Eskerrik asko. (Es-KEHRR-eek AHsko). Es un placer estar en esta maravillosa ciudad.
Es un honor para mí compartir en este foro mis reflexiones acerca del estado del periodismo como profesión, los estándares que, a mi parecer, deberían cumplir los periodistas, los principales retos a los que se enfrenta una prensa libre e independiente y el futuro de la libertad de expresión para todos nosotros.
He ejercido de periodista durante más de medio siglo. No recuerdo una época más difícil que la que estamos viviendo hoy.
El ecosistema mediático está fracturado y plagado de personas que explotan el sistema para promover sus propios objetivos personales, comerciales o políticos. Las teorías de la conspiración alejadas de la realidad proliferan. Aunque la información verificada es más necesaria que nunca, a menudo genera desconfianza y es repudiada. Los lectores, espectadores y oyentes tienden a inclinarse por aquello que quieren oír, y no tanto por aquello que necesitan saber.
El poder económico se concentra cada vez más en unas pocas empresas. Su influencia sobre la vida de las personas —y también sobre nuestra industria— está cada vez más extendida. En el ámbito político, el autoritarismo supone una amenaza cada vez mayor.
En los Estados Unidos, el presidente busca socavar los pilares tradicionales de la democracia. El Congreso, de mayoría republicana, obedece de manera servicial a sus deseos. La Corte Suprema, de mayoría conservadora, le presta excesiva deferencia y le confiere un poder sin precedentes.
En Europa, los movimientos populistas buscan hacerse con el poder a través del mismo proceso democrático que buscan debilitar o desmantelar si consiguen salir electos. En América Latina las fuerzas antidemocráticas están en pleno auge.
La libertad de prensa está deteriorándose en todo el mundo. La Organización Reporteros Sin Fronteras lleva un cuarto de siglo registrando cifras y datos relacionados con la libertad de prensa, y sus mediciones han tocado fondo este 2026, siendo el año con puntuación más baja.
Me gustaría poder decirles que mi País se mantiene como un bastión de la libertad de prensa. Por desgracia, no puedo hacerlo. De hecho, según Reporteros Sin Fronteras, Estados Unidos se ha desplomado en el ranking mundial de libertad de prensa y se sitúa ahora tan solo en el puesto 64.
En todos y cada uno de los 50 años que he trabajado como periodista, solo he conocido una prensa libre e independiente en mi país. Cuando comencé mi carrera en 1976, los estadounidenses entendían perfectamente cómo la prensa servía a la democracia:
Con la publicación de los ‘Papeles del Pentágono’, primero por el New York Times, el público conoció los fallos y los fracasos que su gobierno había ocultado durante la larga guerra en Vietnam y que costaron tantas vidas. Y luego vino el ‘Watergate’, una investigación encabezada por el Washington Post. La sociedad descubrió que su presidente había convertido el gobierno en un arma con la que combatir a sus adversarios políticos.
La prensa no solo ha servido a la democracia, también ha contribuido al interés general en sentido amplio. A menudo, únicamente los periodistas hemos analizado los hechos ante una conducta criminal grave.
Buen ejemplo de ello ha sido la larga investigación que ha llevado a cabo el Boston Globe sobre los encubrimientos durante décadas de abusos sexuales dentro de la Archidiócesis de Boston y, al final, también dentro de la Iglesia Católica en el mundo entero. El impacto de esa investigación todavía perdura, incluso en España.
Durante mi carrera, siempre he dado por hecho que siempre tendríamos una prensa libre en los Estados Unidos. Ahora ya no lo doy por hecho. Y, por desgracia, mi país ya no es un ejemplo mundial de la libertad de expresión.
Trump acaba de cumplir justo ahora dos años desde que fue elegido presidente por segunda vez. Permítanme hacerles un pequeño resumen de lo que eso ha supuesto para la libertad de prensa.
Trump utilizó su poder como presidente electo y, posteriormente ya como presidente, para obtener acuerdos económicamente beneficiosos para él en sus demandas particulares, carentes de fundamento, contra dos importantes cadenas de televisión.
Un organismo regulador bajo su control amenaza con retirar las licencias de emisión a importantes cadenas de televisión únicamente por informar sobre cuestiones que no son de su agrado, incluso cuando se trata simplemente del relato de unos hechos indiscutibles.
Se han llevado a cabo investigaciones contra la radio pública nacional y la televisión pública nacional. A instancia de Trump, el Congreso, controlado por los republicanos, ha eliminado por completo toda la financiación que recibían.
Trump ha negado a la agencia de noticias Associated Press su acceso habitual a la Casa Blanca por el mero hecho de que se niega a llamar al Golfo de México como él decidió denominarlo: “Golfo de América”.
