Por Foro Larrazabal.
El testimonio inédito de Estoucha rompe el silencio sobre un bombardeo de Durango

Un libro rescata 90 años después el relato manuscrito de la miliciana polaca Estera Zilberberg sobre el ataque aéreo fascista del 25 de septiembre de 1936, el sufrimiento de la población y, como vendetta, el fusilamiento de presos derechistas
EL 25 de septiembre totalmente olvidada o silenciada la efeméride de los 90 años del primer bombardeo fascista que sufrió Durango durante la Guerra de 1936, seis meses antes del tristemente famoso ataque aéreo del 31 de marzo de 1937. Aquel 25 de septiembre de 1936, alrededor de las once de la mañana, varios aviones fascistas procedentes de Vitoria-Gasteiz arrojaron cuatro bombas sobre la villa. Una de ellas cayó en el frontón de Ezkurdi, donde un grupo de milicianos y refugiados huidos de Gipuzkoa descansaba y jugaba a pelota. La bomba impactó en una pared lateral y estalló entre ellos, causando la muerte de doce hombres de entre 18 y 32 años, en su mayoría guipuzcoanos, además de numerosos heridos. Otras bombas cayeron en la campa del entonces conocido doctor Marcos Unamunzaga y en la estación de tren.

La jornada quedó marcada también por los posteriores fusilamientos de presos. Tras el bombardeo, milicianos sacaron de los calabozos de Durango a un grupo de supuestos derechistas y los ejecutaron en el cementerio de la villa como represalia por el ataque aéreo. El bombardeo fascista y los asesinatos posteriores fueron episodios distintos de una misma jornada trágica, con víctimas en ambos episodios de violencia.
Ahora, el libro Estoucha (Alga, Alberdania, 2026), escrito por Georges Waysand, hijo de la protagonista, recupera un testimonio directo hasta ahora desconocido de aquellos acontecimientos. Esther Zilberberg, conocida como Estoucha, fue una internacionalista antifascista polaca que combatió a favor de la Segunda República y estuvo en Euskadi durante la guerra. El manuscrito que dejó escrito en francés relata el ataque aéreo sobre Durango, el sufrimiento de la población y los posteriores fusilamientos, sobre los que da a entender que fue testigo. La edición castellana, traducida por Ibon Plazaola, cuenta con un prólogo de los investigadores Aitor Azurki y Aitzol Arroyo, quienes la consideran «una internacionalista universal».
Estera Zilberberg, de origen judío y nacida en Polonia, llegó a Euskadi con 24 años para combatir contra el golpe de Estado militar. Estudiaba Medicina en Bélgica y se trasladó a Irun junto a Abram Gostynski. Trabajó como sanitaria y participó en distintos frentes, además de desarrollar labores periodísticas y de propaganda antifascista. Su trayectoria constituye una historia excepcional de compromiso político y resistencia, en el contexto de los primeros voluntarios internacionales que acudieron a Euskadi para defender la República.
En uno de los pasajes recogidos en el libro, Estoucha explica cómo, durante los combates, dejó momentáneamente su función sanitaria para ocupar el puesto de un ametrallador abatido.
«Mi función era sanitaria, al servicio de la defensa de la República, y mi puesto se encontraba muy cerca de la ametralladora instalada en una pequeña colina. Veo morir al ametrallador, alcanzado en el corazón, y a los fascistas que avanzan. ¿Qué hacer? Ocupo el lugar del tirador. Veo a los enemigos correr hacia nosotros. Creo que cerré los ojos, pero disparé», escribe.
El fragmento refleja la rapidez con la que una sanitaria tuvo que asumir una tarea de combate ante el avance enemigo. La frase final, «Creo que cerré los ojos, pero disparé», transmite la crudeza de una experiencia que la propia autora describe como su aprendizaje de la guerra.
El siguiente pasaje se sitúa expresamente en Durango. Estoucha comienza describiendo la localidad como un lugar de descanso para los combatientes republicanos y explica dónde se encontraba alojada: «Durango, un pequeño pueblo donde los combatientes republicanos debían descansar un poco. Instalado en un edificio muy cerca de la iglesia del pueblo».
A continuación, reconstruye la mañana del ataque y la escena cotidiana que precedió a las explosiones:
«Son las once, hace buen tiempo, la plaza del pueblo está llena de gente; los jugadores de pelota vasca lanzan vigorosamente la pelota contra el muro. De repente, el ruido de los aviones y, enseguida, las bombas. La bella imagen de tranquilidad y felicidad ha desaparecido: la claridad y la pureza del aire son sustituidas por grandes nubes de polvo y por el horror».
El testimonio continúa con la descripción de las consecuencias inmediatas del bombardeo: «Se ven personas muertas o heridas, tendidas en el suelo; gritos de dolor, gritos de rabia».

Es entonces cuando Estoucha introduce un detalle de especial interés histórico: «Se advierte que la iglesia está intacta salvo por el campanario». Según su relato, el ataque duró apenas unos minutos y dio paso al pánico. La autora describe también cómo los supervivientes tuvieron que reaccionar ante la tragedia: «Hay cosas que hacer: ante todo, ayudar a quienes han sido alcanzados, apartar a los muertos y, después, ya veremos».
La referencia al campanario merece una consideración específica. Hasta la fecha, el supuesto daño sufrido por una iglesia durante el bombardeo del 25 de septiembre de 1936 no ha sido corroborado por la investigación histórica conocida. El testimonio de Estoucha plantea así una incógnita: cabe preguntarse si pudo confundir aquel episodio con el bombardeo del 31 de marzo de 1937, cuando sí fueron alcanzados edificios religiosos de Durango o si el campanario sufrió en vez de bombas, ametrallamientos.
Estoucha prosigue su relato situando la acción unas horas después del ataque aéreo, cuando las calles se habían llenado de gente y la población se desplazaba, según ella, “en silencio”, aunque otros testimonios afirman lo contrario: «Unas horas más tarde, las calles están llenas de gente. Son numerosos; las flores lo cubren todo. Caminan en un silencio solemne. Todo el mundo sale de las casas y camina, ¿adónde? Hacia los puestos [posiblemente, las posiciones de combate]. Yo estoy entre ellos».
Llegaron al calabozo, actual edificio conocido como de Telefónica. «Al llegar a la prisión, la multitud se detiene. Unos hombres suben por las escaleras. Sacan a algunas personas; se dice que son fascistas. Las hacen arrodillarse junto a un muro y disparan. Caen». El testimonio no relata el camino andando de los apresados hasta el no cercano cementerio de Durango donde los milicianos les ejecutaron. Estoucha cierra su relato con una frase que condensa el impacto de lo vivido: «Estoy aprendiendo lo que es la guerra».
La edición castellana de Alberdania está traducida por Ibon Plazaola y prologada por Azurki y Arroyo. “Estamos buscando financiación para publicarlo también en euskara y seguimos trabajando en un documental sobre esta mujer a la que calificamos como internacionalista universal”, actualiza Azurki a DEIA.
