Por Sarah Walizada, profesora y directora del Departamento de Español de la Universidad de Kabul hasta la llegada de los talibanes
Hoy han pasado cinco años desde que la sombra de la opresión y el autoritarismo cayó sobre Afganistán, especialmente sobre sus mujeres y niñas.
Durante estos años, cada día se han cerrado más puertas: las puertas de las escuelas, de las universidades, del trabajo y de la vida pública. Como si el propósito fuera borrar lentamente a la mujer afgana de la sociedad, de su presente y de su futuro.
Pero el dolor no termina ahí. El silencio y la indiferencia de la comunidad internacional también han permitido que esta tragedia continúe. Aceptar y normalizar a quienes niegan a las mujeres sus derechos fundamentales significa, en cierta medida, aceptar su exclusión.
Sin embargo, una mujer puede ser silenciada, pero sus sueños no pueden ser encarcelados; su pensamiento no puede ser prohibido y su esperanza no puede ser destruida.
Las mujeres afganas no son una parte de la sociedad que pueda eliminarse: son la mitad de Afganistán y la mitad de su futuro.
Cinco años de oscuridad son demasiado.
Que el silencio del mundo no se convierta en la condena de toda una generación.