Por Javier Sádaba
En noviembre se celebra una fiesta que viene de muy lejos y desde distintos lugares. Los antropólogos, y especialmente Frazer, han escarbado en sus orígenes y nos los han contado.
Nace en una sociedad precristiana y hoy vuelve a tener todo el aire pagano. Como en muchos otros casos, la Iglesia cristiana la adoptó y ahora figura en su liturgia.
Todos los Santos y Difuntos ocupan dos días de recuerdos. En uno se recuerda a los santos que gozan en el cielo, mientras que en el otro el recuerdo se extiende a todos los muertos. Más exactamente, habría que decir que se hace memoria de los que gozan de la gloria, de los que aún sufren en el purgatorio y más tarde alcanzarán el cielo, y de los muertos sin más.
Como se ve, la imaginación popular, los mitos, las creencias y la estructura eclesial dan para mucho.
Pero en esto llegaron los americanos. Y el negocio comenzó a funcionar a tope. El consumo se ha hecho el amo.
En tiempos aún no muy lejanos, lo importante era visitar los cementerios, en visita virtual a los que pertenecieron a nuestro entorno y el implacable tiempo se ha llevado.
Si se me permite una anécdota personal, siendo joven quedé impactado cuando vi una lápida ya muy envejecida en un cementerio civil. En letras casi ininteligibles, se podía leer:
«Conchita, Manolo piensa en ti».
Mi ya vacilante fe se tambaleó aún más. No había ni buenos ni malos muertos. Había muertos. Y había amor. Un amor humano, demasiado humano.
Y esto enlaza con una época más reciente. A principios de la Transición, el ayuntamiento de mi pueblo quiso realizar un desagravio a aquellos que habían sido humillados y discriminados por el nacionalcatolicismo.
Miembros de todos los partidos de dicho ayuntamiento fueron al cementerio para romper el mundo que separaba lo sagrado de unos pocos profanos, a los que se miraba con desprecio.
Sé que discutieron sobre quién tenía que dar el primer golpe para romper aquella barrera que destacaba a los benditos de los réprobos. Lo que sé es que el gesto merecía la pena.
Todos somos hijos de la tierra.
La avalancha que viene de otros lugares y todo lo inunda ha convertido el pasado en comercio. Disfraces, brujas y todo lo que valga para una celebración en juerga.
Nada que objetar a todo lo que contribuya a la diversión. Pero me pregunto si no sería una ocasión para pensarnos con un poco más de piedad.
Que somos mortales es indiscutible. Lo podemos disimular, olvidar o tomarlo como ocasión para fingir que no nos importa el espacio de tiempo propio de nuestras vidas. Pero la realidad se impone.
Que somos como los ríos que van al mar es más que una poesía. Es nuestra condición. La condición de todos, sin excepción.
Se podría aprovechar la celebración para unirnos más en vez de despellejarnos.
La muerte nos iguala. Nadie es más que nadie.
Y como decía el sabio Simónides:
«¿Para qué estar mal el poco rato que deberíamos estar bien?»