Por Cristina Maruri.
Cuando volvían a su memoria estampas de la niñez, siempre se la encontraba. Aquella figurita negra, envejecida, encorvada, arrugada, piel y huesos nada más. Con faldón y mandilón que tapaban unas botas de suelas tan raídas como sus textiles. Con pañueluco, gran nariz, desdentada.
Vagaba por los arcenes mientras extendía la mano, era la única forma que hallaba de sobrevivir. La limosna y un extraordinario sentido para otear el peligro. Sin memoria de lo acontecido y sin esperanza por lo que hubiera de acontecer, sus días y noches se habían convertido en un acto de mero transitar, más cercano al reino animal que al humano, en lugares donde la naturaleza con su fortaleza acallaba cualquier susurro de civilización.
Aquel era uno de los inviernos más gélidos de la década, y Faustina aterida, divisó entre la nevada, la niebla y el anochecer, una tenue luz que le hizo las veces de faro. Temiendo desfallecer, imploró a la Virgen de los Remedios poder tocar a la puerta y pedir auxilio, respondiendo ésta a su petición.
Lo hizo con creces puesto que le otorgó, silla para sentarse, chimenea para calentarse y un mendrugo de pan remojado en una jarrita de vino. Pero el milagro no fue completo, porque lugar no había en el pajar para descansar y a medianoche volvió a retomar camino, hasta encontrar una piedra horadada en la montaña, que le sirvió como refugio de inclemencias y fieras.
El calor de su cuerpo secó las prendas mojadas y el nuevo día abrió sus ojos, cuyo azul rivalizó con un cielo serrano recién lavado. Como ritual, casi como sacramento, rebuscó en la cinturilla del delantal, hasta palpar un pequeño camafeo que extrajo, y besó. Besando el rostro de una desconocida mujer extraordinariamente joven y bella, que portaba diadema. Nunca albergó dudas Faustina para desprenderse del querido amuleto, pues reunía su compañía, su fuerza y su fe.
Volvió a probar suerte en la posada y nuevamente el posadero pan remojado y vino le ofreció, a cambio de una mirada de agradecimiento tal, que casi quebró las piernas de aquel hombre bondadoso, que hallaba consuelo en hacer el bien, tras enviudar, dejándole para siempre un corazón a medio latir.
Continuó sin haber suerte para pernoctar y Faustina realmente agotada, pensó que la cueva y la manutención serían la mejor opción hasta que concluyeran las nevadas y los caminos se reabrieran. Así que convirtió las tres casas de la única calle en su aldea, y aunque los chiguillos la persiguieran y se mofaran, no mudó idea, no trasladó sus dolores ni penares a un nuevo destino.
Sin poder ni querer evitarlo Faustina empezó a echar raíces, y a pesar de que continuaran mofas de grandes y pequeños, hubo quienes le proveyeron de pieles y utensilios, de leña y de carne; porque en la balanza de los seres humanos, también existe un platillo para los misericordes.
Enero finalizaba cuando una gran nevada hizo que sintiera en su lecho más frío del habitual, tal vez le empujara la fiebre, y al comprobar que no le quedaba madera con la que calentarse, se vio obligada a entregarse a la ventisca y tocar a la puerta del posadero.
Ningún ser vivo se cruzó y tampoco nadie al llegar le abrió. Se congelaba y golpeó con sus nudillos hasta hacerlos sangrar, no hubo respuesta. Y la necesitaba.
Por eso merodeó hasta que pudo husmear por el cristal de una ventana, y fue entonces cuando definitivamente se congeló.
El posadero yacía a los pies de la escalera con el cráneo abierto como un melón y rodeado de un gran lago de aguas rojo intenso.
Faustina adivinó que habría de haberse caído, pero temió que a ella fueran a considerar culpable, así que instintivamente como un animal aterrado, echó a correr. Sin reflexionar lo intempestivo de la hora ni la dirección. Huía, de las casas, de sus gentes; huía de la soga.
Su aliento se dibujaba en la noche y el tambor de su corazón resonaba en medio de la nada como caballos a galope. No pudo Faustina evitar que desbocasen, que un fatídico dolor le atenazara el pecho, que apenas lograra respirar. No pudo Faustina evitar quebrarse e hincándose de rodillas anticipar su final.
Tic, tac, la arena del reloj se agotaba y solo le restaba tiempo para encontrar el retrato de la dama. Nerviosa lo halló y con las fuerzas que se aminoraban lo frotó, como si al hacerlo pudiera brotar un genio que le acompañara en el trance.
No apareció genio alguno pero si fluyeron ingentes cantidades de recuerdos. En partículas de segundo pudo visionar a su madre, padre y hogar. El piano, el jardín, incluso sentir el roce del bigote de aquel soldado que por primera vez la besó.
Y Faustina volvió a frotar el retrato, esta vez levemente, a modo una caricia, porque recordó el cuadro presidiendo la biblioteca cuyo rostro era el mismo que el que portaba: los tirabuzones, la diadema. Margarita María del Val, un nombre que retumbó y le estremeció cuando apenas contaba unos granos su reloj.
Margarita María del Val logró balbucear al cerrársele los ojos y acostarse en un anónimo paraje. Cuando descubrió que la dama a la que nunca abandonó, siempre había sido ella.