Ha intentado prohibir el acceso a la Casa Blanca a dos cadenas de televisión —CNN y MS NOW— y a un importante medio de comunicación, Político, simplemente porque no le gusta su cobertura informativa. Ha amenazado con retirar las acreditaciones de prensa de la Casa Blanca a otros medios de comunicación, entre ellos el «Washington Post» y el «New York Times», calificando su cobertura de «pésima».
Como presidente, ha demandado a el New York Times, el Wall Street Journal, el BBC, un periódico del Estado de Iowa y a la empresa encargada de sus sondeos. Es habitual en él reclamar 15.000 o 20.000 millones de dólares en concepto de supuestos daños y perjuicios.
El Departamento de Defensa, bajo la dirección de Pete Hegseth, ha vetado el acceso al Pentágono a periodistas cuyas organizaciones se negaron a suscribir un compromiso por el que no informarían —ni siquiera preguntarían— sobre nada que no hubiera sido difundido oficialmente. En cambio, el Departamento de Defensa ha dado espacio en el Pentágono a influencers que, en la práctica, actúan y sirven como propagandistas.
Algunos influencers recibían en secreto pagos del Departamento de Defensa como si fueran empleados al uso. Sus espectadores, oyentes y lectores nunca fueron informados de ello.
Sin embargo, las filtraciones procedentes del ejército y de los servicios de inteligencia no han cesado. La prensa ha informado sobre aquello que la Administración ha tratado de mantener en secreto ante la opinión pública estadounidense, especialmente en relación con la guerra contra Irán.
Por un lado, Trump califica estas informaciones de «fake news». Por otro, y a pesar de la evidente contradicción, el presidente acusó a las empresas informativas de traición, al tiempo que se ponían en marcha múltiples investigaciones sobre las filtraciones. Al menos 50 altos mandos militares tuvieron que someterse a pruebas de polígrafo.
Periodistas han sido citados a declarar ante un gran jurado para obligarles a revelar sus fuentes. Por supuesto, ningún periodista serio revelará sus fuentes confidenciales, aunque un juez le ordene hacerlo. Esto significa que un juez podría incluso enviarle a prisión por no cumplir una orden judicial.
No tengo ninguna duda de que Trump desea ver a periodistas entrar en prisión. Y es que lo ha dicho de forma explícita. En mítines políticos en 2022, Trump prometió encarcelar a periodistas para descubrir sus fuentes en relación con noticias sobre seguridad nacional. En sus palabras “Cuando esta persona se dé cuenta de que dentro de poco será el ‘cónyuge’ de otro preso, dirá: ‘Me gustaría mucho decirles exactamente quién fue’”. A pesar de estar refiriéndose a una visión repugnante de una violación en prisión, el público que asistió a aquel mitin reaccionó con risas, aplausos y vítores.
En una ocasión este mismo año, los agentes del FBI hicieron una redada en la casa de una periodista del Washington Post, y confiscaron todos sus dispositivos electrónicos. El Post está luchando en los tribunales para que se impida a los investigadores federales acceder a sus contactos y comunicaciones.
A todo esto se suman los constantes ataques verbales de Trump contra la prensa. Han sido miles desde que irrumpió en la escena política hace más de 11 años. En las redes sociales, ha publicado ataques, de media, una vez al día. Seguro que les resultan familiares estas expresiones: enemigos del pueblo, escoria, basura, alimañas, la forma de vida más despreciable, fake news, traidores.
Su objetivo no es simplemente menospreciar a la prensa o deslegitimarla. Su objetivo es deshumanizarla. Trump ha presentado el desplome de la confianza en la prensa como uno de sus grandes triunfos. Y bien podría serlo.
Creo que los periodistas cometemos un error cuando enmarcamos todo esto en una cuestión de libertad de prensa. Aunque el primer objetivo de los aspirantes a autócratas suele ser los medios tradicionales, debilitar la prensa no es más que un medio para alcanzar un objetivo más amplio: acabar con la libertad de expresión de todos.
Deberíamos todos reflexionar sobre la dimensión de lo que está en juego. El derecho de músicos, autores, dramaturgos, guionistas y cómicos a expresarse como quieran. El derecho del público a escuchar, ver y leer lo que creen que deberían escuchar, ver y leer. El derecho de científicos, estadísticos y académicos a hablar abiertamente y de forma honesta sobre las investigaciones que tienen en curso. El derecho de activistas, líderes políticos e incluso empresarios a defender aquellas políticas en las que creen. El derecho de todos nosotros de hablar con libertad con nuestra familia, amigos, vecinos y colegas sin miedo de ser vigilados y represaliados.
