Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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PARTERAS, CURANDERAS, HERBOLERAS Y BRUJAS

Por Toti Martinez de Lezea.

En tiempos remotos, las mujeres sabias guiaron a las tribus, crearon la religión, investigaron el uso de las plantas medicinales, aprendieron a cultivar la tierra y a domesticar a ciertos animales, asimismo descubrieron los tintes orgánicos, inventaron el telar y curtieron las pieles de los animales cazados por los individuos masculinos de la tribu, supieron dominar el barro para fabricar útiles, leyeron en las estrellas y escucharon el viento. Cuando el concepto masculino del mundo superó al femenino, las mujeres sabias fueron sustituidas por los sacerdotes, y relegadas sus prácticas transmitidas durante generaciones. Las que habían sido respetadas y veneradas por pueblos y generaciones enteras pasaron al lado oscuro de la Historia con una denominación única y sobrecogedora, brujas. No obstante, y aunque temidas, las mujeres sabias, especialmente herboleras y parteras, nunca fueron molestadas de manera colectiva hasta finales de la Edad Media.

                La brujería, perseguida con saña por eclesiásticos y laicos entre los siglos XVI y XVIII, no fue un invento de aquella época. Brujas, hechiceras, magas, nigromantes, adivinas, agoreras, curanderas, existían desde el comienzo de los tiempos. Desde que el ser humano hubo de responsabilizar a alguien de las tormentas, sequías, epidemias y muertes, acudir en busca de un remedio curativo, de una información sobre el futuro, de una fórmula para hacer fértil a una mujer o para devolver a un hombre su virilidad agostada. Mujeres y hombres han tenido siempre necesidad de creer en alguien o en algo, tener una guía, buscar una solución fantástica y milagrosa a fin de solucionar sus problemas y, al mismo tiempo, hacerle responsable o achacarle todo tipo de desgracias naturales o voluntarias.

                La caza de brujas dio comienzo “oficialmente” en 1484 por obra y gracia del papa Inocencio VIII. El pistoletazo de salida fue la publicación del libro “Martillo de Brujas” en 1487, escrito por dos frailes dominicos alemanes, obsesos sexuales hasta la médula, que volcaron en su obra sus fobias, que eran muchas, contra las mujeres, acusándolas de todas las prácticas que la imaginación popular había ido concibiendo a lo largo de los siglos e incidiendo, muy especialmente, en el aspecto de las relaciones sexuales con Satanás. En nombre de Dios, una vez más, se persiguió, encerró, torturó y asesinó a miles de mujeres y también a hombres, aunque estos en número mucho menor. No hubo personas socialmente importantes entre ellas y por ello, cuando se trata de brujas, se habla en abstracto, como si no tuvieran nombre, como si pertenecieran a un grupo marginado, como si, en realidad, jamás hubieran existido.

                Parteras, curanderas y herboleras fueran las más perseguidas, tal y como lo demuestran las numerosas actas existentes de los juicios llevados a cabo a lo largo de trescientos años en toda Europa. Las parteras fueron acosadas por hacer la competencia a los médicos quienes a partir del siglo XIV obtuvieron sus diplomas en las Universidades. Los estudios costaban tiempo, trabajo y dinero y únicamente estaban al alcance de las clases pudientes por lo cual, además de sus conocimientos académicos, los médicos contaban también con el apoyo de las oligarquías locales. De vuelta a sus lugares de origen y al instalar sus consultas, los galenos comprobaron que únicamente la mitad de la población acudía en busca de sus servicios; la otra mitad, las mujeres, continuaban acudiendo a las parteras “de toda la vida”, las que las había atendido desde su niñez, las que habían atendido a sus madres y a sus abuelas. En una época en la que el fin de la mujer era procrear y poco más, el número de embarazos y sus consecuencias físicas –fiebres puerperales, falta o exceso de leche, hemorragias, abortos, partos difíciles, etc.– estaban a la orden del día, siendo muy elevada la media de nacimientos por mujer debido a la gran mortalidad infantil existente. De hecho podría decirse que desde la edad núbil y hasta la menopausia, la mujer de cualquier condición social no hacía otra cosa que parir y morir en muchas ocasiones. Las biografías de hombres notables de la Edad Media y del Renacimiento muestran una media de matrimonios muy elevada, y no es difícil encontrar a algunos de ellos casados hasta cinco veces por óbito de sus anteriores esposas durante o después del parto. Esto ocurría en las ciudades puesto que en el campo el número de médicos era prácticamente inexistente. En Bilbao, por poner un ejemplo, hay reseñado un solo médico en el siglo XIV y un par de ellos en el XV. Dicha situación, el apego a la medicina tradicional y la desconfianza por parte de las mujeres y sus familiares hacia los médicos permitió una presencia real y respetada de las parteras hasta finales del siglo XV, momento en el cual los inquisidores comenzaron a atacarlas. Según decían, en sus manos estaban la vida y la muerte de los recién nacidos. Fueron acusadas de provocar la muerte de niños para fines maléficos, para evitar que fueran bautizados y entregarlos así al diablo, para utilizar sus cuerpos en la elaboración de pócimas ponzoñosas. Las parteras o comadronas como tales, es decir como practicantes independientes de su oficio, desaparecieron en el siglo XVII y reaparecieron en el XIX como ayudantes de los médicos.

