Por Narok Ibarburu Ruiz, estudiante de primero de Periodismo en la EHU
Cuando algo concluye, todo continúa igual; todo menos nosotros mismos
Uno sabe que todo llega a su fin. Lo sabe no porque se lo transmitan verbalmente, ni tampoco porque lo lea —aunque también—. Uno lo sabe porque lo siente.
No me malinterprete, oiga, no estoy infravalorando las palabras. De hecho, soy un enamorado de la belleza que desprenden; pero cuando el sol me despierta a las siete menos cuarto de la mañana, esta estrella me comunica sin mucha solemnidad ni expresión verbal que estamos cerca del verano. Es un aviso. Me dice: “oye, tú, levanta” —sí, sí, así de informal y directo es él; un tuteo, a todas luces—, y nos azota con sus tórridas garras hasta el ocaso.
Sentimos que llegamos al final porque el ambiente se enfría. Como cuando llega la primavera, que salimos a la calle y respiramos diferente, sentimos distinto. Hay algo dentro de nosotros que nos remite a la nostalgia, casi como un refugio, una vía de escape a la que nos agarramos.
Los finales llegan tan ligeros como un nocturno de Chopin, pero son tan contundentes como el Passacaglia de Handel. La música conduce nuestros sentimientos, hace las veces de guía sentimental. Llega el final porque corremos despavoridos al regazo de las melodías melancólicas, a que estas nos provean su calidez.
Otro indicio de final son las lágrimas. Son una señal del advenimiento de este irremediable fenómeno, gotas de agua, agua nuestra, agua suya, agua mía. Es un momento en el que las personas desnudan su psique y nos muestran una íntima realidad, un atisbo de sinceridad, algo de humanidad, algo de realidad, una dosis de anomalía entre tanta normalidad.
Es el final en sí lo más desalentador. Pensar que cuando acaba algo en nuestra vida —o la propia vida— los ríos siguen fluyendo, la televisión y la radio emitiendo, el metro funcionando, las personas hablando —y constantemente matando—, me deja desamparado. Me siento muy pequeño cuando esto ocurre.
El final es una despedida. Es un “te quiero”, un beso, un llanto y un último adiós. Es un “hasta el año que viene”, un “hasta siempre” y un “no te olvidaré jamás”; aunque también puede convertirse en un reproche, un “por qué te vas”, un grito desconsolado, una respiración ahogada. Es un instante, uno breve y finito, uno fugaz. Uno que dura toda una vida.