Por Xabier Sanchez Erauskin
In memoriam de Xabier Sanchez Erauskin, periodista, profesor, poeta... que se ha ido dejando frutos de provecho sobre la tierra vasca
Agur eta ohore, maitasunez
Mar 20, 2017
Aquel verano de 1953 fue muy especial: una encrucijada vital con desenlace inesperado el 31 de julio.
Xabier Sanchez Erauskin*
Yo era un joven seminarista con diecisiete años. Al final del curso en Comillas había decidido dejarlo, “colgar la sotana” se decía. No lo sabía nadie. Pero tenía que comunicarlo a los aitas. Preferí dejarlo para Vitoria a la vuelta de las tradicionales vacaciones en Leza. Allí tendría ocasión de repensar mi decisión.

«LEZA aquel verano de 1953… inolvidable por tantas razones».
Fue un verano distinto, encerrado en mí mismo en paseos solitarios entre viñedos, permanentemente escoltado por el bello paisaje de mi Rioja Alavesa en pleno esplendor. Una maravilla andar por el camino de Camposalvos, que se retorcía entre el verdor de las viñas con racimos casi sazonados…

En ocasiones, cuando el sol apretaba demasiado, bajaba por la cuesta de la Iglesia hasta el Choperal. Al abrigo de sus frescas sombras, junto al riachuelo, tumbado o con un libro en la mano, daba vueltas en la cabeza con al salto al vacío que suponía empezar desde cero una nueva vida. Para empezar, cambiar mis estudios, a menos que se pudieran convalidar, y con una problemática preparación escolar para poder aprobar el bachiller en Valladolid.
«BAJABA por la cuesta de la Iglesia pensando en una nueva vida».
En mi solitaria independencia disponía de un apoyo importante; mi bicicleta, una “Orbea” de paseo, a la que había cambiado el manillar de cuernos por uno más aparente “de ciclista”. Con ella hacia correrías solitarias a Elciego y Laguardia. Los meandros del Ebro, frontera natural con La Rioja hacían de Labastida y Lapuebla de Labarca, aliciente preferido para mi “Orbea”. Y en los toboganes y desniveles de la carretera consumía energías y mantenía viva mi forma física futbolera del seminario.

LA ORBEA, importante durante aquel verano en Rioja Alavesa.
A veces le pedía a Don Ignacio, cura del pueblo, las llaves de la Iglesia. Me las daba para ensayar en el pequeño armonio. Mi secreto era que aprovechaba también para subir a la torre-campanario. El panorama desde la altura era deslumbrante. Una visión circular en la que entraban los perfiles rocosos de la Sierra de Cantabria, las murallas de Laguardia, los campos de viñedos y emergiendo, aisladas, las torres-campanario de Samaniego,, Navaridas, Páganos, Villabuena, Elciego…

LA TORRE de Leza miraba a la Sierra.
¡Y los colores de los campos! Verdes jugosos, marrones tostados, y amarillos con reflejos brillantes del disco solar. Toda una paleta maravillosa en la que descansaba mi vista proporcionándome una paz que apagaba temporalmente mis preocupaciones. A mi espalda, amenazantes, dos impresionantes campanas, mudas, me remontaban desde las alturas a la historia de los hombres de aquellas tierras. Nunca olvidaría aquellas tardes de la torre de Leza.

XABIER escuchaba sus pensamientos en la soledad de aquella Torre.
Seguía yendo con los familiares a las festivas noches de las cuevas de la Lombilla. Las chuletillas asadas en los sarmientos, regadas con el mejor vino del mundo, sabían a gloria. Aquello levantaba el ánimo del más templado y yo no era una excepción.
Cuando salíamos de las cuevas, ya tarde, se oían todavía las mismas canturriadas que nosotros habíamos cantado antes. A veces, en el camino de la vuelta a casa, una luna brillante y resplandeciente iluminaba fantasmagóricamente el paisaje hasta convertirlo en un decorado onírico.

LA SIERRA te llama en Rioja Alavesa. Es la más alta torre del paraíso.
La sierra de Cantabria era mi salida favorita. Hice unas cuantas. Por Berberana hacia arriba se espesaban los jarales y la maleza. Había que mantener el resuello para ascender a Peña Parda o los Peñucos. Aquel verano se decía que había jabalíes que bajaban hasta los campos de trigo recién segados. Algunos aseguraban haber oído tiros de escopeta y se rumoreaba que el furtivo era, uno del pueblo, Juan “el fraile”.
El día de San Ignacio, 31 de julio cerraríamos las vacaciones de Leza. Al día siguiente, en Vitoria comunicaría mi decisión a los aitas. Había planeado con mis hermanos pequeños una excursión al alto de Recilla en la Sierra. Fue un día muy caluroso. Mi madre nos había preparado una buena comida y una cantimplora. Subimos por el camino siguiendo los postes de la línea eléctrica que ascendía en zig-zag con bajada a Lagrán.

EN la Policlínica de Vitoria, donde pasó dos meses y medio ingresado.
Un camino más largo pero menos duro. Hacía mucho calor, la cantimplora se había recalentado. Ya casi en la cumbre me adelanté unos metros para buscar alguna fuente. Alcancé a ver el paisaje boscoso de la montaña alavesa y la mancha blanca de Lagrán. Fue lo último que recuerdo. Mis hermanos vieron el fogonazo y mi desaparición del escenario . Había sido alcanzado por un cable de la línea eléctrica. Era de alta tensión a pesar de los postes de madera. Mi rescate en la montaña fue muy penoso. Aquella misma noche estaba en la Policlínica de Vitoria con el cuerpo quemado.
Aquello fue un tremendo shock. Abrumado por mi deformación de siete años de seminario pensé inmediatamente que era un “castigo de Dios” por mi “traición a la vocación”. Cuando tras siete meses pude salir a la calle, ya estaba decidido a volver al seminario. Volví a Comillas un año más tarde. Atrás quedaba un decisivo y crucial verano en Leza, en la Rioja Alavesa. Nunca volví a subir a Recilla.
*Periodista, escritor, profesor de periodistas. (Vitoria, 1935 – Bilbao, 2026).