No se trata solo de expresar sentimientos y opiniones. El verdadero objetivo es la verdad. Los autócratas buscan intimidar, cuando no eliminar, a todos los árbitros independientes de los hechos. La prensa es uno de ellos. También lo son los jueces, los científicos, los historiadores y muchos otros.
Ninguno de ellos es perfecto. Todos pueden equivocarse. Pero todos son también necesarios si valoramos una sociedad basada en los hechos. Sin embargo, en las naciones que avanzan hacia el autoritarismo, los jefes de Estado se atribuyen la posesión exclusiva e infalible de la verdad.
Es especialmente preocupante que ahora vivimos en un tiempo en el que demasiada gente no puede — o no quiere — distinguir entre lo que es verdad y lo que es falso. No compartimos una realidad basada en los mismos hechos. Para ser franco, la situación es aún peor. Hoy ni siquiera somos capaces de ponernos de acuerdo sobre cómo determinar qué es un hecho.
Desde la Ilustración, nos hemos apoyado en ciertos elementos para buscar la verdad: Educación. Conocimiento. Experiencia. Y por encima de todo, las pruebas. Hoy, todos y cada uno de estos factores están siendo devaluados, denigrados o negados.
La cuestión es, por tanto, cómo respondemos desde la prensa ante este preocupante estado de las cosas. No pretendo tener todas las respuestas. Pero permítanme hacerles algunas sugerencias.
Desafío Número Uno: ¿Cómo podemos garantizar la pervivencia de los hechos verificables frente a los ataques que se están dirigiendo contra ellos? Los medios de comunicación no pueden afrontar este desafío por sí solos, pero sí pueden contribuir a hacerlo.
Por una vez, no solo debemos contar la verdad, sino que debemos mostrarla.
Informar a la gente sobre los hechos no es suficiente. Debemos mostrar al público toda la evidencia que tenemos, tal y como si fuéramos abogados en un tribunal.
Cuando hagamos referencia a documentos judiciales, debemos ponerlos a disposición de todos para su consulta, señalando las partes clave y ofreciendo explicaciones cuando sea necesario.
Cuando dispongamos del vídeo de un acontecimiento o suceso, este deberá publicarse, cuando resulte pertinente, en el propio cuerpo de la noticia.
Lo mismo se aplica al audio. Y quiero hacer hincapié en que debe publicarse el vídeo y el audio íntegros —no solo un fragmento—, de modo que el público pueda comprobar por sí mismo que no se ha sacado nada de contexto.
Si nos referimos a datos, debemos proporcionar enlaces a la fuente de esos datos y destacar la información más relevante.
Durante décadas, nuestra profesión se acostumbró simplemente a contarle al público lo que habíamos averiguado. Lo hacíamos convencidos de que el público confiaría en nosotros.
Hoy sabemos que muchas personas del público, si no la mayoría, ya no confían en nosotros. Por eso, nuestro lema en una época de dudas sobre nosotros y sobre los hechos básicos debe ser: Mostrar, no solo contar. Siempre, en todas las noticias. Y en todos aquellos lugares de una noticia en los que sea posible.
El mensaje que perciban los lectores, espectadores y oyentes debe ser el siguiente: Compruebe nuestro trabajo. Usted tiene el derecho a comprobar, a contrastar. Y le estamos ofreciendo la oportunidad de hacerlo. En resumen, deberíamos practicar una política de transparencia absoluta.
Desafío Número Dos: Una parte considerable del público considera que los periodistas de los medios de comunicación generalistas carecemos de comprensión, empatía e incluso interés por las vidas que llevan o las opiniones que sostienen. Y existen abundantes indicios de que, a menudo, estamos desconectados de una parte significativa de nuestra sociedad.
En Estados Unidos, por ejemplo, la prensa no fue capaz, antes de las elecciones presidenciales de 2016, de anticipar que el país pudiera producir o generar un candidato como Donald Trump. No supimos comprender la profundidad de la ira y el descontento existentes entre la ciudadanía hacia las llamadas élites, incluida la prensa.
Tampoco apreciamos plenamente hasta qué punto la inmigración iba a convertirse en una cuestión de enorme importancia; de hecho, sería el motor o el factor más eficaz de cuantos impulsaron a Trump hacia la presidencia. De nuevo, en 2024, por muchas de las mismas razones, la prensa se vio sorprendida por la magnitud de la victoria electoral de Trump.
Debemos demostrar a través de nuestro trabajo que realmente nos preocupamos por los problemas, apuros, expectativas y aspiraciones de todos los ciudadanos. Ese es el deber de un periodista. Es también una necesidad si queremos ganarnos la confianza del público.
