Por Rafael Fraguas.
Nada nos pertenece tanto, nada es tan propio y único en cada uno de nosotros como el entusiasmo. De los atributos que singularizaron la vida de Manu Leguineche, desde la empatía social a la ironía; desde la individualidad al compañerismo; o desde la independencia a la sociabilidad, el entusiasmo por el conocer, el anhelo de informar y despejar la incertidumbre ocupó el centro de sus quehaceres, a juicio de este otro periodista que les habla. Y que tuvo la dicha de tratarle en su salsa, como enviado especial al corazón de África, la excolonia española de Guinea Ecuatorial.
Allí fraguó en él la idea de la tribu, el grupo de enviados especiales, generalmente oficiantes como corresponsales de guerra, que singularizaron un género periodístico específico, hoy en trance de extinción. La Tribu, con mayúscula, fue ideada por Manu precisamente en África, donde tuvo la gentileza de darme a leer el manuscrito de su obra a mí, a la sazón un periodista bisoño, tan novato como para presentarme en el aeropuerto de Barajas, rumbo a Guinea, calzado con unas zapatillas cangrejeras. Aquel atuendo mío desató en los demás enviados especiales allí reunidos una notable sorna, atemperada paternalmente por Manu, que se compadeció de mi inexperiencia y me adoptó afablemente desde la autoridad que le otorgaba la autoría de una profesionalidad periodística probada con la excelencia en distintos conflictos bélicos y golpes de Estado: en Argelia, la India, Vietnam, Nigeria, Líbano, Yugoslavia, Nicaragua, Irán, Rumanía y Guinea Ecuatorial, entre muchos otros destinos, cubiertos informativamente por él a cuerpo gentil. Nada de lo informativamente relevante le era ajeno.
Aquella pasión por la información nació en él en su infancia cuando, con apenas nueve años, al regreso del colegio, tiraba la cartera, cogía los periódicos del día y se acercaba a su abuela María, sentada en una silla de ruedas, para leerle entusiásticamente la actualidad. Tras estudiar bachillerato en Portugalete y Tudela, vivir en Vitoria y entrar en la Universidad para cursar estudios de Derecho en Deusto, abandonados luego por los de Filosofía en la Universidad de Valladolid, entró en contacto con Miguel Delibes, el escritor-periodista director de El Norte de Castilla, amante de la caza, que le dio a leer el manuscrito de su obra Las ratas. Manu tenía entonces 19 años. 30 años después, Manu haría conmigo lo que Delibes hizo entonces con él: darle a leer un manuscrito suyo a un joven reportero en lides periodísticas.
Su universalismo enraizó en 1965 cuando, con un grupo de periodistas estadounidenses, se avino a recorrer el mundo en automóvil durante dos años. Cuando, los colegas norteamericanos iniciaban la vuelta al mundo le preguntaron cómo se proponía acompañarles sin saber conducir, Manu respondió que él aportaba otras características: “Sé cantar, juego al mús y he leído a Julio Verne, Josep Conrad y a Robert Louis Stevenson”, dijo. Inmediatamente fue fichado por el equipo. A partir de entonces, una picante comezón le roía por dentro de tal manera que, con las primeras rascaduras, preparaba su exigua maleta y partía raudo y veloz para informar de lo sucedido mismo desde el lugar en el que la noticia había surgido.
Decenas de guerras y golpes de Estado, centenares de situaciones conflictivas, miles de personajes desfilaron delante de su bloc de notas; a estos los entrevistaba con un arte realmente extraordinario que operaba del modo siguiente: avistaba al personaje, fuera pastor, soldado, general o presidente; se aproximaba tranquilamente; resaltaba aspectos que identificaban al preguntador y al preguntado; insinuaba su propia ignorancia y comenzaba a dialogar, conversando llanamente, en un fluir deslizante donde emergía su habilidad para extraer la información buscada. Hay muchas maneras de entrevistar, pero Manu, a mi entender, desplegaba la forma socrática de la entrevista, aquella que consiste en que el entrevistador poco a poco va desapareciendo para hacer aflorar plenamente la personalidad del entrevistado, objeto y sujeto esencial de la entrevista.
Aquello que, a ojos externos, más suele resaltar de los enviados especiales y de los corresponsales de guerra, es su exposición permanente al riesgo de morir. Para Manu, el peligro era algo accesorio, a lo que había que dar una importancia limitada. En las situaciones controvertidas, sabía dónde encontrar quién mandaba y a él se dirigía a pedirle cuentas, sabiendo la fuerza que le daba, curiosamente, verse desarmado, con una serenidad a prueba de bomba, nunca mejor dicho. Era en esos momentos en los que la muerte ronda en derredor del periodista cuando Manu movilizaba su sentido del humor, su ironía o su sarcasmo, verdaderos blindajes psicológicos para afrontar el trance.
