Todo el sistema garantista de Derechos ha vuelto a chocar con el gran poder de Israel, tropezando en la misma piedra del desconsuelo.
Julio Flor / para Kazetariak

Los casi 80.000 palestinos asesinados impunemente durante estos últimos años por el Gobierno de Netanyahu, 20.000 de los cuales son niñas y niños, no encuentran amparo alguno, más allá de las protestas internacionales que han llevado a millones de seres humanos a manifestarse contra el genocidio en las ciudades del Planeta.
Con los palestinos han caído la solemne declaración de Derechos Humanos, la ONU, la Corte Internacional de Justicia, la Corte Penal Internacional, la Corte Interamericana, la Corte Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, las Altas Cortes de Justicia y Jurisdicción Penal Universal.
Tantos siglos de civilización, de Derecho, de tribunales, de sistemas pensados para proteger la vida ha saltado por los aires. Israel continua con su plan de exterminio, justificando que son el pueblo elegido por Dios. Como si su Dios les hubiera dado carta blanca con la firma y el sello del Altísimo, con permiso para asesinar a cientos, a miles y miles de inocentes.
Mientras llega el amparo y la justicia para Gaza, que ni está ni se la espera, una flotilla comunicativa ha tocado puerto en nuestras salas de cine para contarnos en el documental NAZA con detalle los crímenes del Estado de Israel.
En el aclamado documental NAZA, dirigido por los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, los testimonios se grabaron de manera anónima utilizando técnicas de ocultación digital y distorsión de voz para proteger las identidades de 24 miembros del ejército y la inteligencia de Israel.
Las entrevistas se realizaron en las azoteas de la ciudad de Tel Aviv, distante apenas 60 kilómetros de Gaza, donde soldados y agentes de inteligencia confiesan cómo opera el sistema de inteligencia artificial empleado para calcular los objetivos y el daño colateral civil en la Franja de Gaza.
NAZA es un acrónimo militar hebreo que significa “daño colateral”. Vendrían a ser los miles de seres humanos asesinados por el ejército israelí… La cifra estimada de civiles que se autoriza a matar como “daño secundario” aceptable al bombardear un objetivo militar.
Los militares entrevistados describen el funcionamiento interno de un sistema asistido por inteligencia artificial utilizado en la guerra de Gaza para sugerir y fijar objetivos de ataque mediante el rastreo de teléfonos móviles, así como el cálculo previo de cuántos civiles morirán en dichos bombardeos
El eje central del documental gira en torno a lo que la filósofa Hannah Arendt denominó la «banalidad del mal»: la escalofriante normalidad, indiferencia e incluso orgullo profesional con la que algunos ejecutores narran crímenes de guerra y masacres rutinarias
Mientras contemplamos desde la penumbra de la azotea la vida de muchos israelíes a través de sus ventanas, cual si fuera “La ventana indiscreta” de Hitchcock, uno de los militares cuenta cómo mataban a palestinos que cruzaban corriendo un puente para recoger comida, ya que durante semanas quisieron matarles de hambre, jugando con ellos, para que se desplazaran al sur de Gaza.
El militar admite que al menos un 25% de gazatíes se quedaron a “vivir” entre los cascotes de las viviendas, en el norte del país.
.- “Personas con diferentes minusvalías”, comenta el director del documental.
“Sí”, admite el militar.
De los que se trasladaron al sur, el militar nos cuenta que para acceder a la comida, en el sur de Gaza, los palestinos debían cruzar un puente. Una trampa mortal, porque en la distancia les estaban esperando francotiradores de élite.
«Era divertido, muy divertido, casi como un videojuego. Algunos, los que más corrían consiguieron salvar su vida esquivando las balas, pero la mayoría murió en el puente», cuenta el militar sin inmutarse
.- ¿Erais conscientes de estar matando seres humanos?
Sí, claro, pero resultaba muy divertido. Me lo pasé muy bien.
Son testimonios para el espanto. Muestran la crueldad humana de soldados que, en algunos casos, se han arrepentido un tiempo después de los crímenes cometidos. Crímenes como llegar a matar a 500 personas inocentes apretando un botón, quizá pensando que entre los 500 podría estar un miembro de Hamás.
¿Podrán vivir tranquilamente con esa conciencia que se ha despertado ahora en ellos?
Los nazis lo hicieron durante décadas ocultando su identidad en países de América y España. Mientras tanto la Humanidad se dotó de solemnes organismos de justicia para impedir que los crímenes de lesa humanidad volvieran a tener lugar algún día.
NAZA documenta que todo aquello ha vuelto para quedarse, si es que alguna vez se ausentó. Uno de los soldados israelíes que ha participado en las atrocidades narradas en el documental, recordando el holocausto judío, confiesa desde su anonimato “Sigo viendo a los nazis como malvados, pero ¿qué soy yo?”.
En las calles del mundo, son muchos los jóvenes que llevan la esvástica nazi en sus camisetas, o que levantan la mano en alto y gritan “Heil Hitler”, dispuestos a seguir matando humanos, como si jugaran a videojuegos, pasándolo estupendamente bien.
La pregunta del soldado israelí “¿pero qué soy yo?” posee cierta conciencia, pero a mí me interesan nuestras preguntas. ¿Seremos capaces de mirar hacia otro lado, de justificar lo que no tiene nombre, de obviar una de las más grandes vergüenzas de nuestra era?
Lo dejó escrito Mahatma Gandhi: “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”.