Por Narok Ibarburu Ruiz, estudiante de primero de Periodismo en la EHU
A veces no somos conscientes de lo mucho que se acelera todo
Un segundo, dos, tres, cuatro, cinco, seis… Nada cesa. Siete, ocho, nueve, diez… Incluso cuando nos sentimos estáticos, inmóviles, parados, sin soplos de aire, los segundos siguen corriendo, las máquinas funcionando, su sonrisa brillando.
El tiempo que nos queda. Nuestra vida es tiempo que resta. Minutos, horas. Tiempo de espera, tiempo que está muerto pero vivo a la vez. La espera, el aguardar, los instantes en los que frenamos nuestro imparable frenesí de horarios y citas, en los que destaca la impaciencia, son espacios que nos deja la sociedad. Son triviales y ficticios oasis en el tórrido desierto de la infernal cotidianeidad. Todos estos lugares temporales de espera son elementos vacíos a los ojos de Su Santidad la productividad. Nadie dedica esos soplos de tiempo a la nada. Las mentes se vacían de paz mientras rebosan y se saturan de estímulos. Música, vídeos, películas, lo que sea. Soma del siglo XXI. Una tóxica dependencia.
Valiente quien desafía al imperio del tiempo productivo, quien no se doblega ante el perentorio e incesante ritmo de las agujas del reloj. Valientes aquellos o aquellas que se emancipan, que huyen. Valiente quien para.
Todo hay que vivirlo a una intensidad determinada, no hay momento para la calma. Aprovechar, exprimir, consumir toda proporción de tiempo —cualquier instante vital—, hacerlo teniendo la presión de que mañana todo acabará, asumir la finitud como una losa punitiva que no permite disfrutar de lo que nos ocurre, desestimar el entusiasmo por las sorpresas del mañana y dejarse atormentar por la aparente monotonía del porvenir.
No pretendo buscar soluciones, tampoco cambiar la vida de nadie. Solo saco la cabeza, salgo al frescor de la noche y pienso. Pienso y medito. Mire, creo que somos como mecánicos, automáticos, que estamos programados. Once, doce, trece, catorce, quince… Todo sigue funcionando. Nada acaba, seguimos en movimiento, corremos, andamos. Dieciséis, diecisiete, dieciocho… Aceleramos, vamos al límite. Diecinueve y veinte: hasta que sea demasiado tarde para poder respirar.