Que se sepa, nunca fue temerario, salvo en contadísimas ocasiones que así lo demandaban. En los momentos en que el enviado especial, el corresponsal de guerra, el periodista contempla de cerca el zarpazo de la muerte sobre seres humanos, animales o plantas, la reacción personal ante lo observado suele ser de cautela, de repliegue sobre uno mismo aguijoneado por el instinto de sobrevivir. En Manu, sin embargo, era el momento en el que afloraba en él su espíritu compasivo, solidario, compañeril y humano, que se anteponía a todo otro sentimiento.
Hay una dimensión verdaderamente distintiva en el quehacer de Manu Leguineche: el periodista polaco de la agencia PAP, Ruyszard Kapucynski, con el que trató y al que entrevistó en Televisión Española, lo definió a la perfección: cada folio escrito debe venir respaldado por 100 folios de lectura. Para Manu, la documentación era la tarea cardinal previa a cuanto acometía. Recuerdo bien que cuando me aprestaba a viajar a Irán, como enviado especial, a cubrir el surgimiento de la República Islámica y luego la guerra irano-iraquí, durante sus ocho años de duración, me dijo: “no olvides releer el Annábasis de Jenofonte”. Intuía que ya lo había leído, pero me recomendó su jugosa relectura… En este proceder me recordaba a otro gran periodista, con el que coincidí en el diario Ya, José Vicente Colchero, dotado de una amplísima cultura, perteneciente a una escuela de periodistas eruditos como Ismael Medina, Enrique de Aguinaga, Carlos Sentís, César Alonso de los Ríos, Rodrigo Royo, y, más jóvenes, como Manuel Pizán, Zoilo Gutiérrez, Eduardo Barrenechea y Enrique Vázquez, entre otros.
La formación y erudición literaria timbraba asimismo la profesionalidad de Manu, cuyo estilo narrativo cristalizaba en unas crónicas impecables, género periodístico éste, el de la crónica, según me recordó en alguna ocasión, que consistía en esmaltar el relato mediante “colores, olores y sabores”. En una veintena de libros hizo aflorar lo mejor de su prosa. Su literatura, como suele acontecer en el caso de los periodistas escritores, se veía alanceada por el Periodismo, donde la prisa que la actualidad impone, arrolla la necesaria serenidad que el literato ha de observar. Pero Manu, con la habilidad de un orfebre, cohonestaba ambas dimensiones y la lectura de sus libros, cargados de información, acercaba a sus lectores a la belleza de un espíritu tan libre, compasivo e independiente como el suyo.
Su periodismo era pura artesanía, cimentada por una erudición letrada y, señaladamente, avalada por una vida vivida con pasión, donde la amistad, el vino, el buen yantar y el canto le ayudaban a él y a quienes le acompañaban a sobrellevar las penas de la vida, que también hubo de afrontarlas, casi siempre con una sonrisa a flor de labios. Asumió la fundación y despliegue de varias agencias de noticias –Charo Nogueira le recuerda rodeado de montañas de periódicos que nadie osaba alterar- pero el sedentarismo no fue propiamente lo suyo. Su alma viajera le llevaba a alzarse de la silla a la primera ocasión. “Culo inquieto y alma generosa”, apunta Charo, cuando recuerda que Manu “le compró un traje azul a Fermín Cebolla, uno de los reporteros de Colpisa, la agencia de noticias creada por él, para que su redactor cubriera la visita a España de Henry Kissinger en diciembre de 1973”. Por cierto, uno de los hampones que acompañaban al Secretario de Estado y Consejero de Seguridad Nacional de Richard Nixon me rompió una cámara Polaroid con la que intenté fotografiarle para el diario Ya. Kissinger salía escoltado del palacio de la Trinidad, contiguo al de Santa Cruz, sede del Ministerio de Exteriores, en Madrid.
Manu tendría hoy 85 años, recién cumplidos, como acaba de recordarnos su hermana Rosa, que le profesó y le sigue profesando una devoción suprema. Él tuvo la suerte de contar con ella, su hermana pequeña, y con su hermano mediano, Benigno, economista, que se encargaría de organizar la vida cotidiana de Manu cuando más lo necesitó.
Por cierto, el modo de percibir la realidad por parte de Manu pienso que tenía mucho que ver con ese grato universalismo de los vascos que habéis llevado por medio mundo vuestra sonrisa, vuestro humor, vuestra relación con los demás y con la Naturaleza de un modo impar, único. Hay una campechanía igualitaria que los vascos irradiáis apenas sin daros cuenta. Aunque madrileño, soy hijo de madre que se crio en San Sebastián. Y sé de lo que hablo. Dicen que ese troquel personal vuestro tiene que ver con la hidalguía universal atribuida, o conquistada, por el pueblo vasco a lo largo de su historia. Vuestro igualitarismo, que no obstante pone a salvo la personalidad y la creatividad de cada cual, tiene raíces históricas que Manu, sin proponérselo, hizo aflorar con su ejemplo y su inteligencia.
