Por Jon Koldo Arteaga Iribarren.
España ya tiene su segunda estrella y una nueva hornada de ídolos para toda una generación. El nacionalismo vasco del siglo XXI no puede conformarse con gestionar bien: necesita recuperar el corazón.
España levantó el domingo en Nueva Jersey su segunda Copa del Mundo. Rodri fue elegido mejor jugador del torneo, varios futbolistas prometieron tatuarse la cara si conseguían el título y, fieles a su palabra, tendrán que cumplirlo. Durante varios días, plazas y calles de buena parte del Estado se han llenado de celebraciones, banderas española y un ambiente de euforia colectiva.
Hace unas semanas ya apuntábamos que este campeonato nunca iba a ser únicamente una competición deportiva. Ahora que el trofeo ya tiene dueño, resulta difícil negar una realidad evidente: el sentimiento político nacional español atraviesa uno de sus momentos de mayor vitalidad de las últimas décadas.
Conviene fijarse en cómo se alimenta ese fenómeno. El deporte crea referentes, y los referentes ayudan a construir identidades. Un adolescente que ve a Lamine Yamal decidir una final del Mundial no solo admira un gesto técnico. También asocia ese momento a unos colores, un himno, una selección y una historia compartida.
Ese joven puede haber nacido en tierra vasca. Puede sentirse identificado con futbolistas como Oyarzabal, Unai Simón, Merino o Zubimendi, todos ellos con raíces vascas, y al mismo tiempo desarrollar un vínculo emocional con España a través de las victorias deportivas. No hay nada extraño en ello. Los sentimientos nacionales rara vez se construyen únicamente desde argumentos políticos; necesitan símbolos, emociones y relatos capaces de permanecer en la memoria.
Y es precisamente ahí donde los abertzales deberíamos hacer un ejercicio de autocrítica. ¿Qué referentes ofrecemos hoy a quienes tienen quince o veinte años?
El nacionalismo vasco que surgió a finales del siglo XIX no fue solamente un proyecto político. También supo crear un imaginario colectivo. La ikurriña, los mendigoizales, la pelota, los herri kirolak o el Aberri Eguna fueron mucho más que elementos culturales: ayudaron a forjar un sentimiento de pertenencia antes incluso de que existieran las instituciones de autogobierno que hoy conocemos.
Con el paso del tiempo, ese impulso emocional ha ido perdiendo protagonismo mientras la gestión institucional adquiría un peso cada vez mayor. La Comunidad autónoma de Euskadi y la Comunidad Foral de Nafarroa disponen hoy de un amplio autogobierno (no así nuestros hermanos y hermanas de Iparralde), de unos servicios públicos sólidos y de una administración que, en términos generales, funciona razonablemente bien. Todo eso es importante. Pero probablemente no baste para conectar con una generación que consume información, entretenimiento y referentes desde el móvil mucho más que desde los espacios tradicionales de socialización política.
La buena gestión nunca fue el origen del nacionalismo vasco. Fue una consecuencia de un proyecto político previo. En su núcleo estaba la aspiración de que Euzkadi pudiera decidir su propio futuro como nación.
Esa idea tampoco permaneció inmutable. La generación encabezada por José Antonio Agirre, desde el exilio, contribuyó a desarrollar una visión europeísta basada en la convivencia entre los pueblos y en una inspiración claramente humanista y abertzale. Era una propuesta que situaba a la persona en el centro y que pretendía diferenciarse tanto del liberalismo económico más extremo como de los modelos colectivistas de la época. Esa tradición política forma parte de nuestro patrimonio, aunque hoy apenas ocupe espacio en el debate público.
Recuperar esa dimensión no significa renunciar al pragmatismo ni despreciar los logros alcanzados durante las últimas décadas. Significa recordar que ningún proyecto político se sostiene únicamente sobre la eficacia administrativa. También necesita ilusión, identidad y capacidad para emocionar.
En ese terreno y nuestro idioma el euskera siguen siendo un elemento fundamental. Más allá de las diferencias institucionales entre la Comunidad Autónoma de Euskadi, Navarra e Iparralde, la lengua continúa siendo uno de los principales vínculos culturales que compartimos. Sin embargo, no siempre hemos sabido convertir ese patrimonio común en un relato capaz de llegar con fuerza a las nuevas generaciones.
Nadie tiene una fórmula para competir con el impacto emocional que produce una final de un Mundial seguida por cientos de millones de personas. Pero sí conviene hacerse una pregunta incómoda. Mientras España celebra su segunda estrella, quizá el principal desafío para el nacionalismo vasco no sea analizar el entusiasmo ajeno, sino comprender por qué parte del suyo parece haberse debilitado entre los jóvenes y qué está dispuesto a hacer para recuperar esa capacidad de ilusionar.
¿Estamos dispuestos a volver a encender esa llama?