Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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LA OTRA HISTORIA

Por Toti Martinez de Lezea

Repasando la larga y extensa historia de Euskal Herria encontramos algunos hombres, no muchos, famosos. El número de mujeres famosas es casi inexistente. Da la impresión de que la mujer vasca se la ha querido relegar al puesto de esposa, cuya tarea principal ha sido parir hijos para la supervivencia de la especie, una especie en plena decadencia vistos los índices demográficos de los últimos tiempos.

                Esta tierra tiene una historia escrita de dos mil años y de muchos más de los que nunca se escribirá. Nuestro pueblo es uno de los más antiguos de Europa y sin embargo no tenemos grandes reinas como Leonor de Aquitania, aunque a esta podríamos considerarla medio vasca, Isabel I de Inglaterra o Catalina la Grande de Rusia; tampoco contamos con místicas del nivel de Hildegarda de Bingen, Juana de Arco o Santa Teresa; no hay entre nosotros intrigantes cortesanas del tipo de Teodosia de Bizancio, la Princesa de Eboli o Madame de Pompadour; no se encuentran heroínas de novela como Madame de Bovary, Violeta la de ‘La Traviata’ o Julieta la de Romeo. Todo lo más tenemos a la Maite de ‘El Caserío’ o a la Carmen de Bizet, que no deja de ser una gitana navarra de mala reputación, entre las ficticias, y nos suena  Catalina de Erauso la monja alférez y alguna otra entre las reales.

                Sin embargo, este pueblo ha mantenido sus costumbres, sus creencias y, sobre todo, su lengua, gracias a la mujer porque ha sido ella la que, en el anonimato de su existencia, ha preservado el legado heredado a través de los tiempos; porque es entre las faldas de las madres y de las abuelas donde los hijos e hijas de esta tierra hemos aprendido a conocer y a amar lo que nos era propio.

                Los romanos, tan civilizados ellos, se quedaron estupefactos y escribieron escandalizados que en las tribus del Cantábrico, y aquí compartimos mesa con cántabros y astures, las herencias pasaban de padres a hijas y que eran estas las que preveían la dote de sus hermanos. A ellos semejante práctica debió de parecerles el colmo de lo absurdo cuando, en realidad, el único fin de la misma era preservar la economía familiar y del poblado en una época en la que los hombres se ausentaban durante largos periodos o morían jóvenes debido a las guerras, a la caza del oso y el jabalí y a la pesca en botes de cuero.

                La historia de la mujer vasca es un estar continuo a lo largo de su existencia. Hay que buscar y rebuscar en los documentos para encontrar una mención, un nombre femenino o un hecho concreto, pero quien sabe leer, encuentra. El hecho de que nuestro pueblo adorara a una diosa-madre, Amari, en contraposición al dios de las grandes religiones patriarcales y monoteístas, dice mucho sobre el papel preponderante de la mujer en nuestra cultura. Dejando a un lado el famoso matriarcado, tan manido e inexacto, y las respetadas amonas vascas, asoman a ella mujeres de carácter como doña Toda, reina de Navarra, a lo que dicen, de armas tomar, que regentó el reino durante años con mano de hierro; Blanca de Navarra cuyo nombre suena algo gracias a una firma conocida de licores; Munia, la esclava y después esposa de Fruela, rey de Asturias y de León y madre de Alfonso II ‘el casto’; Graciana de Barrenetxea y María de Zozaya encausadas en el proceso a las llamadas brujas de Zugarramurdi: María Pérez ‘la Varona’ que se enfrentó con la espada y vestida de hombre a Alfonso VI de Castilla, Pancracia de Ollo, mujer de Tomás de Zumalacarregui que soportó con nobleza todo tipo de afrentas; María Pilar Acedo y Sarria, marquesa de Montehermoso y amante de José Bonaparte; Martina Ibaibarriaga que llegó a coronel bajo el nombre de Manuel Martínez durante la guerra contra los franceses; Faustina de Ascarza, ‘la puta de Ascarza’ que, a su manera, luchó también contra los franceses contagiándoles el mal venéreo…

                Y muchas otras mujeres de nombres anónimos, a las que se las menciona como herederas de grandes y pequeñas propiedades que ellas mismas gestionaban, ferronas, religiosas fundadoras de órdenes y conventos, dueñas de negocios, damas y campesinas, curanderas, defensoras de plazas sitiadas, amantes reales, madres solteras e incluso bandidas.

                Queda por escribir la historia de la mujer vasca, por investigar su papel a lo largo de los siglos, por rebuscar en los archivos y seguir su huella, pero mucho me temo que aún tardaremos en ver un obra de esas características porque, en general, los historiadores están más ocupados en la Historia con H mayúscula que en la otra, la que nos toca de cerca, la más próxima, la más íntima, la más real.

                Nosotras, las descendientes de aquellas mujeres que empuñaron las armas para defender su libertad; que mataron a sus hijos para que no fueran esclavizados dándose después ellas mismas la muerte; que conservaron la herencia de sus antepasados mientras sus hombres desaparecían durante meses y, a veces, años en busca de la ballena o inmersos en guerras a las que nunca debieran haber acudido; que mantuvieron las haciendas familiares, ocupándose de casas, hijos, enfermos, huertas y animales; que se embarcaron hacia tierras lejanas en busca de una vida mejor para los suyos; que sufrieron persecuciones por creer en lo que sus madres creyeron; que fueron arrinconadas y alejadas de las fuentes del saber; que preservaron y nos legaron lo mejor de nosotras mismas,  estamos en deuda con ellas.