“La meta de mi vida ha sido la de ser central del Athletic de Bilbao”, confesaba al periodista Pedro Aguilar, amigo en El Tejar de la Mata, primer refugio guadalajareño previo al de su también bienamadas villas de Cañizar y Brihuega. Fue en este paraíso de la lavanda donde vivió en la Casa de los Gramáticos, casona solariega del siglo XVII, que inicialmente iba a adquirir su amigo Camilo José Cela pero que Manu se quedó con ella al desistir de comprarla el Premio Nobel al que, por cierto, instó a escribir su Segundo Viaje a La Alcarria, según cuenta Pedro Aguilar. Manu se afincó en Guadalajara porque los paisajes de sus anchurosos y soleados valles le recordaban a África. Según sus íntimos, Manu evocaba también con anhelo los arrozales de Birmania o las tierras dulces de Portugal donde quizá, quizá, le hubiera gustado pasar sus últimos días.
Siempre me pregunté qué pensaría él del Periodismos de hoy. Y reflexioné en el privilegio del que dispuso, pese a afrontar muchas otras adversidades; y ello por haber nacido en una época en la que el espacio y el tiempo, a diferencia de lo que hoy sucede, eran entonces dos dimensiones estables sobre las cuales pivotaban la cultura y la vida, también el Periodismo. El desenfreno de la aplicación de la tecnología a nuestras vidas, anegándolo todo implacablemente, ha desmantelado las dos palancas sobre las cuales se asentó la vida durante siglos: el espacio y el tiempo.
El Periodismo era secuencia, era período, era tempo, sucesión y fluencia; pero hoy esa sucesividad ha desaparecido para zambullirnos, contra nuestra voluntad, en un desconcertante magma de acronía y atopía. Nos ha dejado huérfanos de apoyaturas sobre las que, mal que bien, avanzábamos. Hoy, nadie sabe dónde hallar el apoyo para proseguir. Nuestra época, la de los periodistas de la tribu glosada por Manu, tuvo la dicha conceptual de regirse por tres paradigmas sólidamente establecidos: la bipolaridad, en la Geoestrategia; el Holocausto, en la Moral y la Lingüística, en la Ciencia. Los tres paradigmas nos permitieron, también desde en Periodismo, avanzar sobre un terreno establecido y firme.
Hoy, los tres cánones han saltado por los aires. La unipolaridad tensada por el multilateralismo sustituyó a la bipolaridad Este-Oeste. Los distintos genocidios en escena, señaladamente el protagonizado por el Gobierno de Israel contra Palestina, han devaluado la unicidad generada en torno a la sohá; y la Lingüística que, como Ciencia, acreditaba entonces la palabra y por ende el Periodismo, ha sido arrumbada por la ciencia aplicada, la mera tecnología, que avanza en dirección a someternos a una estructura feudal -e inhumana- de nuevo cuño, bajo la impostura de los tecno-oligarcas.
No se trata de decir que los periodistas jóvenes no se esfuerzan, que son indolentes o abúlicos y que su memoria abarca solo hasta el miércoles pasado. El problema es mucho más grave. El deslizamiento del suelo de certezas sobre el que el periodismo de Manu y el nuestro se asentaba, tecnología desaforada mediante, ha abierto un abismo de desconcierto civilizacional tan extenso, que caída resulta enormemente difícil de esquivar.
¿Qué solución o que salida nos propondría Manu? Esta es la pregunta que les planteo y les insto a responder. Por mi parte, sugeriría hacer lo que Manu hacía ente las adversidades: serenarse, estudiar los precedentes, reflexionar y movilizar el entusiasmo propio a sabiendas de que las vías de salida existen, pues no hay problema que solución no tenga; pero es preciso encontrarlas con una condición: que sean vías humanas, sociales, superadoras, hechas y concebidas para reducir la incertidumbre a través de la información y dar paso a lo mejor de la vida: la libertad, solo determinada por la responsabilidad hacia nuestros semejantes y desemejantes.
¿Sobrevivirá el Periodismo? Sí, pero solo si atesoramos las virtudes que Manu y varias generaciones de periodistas observaron, dejando de lado la trivialidad; humanizando la información sin mezclarla con la opinión; buscando lo relevante; criticando al poder y a los poderes, asumiendo la responsabilidad social de combatir la ignorancia y la incertidumbre con el lema del sociólogo estadounidense Barrington Moore junior a flor de piel: “la simpatía por las víctimas de los procesos históricos y el escepticismo hacia las demandas de los poderosos es la principal garantía contra las mitologías dominantes”. A él se atuvo Manu siempre. Y, con certeza, lograremos trascender tanta adversidad, que hoy que adquiere la forma de una gran mentira, mediante la lucha denodada por la verdad, la forma suprema de la información, por la que con tanto denuedo y riesgos Manu combatió, ateniéndonos a la sentencia del egregio Félix Lope de Vega y Carpio: “Que no hay mentira tan diestra que no se venga a saber”. Muchas gracias.