Desafío Número Tres: Cómo la tecnología puede manipular la percepción que tiene el público de la realidad.
Ya hemos visto cómo las redes sociales pueden utilizarse para influir en las elecciones, incitar a las masas y fomentar las hostilidades, así como hasta qué punto las personas pueden ser susceptibles a las falsedades y las distorsiones. Pero es probable que el desafío más grave provenga de la Inteligencia Artificial.
Las falsificaciones, especialmente de imágenes y audios, serán cada vez más frecuentes, más peligrosas y más difíciles de detectar y desmentir.
Lo que sea falso tendrá una apariencia y sonará de manera sorprendentemente real. La IA Generativa se utilizará con fines siniestros.
Y, en la actualidad, el público deposita una confianza excesiva en la exactitud de la información que proporciona la Inteligencia Artificial Generativa.
Para responder a este desafío, las redacciones tendrán que adoptar un enfoque más crítico, más orientado a la investigación. Las unidades de investigación deberán contar con más recursos y una mayor capacidad técnica, y colaborar de manera habitual con expertos independientes y con otros medios de comunicación. Dada la rapidez y el alcance con que se propagan las noticias falsas, será esencial reaccionar con celeridad.
La IA Generativa, por supuesto, también proporciona a los periodistas nuevas herramientas eficaces, que permiten agilizar procesos y facilitan la labor informativa. Pero resulta desalentador comprobar hasta qué punto estamos mal preparados para combatir la desinformación perniciosa que la tecnología ha hecho posible y ha contribuido a amplificar.
El Cuarto Desafío es uno ya conocido: La mayoría de las empresas informativas se ven lastradas por la inseguridad económica. Cualquier amenaza a la sostenibilidad constituye una amenaza para la capacidad de los medios de comunicación de cumplir con sus obligaciones más básicas.
Los cambios repentinos y de enorme magnitud en la tecnología, la publicidad y los hábitos de consumo de noticias hacen que nuestras estrategias y tácticas empresariales tengan que ser reevaluadas cada pocos años.
La inercia es una decisión, y además una decisión fatal. Habrá que cerrar aquello que no esté funcionando. Allí donde la tecnología pueda hacer nuestro trabajo más eficiente, debemos utilizarla. La experimentación es imprescindible.
Los medios de comunicación deben alejarse de la dependencia del tráfico procedente de los motores de búsqueda y de las redes sociales. Ya no son fuentes fiables de audiencia. Esto implica cultivar una base de lectores, oyentes y espectadores verdaderamente fieles y que confíen en nosotros, que demuestren su apoyo mediante suscripciones o membresías.
Todos los que trabajamos en este sector tendremos que aprender a sentirnos cómodos con la incomodidad. La inestabilidad nos acompañará para siempre. Esto exigirá que todos —desde los directores ejecutivos hasta los dirigentes sindicales— trabajemos de manera colaborativa para lograr una estabilidad financiera a largo plazo.
Esto me lleva al Quinto Desafío: El entorno mediático está experimentando, una vez más, una profunda reconfiguración. Los jóvenes asimilan la información de manera diferente a sus mayores. Se orientan más hacia los contenidos visuales y menos hacia el texto. Su capacidad de atención se ha reducido considerablemente.
La voz de la autoridad —el tono habitual de las grandes instituciones informativas— suele ser rechazada. En cambio, la voz de la autenticidad —la de personas aparentemente corrientes, como los propios lectores, espectadores y oyentes— está imponiéndose.
Las empresas de comunicación consolidadas deben afrontar este hecho incómodo: estamos fracasando gravemente como comunicadores. Tendremos que aprender de los influencers y los podcasters, e incluso colaborar con ellos.
Tendremos que dirigirnos al público de una manera más informal, como si habláramos con amigos y familiares. Debemos contar historias de forma visual y concisa. No obtendremos reconocimiento por nuestra autoridad si no transmitimos autenticidad.
El Sexto Desafío al que se enfrenta el periodismo que mencionaré es, a mi juicio, uno que nosotros mismos hemos provocado. Hemos permitido, e incluso fomentado, un deterioro de nuestros estándares profesionales. Demasiados periodistas han abandonado la idea de que deben ser narradores independientes y objetivos de los hechos.
En su lugar, se consideran defensores de una causa. A demasiados se los describe mejor como activistas o partisanos que como periodistas.
