Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

1978, el año axial

Por Jesús Ferrero.

1978, de Vicente Huici Urmeneta (Pamiela, 2025), no es mero testimonio: es un pulso vivo, un latido a la vez fragmentario y sostenido. En sus escasas 128 páginas, este dietario se erige como imagen a la fragilidad del ser ante el torbellino del cambio. Huici, confinado en el cuartel madrileño durante su servicio militar, no solo registra; invoca y disecciona el espíritu de un año que fracturó el alma colectiva, desenterrando las semillas de una democracia temblorosa, aún teñida de sangre y de dudas.

Lo que eleva esta obra es su alquimia: la fusión entre lo efímero personal y la avalancha colectiva. 1978 no es una fecha inerte, sino un vórtice filosófico, un prisma donde el tiempo se refracta en capas de emoción, política y existencialismo crudo. En sus entradas diarias, el autor entreteje los gestos minúsculos (el hastío del soldado, el eco de una conversación robada, el aroma de la incertidumbre) con los vaivenes históricos: la gestación de la Constitución, las manifestaciones que rugen como presagios, las sombras de la violencia etarra y el franquismo agonizante. Huici escribe con la intensidad de quien sabe que recordar es un acto contra el vacío; su prosa, desnuda y afilada, disecciona la memoria no como reliquia, sino como fuerza vital, un eterno retorno nietzscheano donde el pasado no se repite, sino que se reinventa en cada mirada retrospectiva.

La honestidad de 1978 reside en su rechazo a las máscaras: ni nostalgia edulcorada ni hermetismo erudito. Es una meditación sobre el ser-en-el-mundo heideggeriano, donde el individuo, arrojado al caos de la mili, se convierte en espejo de una nación en metamorfosis ontológica. Cada página palpita con la presencia histórica, esa Dasein colectivo. La vivencia singular se transmuta en arquetipo generacional, revelando cómo el tiempo no es lineal, sino un tapiz de instantes superpuestos, donde la esperanza cohabita con el terror, y el recuerdo no consuela, sino que interpela y exige. ¿Qué significa recordar en un mundo que olvida? Huici responde: es filosofar desde la acera y sin paraguas.

Así, 1978 trasciende el mero relato: es una evocación litúrgica de un año fundacional, un relato sobre la vida efímera y una interrogación del tiempo humano. Para quienes lo vivieron, es un espejo que multiplica heridas; para los demás, una puerta de lo que pudo ser y no fue. Yo, exiliado en París aquel año fatídico, lejos del fragor y la intensidad que Huici capturó en carne viva, hallé en estas páginas un regreso espectral, como hubiese dicho Derrida. A través de su mirada sin retóricas vanas, he revivido un país que abandoné y un tiempo que me eludió. Su lectura me ha recordado que la historia no es un relato cerrado, es más bien una interrogación que no siempre el tiempo acierta a responder, pero que deja huellas en la mente y el corazón. El libro de Huici es buena prueba de ello.

En lo que a mi respecta, me han resultado emocionantes las páginas dedicadas a Pamplona, la ciudad de mi adolescencia, y al vivero de su familia, que yo solía contemplar con placer toda vez que me diría a la estación de ferrocarril. Aunque lo más interesante son las reflexiones que aparecen a lo largo del texto, y donde vemos los movimientos titubeantes de un joven filósofo que intenta descifrar el inescrutable misterio del presente.