actores internacionales apoyan los amotinamientos, a los manifestantes. El régimen entra en cólera. El clima es irrespirable. La temperatura de la región está candente. ¿Qué será del futuro?, se pregunta la gente. Nadie. Nadie es capaz de predecir nada. ¿Qué será de mí?, se pregunta usted, encerrado, privado de la libertad que le corresponde. ¿Seré uno de los muchos que han perecido tras el manto de opacidad de la autoridad opresiva estatal? Nadie. Nadie es capaz de predecir nada. Sombras, penumbra y tinieblas: así es la vida en este reino cuyo soberano es el mal.
¿Le parece una distopía, algo alejado de la realidad? Pues no, es muy real. Se llama República Islámica de Irán, y esto que le acabo de contar está basado en hechos reales, los vividos por el joven Erfan Soltani y por los y las valientes manifestantes que se rebelan frente a la letal violencia institucional. Esta, por desgracia, es seguramente una de las muchas historias que habrá escondidas entre el amasijo de escombros de bienestar y derechos humanos en el que se ha convertido Irán. Habrá miles de familias como la de Soltani desgarradas e impotentes del dolor que debe causar que te arranquen injustamente a alguien que amas por el simple hecho de protestar, de no conformarse con una tiranía teocrática.
Hace unos cuantos días la traductora, divulgadora cultural y activista iraní Ryma Sheermohammadi estuvo en Al rojo vivo, de laSexta, en el que habló de todos estos horrores que se están viviendo en el país proximoriental. Ejecuciones en lugares públicos por ahorcamiento, latigazos a mujeres por no llevar velo, represión brutal de manifestaciones y un largo y terrorífico etcétera. Sheermohammadi dijo que cree que es el momento de mayor debilidad del régimen de los ayatolás. Los ensayos de rebelión contra el aparato represivo del Estado por parte de las mujeres que decidieron no llevar velo en 2022 fueron un ejemplo de firmeza, recalcó la activista; estas valientes manifestantes hicieron ver a la población que “cuando uno se mantiene en sus principios consigue ganarle la batalla a quien le obliga a actuar” de una forma determinada. Estas son, por lo tanto, las máximas de quienes se están manifestando: persistencia en las propias convicciones y valentía.
¿Y qué hemos de hacer nosotras y nosotros? En mi caso personal –y en el de la mayoría de la ciudadanía– la más poderosa de mis armas es un ordenador portátil desde el que escribo estas líneas. No formo parte ni del Gobierno de España, ni de la Comisión Europea ni tampoco de ningún organismo de las Naciones Unidas. Soy, en definitiva, alguien insignificante en el mundo. Pero no se crea usted: el punto no es ser alguien importante, el punto es, sin embargo, dar visibilidad a aquello que lo merece, sacar a la palestra las historias huérfanas de conocimiento público para que entre todas y todos no dejemos a un lado, olvidadas, a las personas que se dejan la vida por la libertad y los derechos humanos. La indiferencia es la más cruel de las respuestas que les podemos dar a los y las iraníes. Asimismo, debemos denunciar el statu quo, la situación política del país, y defender la vía democrática. Que Irán y solo Irán decida su destino. Nadie más.