                Curanderas y herboleras (palabra utilizada en el época para herbolarias o herboristas) fueron el otro grupo sobre el que cayeron con mayor fuerza las furias inquisitoriales. Poseedoras de un conocimiento transmitido de madres a hijas a lo largo de generaciones, conocedoras de los poderes curativos y letales de las plantas, eran consultadas por el pueblo a fin de obtener algún remedio con que aliviar sus males. En una época en la que las epidemias hacían acto de presencia varias veces durante una misma generación causando una mortandad terrible –recuérdese, por ejemplo, la peste negra aparecida en 1348 y que acabó con la mitad de los europeos en menos de seis meses–, en la que las sequías se sucedían y el hambre, los piojos, las pulgas, las ratas y otros animales transmisores de enfermedades eran habituales entre las gentes, las remedios curanderiles eran los únicos a los que la población tenía acceso.

                El curanderismo no solamente se basaba en la elaboración de pócimas, jarabes, pomadas y píldoras para aliviar o atajar dolores, inflamaciones, fiebres y demás síntomas, sino que llevaba consigo prácticas rituales aún vivas en la Europa rural, heredadas de las religiones precristianas. El medicamento debía de ser utilizado en determinados momentos coincidentes con las fases de la luna, debían de recitarse unas oraciones concretas antes de tomarlo y realizarse determinados gestos. De nuevo aquí, la clase médica luchó contra la competencia y la Iglesia lo hizo contra la superstición y remanentes de las antiguas religiones.        

                Las viudas fueron a menudo diana de los fanáticos, tal vez debido a su situación de desamparo. Anna Schelkin fue quemada viva después de habérsele acusado de “sostener pecaminosas relaciones carnales con Satanás, desear someterse al imperio de Lucifer. Con sus brujerías perjudicó, devastó y mató a un gran numero de niños, de hombres, de caballos y de ganado y colaboraba en destrozar el trigo de los campos…”.

                También las comadronas fueron perseguidas con incomprensible saña puesto que, a falta de médicos, eran ellas las que se ocupaban de atender a las mujeres en los partos y otras dolencias. A Walpurga Hausmännin se la obligó a confesar que “con frecuencia salía, de noche, con su diabólico amante hacia diversos lugares, cabalgando sobre una horca, que todos los años por San Leonardo, desenterraba uno o dos niños inocentes, los cuales devoraba en compañía de su amante diabólico y otros compañeros suyos, transformando los menudos huesos en granizo”. Con semejante confesión es fácil deducir que el fin de la desgraciada mujer no fue otro que las llamas de la hoguera.

                Tampoco se libraron las mujeres casadas, ocupadas en sus quehaceres. Rebeca Lemp, madre de seis hijas e hijos, escribió a su marido en vísperas de ser quemada viva: “Amado y elegido de mi corazón: ¡que Dios no tolere que me separen de ti en mi inocencia! Nos maltratan, nos obligan a confesiones, horribles fueron las torturas que me hicieron padecer… Oh, querido ¡cuán honda es la aflicción de mi corazón! ¡Ay de mis pobres huérfanos! Envíame algo que me dé la muerte, pues los suplicios acabarán conmigo”.

                Las niñas, a veces, de seis o siete años, fueron acusadas de ser pequeñas brujas, irremediablemente perdidas para la religión. Una niña, de la que ni tan siquiera se conserva su nombre, fue violada repetidamente por sus carceleros. Al tratar sobre el tema, el juez decretó que el causante del abuso sólo podía haber sido el diablo, añadiendo así una prueba irrefutable a la acusación pues “el diablo tiene por costumbre el fornicar con las brujas”, de forma que la niña fue encontrada culpable y ejecutada.

                Las ancianas, en especial si eran pobres y vivían solas, fueron así mismo blanco de los ataques. María de Zozaya tenía noventa años cuando fue llevada a la hoguera acusada de haber fornicado con el diablo de todas las maneras posibles, haberlo adorado y besado su hediondo trasero. ¡Extraño gusto el suyo y… el del diablo!

                Las curanderas, poseedoras del conocimiento de las plantas, fueron las más perseguidas. Graciana de Barrenetxea fue hallada culpable de matar a hombres, mujeres y niños, levantar tempestades, emponzoñar los campos, volar por los aires utilizando ungüentos, mantener relaciones sexuales con el diablo, robar niños, molestar a los vecinos, matar al ganado, robar huesos del cementerio, celebrar misas negras y un sinfín más de barbaridades realizadas en compañía de su marido Miguel de Goiburu, sus hijas Estefanía y María y su cuñado Joanes de Goiburu.

                Tuvieron que transcurrir trescientos años para que amainase la histeria colectiva que llevó la muerte y desolación a miles de familias. Es de justicia decir que durante ese periodo hubo médicos, abogados, sacerdotes, escritores y pensadores que lucharon en contra de semejante aberración, pero su voz fue un pequeño quejido perdido en una marea de sinrazón; vieron sus vidas en peligro y algunos fueron, incluso, acusados de brujería por defender a los encausados y ejecutados por haber osado enfrentarse a las corrientes de pensamiento claramente manipuladas del momento. Puede que alguien piense que estos son hechos antiguos e irrepetibles, sin embargo, a veces, la propia realidad de los acontecimientos actuales hace creer que, salvando las distancias, existen poderes abocados a repetir una y otra vez los mismos errores, las mismas injusticias, la misma caza de brujas.