Es evidente por qué está ocurriendo esto. Los políticos y sus aliados han emprendido ataques persistentes contra los valores que muchos profesionales de nuestro sector consideran, con razón, fundamentales: la libertad de expresión, la tolerancia, la igualdad y la imparcialidad en el trato hacia todos, y la no violencia. Muchos en los medios de comunicación perciben que se está librando una guerra contra esos valores y contra nuestra profesión. Sienten la necesidad de contraatacar, se sienten obligados a convertirse en combatientes.
Muchos sostienen que la ética tradicional del periodismo constituye una serie de restricciones anticuadas en un periodo marcado por transgresiones implacablemente crueles y antidemocráticas: ¿por qué deberíamos atenernos a las viejas reglas cuando otros no respetan absolutamente ninguna? Así pues, responden inundando las ondas y las redes sociales con una retórica beligerante propia.
Este es el problema: la expresión de opiniones de manera desmesurada y, a menudo, impulsiva ha dado al público más motivos para dudar de que seamos intermediarios honestos de los hechos.
Creo que debemos reafirmar nuestro compromiso con los estándares tradicionales. Por ejemplo: Mantener una actitud abierta y no dar por sentado que lo sabemos todo antes de haber realizado siquiera una mínima labor de investigación periodística. . . Valorar la curiosidad por encima de la certeza. . . Mantener nuestra independencia y no actuar como partisanos. . . . Escuchar, más que hablar . . . Dedicar tiempo a la investigación en lugar de apresurarnos a emitir juicios . . Dejar que una valoración justa, rigurosa y honesta de las pruebas nos guíe hacia los hechos, el contexto y la verdad . . . Aceptar que aquello que descubramos puede no coincidir con lo que esperábamos escuchar o con lo que preferiríamos que fuera cierto.
Nada de esto supone abogar por una falsa equidistancia, la timidez o la cobardía. El objetivo no es eludir las críticas ni complacer al público. Nunca debemos flaquear en nuestra determinación ni trabajar sin una brújula moral.
Pero, del mismo modo que esperamos que quienes ejercen otras profesiones —jueces, científicos o árbitros, por ejemplo— actúen de determinada manera, nosotros también deberíamos esforzarnos por evaluar las pruebas con cuidado, imparcialidad e independencia.
El desafío final es uno que he mencionado al comienzo de mi intervención: el aumento de las presiones políticas y el ascenso de líderes con aspiraciones autoritarias.
Nuestra defensa debe incluir una respuesta eficaz a todos los desafíos que he mencionado hasta ahora. Pero, en el núcleo mismo de nuestra defensa, debe existir un compromiso inquebrantable con nuestra misión: debemos proporcionar al público la información que necesita y que merece conocer, prestando especial atención a quienes ejercen una enorme influencia sobre la vida de las personas corrientes. Debemos hacerlo con independencia de la intensidad del acoso político.
No soy ingenuo ante las dificultades a las que nos enfrentamos. Pero también soy optimista respecto a nuestra capacidad para superarlas.
En los medios de comunicación, ya hemos sobrevivido a muchas dificultades. Algunas organizaciones informativas tradicionales han experimentado transformaciones espectaculares. Y han surgido medios de comunicación completamente nuevos que han logrado consolidarse y prosperar.
El ámbito del periodismo está experimentando una transformación. No está muriendo. Y mientras conservemos nuestra democracia, no lo hará.
Lo que me inspira mayor confianza es el espíritu indomable que observo en tantos de mis colegas periodistas. Me impresiona el periodismo extraordinario y valiente que se practica tanto en mi propio país como en muchos otros.
En Estados Unidos, la prensa continúa exigiendo responsabilidades al Gobierno y a otras personas e instituciones que ejercen un poder inmenso.
En países como Hungría, hemos visto cómo pequeños medios independientes han sacado a la luz casos de corrupción dentro de la clase política; unas informaciones que tuvieron eco entre los votantes y contribuyeron a propiciar un cambio significativo en el liderazgo del país.
En América Latina, donde paso cada mes de enero colaborando en la formación de editores, he tenido la suerte de encontrarme con jóvenes periodistas que siguen decididos a informar al público sobre lo que está sucediendo en sus países. Lo hacen a pesar de las amenazas contra ellos y sus familias. Muchos lo hacen incluso después de haberse visto obligados a exiliarse.
Me gusta decir que, para ejercer correctamente el periodismo, hacen falta tanto alma como columna vertebral. Un alma para comprender verdaderamente cuál es nuestro propósito. Una columna vertebral para mantenernos fieles a ese propósito, independientemente de las presiones a las que nos enfrentemos.
Hoy en día, siguen existiendo legiones de periodistas que poseen tanto alma como columna vertebral.
Les estoy profundamente agradecido por su trabajo. Su labor me inspira confianza en nuestro futuro.
Gracias por su atención. Eskerrik asko.


