Hoy, 12 de junio de 2025, se cumplen exactamente 40 años de la firma del tratado que nos convertiría pocos meses después en parte de las Comunidades Europeas. Fue un acontecimiento de enorme importancia, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. En aquel momento el proyecto europeo miraba al sur, con las ampliaciones de Grecia en 1981 y de Portugal y España en 1986. La Europa comunitaria inicial de seis países alcanzaba así los doce miembros, duplicando así su tamaño.
El número de países iba volviendo más complejo el proceso de toma de decisiones, lo que a la vez impulsaba la necesidad de reformar los tratados y allanaba el camino para la creación en 1992 de la Unión Europea con el tratado de Maastricht. Además, la entrada de tres países del sur de Europa en los años 80, con niveles de riqueza menores, impulsó el desarrollo de potentes fondos de cohesión y solidaridad que contribuirían a la creación de numerosas infraestructuras y apoyo a proyectos regionales. Son infinidad los equipamientos públicos, carreteras, cursos de formación o plantas de tratamiento de residuos financiados con dinero europeo en estos países.
Pero, por encima de estos aspectos, debe subrayarse la importancia que tuvo la integración para consolidar sus procesos de transición a la democracia. La entrada en la Comunidad Europea era vista por todos los partidos políticos estatales y vascos como una garantía necesaria para dotar de irreversibilidad al proceso democrático. Por ello, la entrada en la Comunidad constituyó el principal consenso en la política exterior de la Transición.
En clave económica, el acceso al mercado común fue un hito que contribuyó de forma decisiva al desarrollo económico y al sostenimiento de los incipientes Estados de bienestar del sur de Europa. Las empresas vascas se lanzaron a la nueva aventura y han sabido situarse bien en numerosos sectores, consiguiendo exportar al mercado europeo una buena parte de su producción. Es cierto que hubo sectores que se vieron forzados a dolorosos procesos de reestructuración, y el conjunto de la economía estatal y vasca tuvo que adaptarse a numerosas normas y estándares comunitarios; aunque también supuso la modernización de los sistemas fiscales, con la adaptación al IVA, y la introducción de la normativa medioambiental. No es una exageración decir que la normativa medioambiental, cuya importancia hoy nadie discute, se inició en nuestro país solo tras formar parte de la Comunidad Europea.
La senda iniciada hace 40 años también permitió añadir nuevos derechos a la ciudadanía vasca, como la capacidad de elegir representantes en el Parlamento Europeo, o la libre movilidad dentro del Espacio Schengen, que significó eliminar las barreras físicas en la muga y así permitir el acercamiento entre los vascos y vascas de ambos lados de la frontera. La cooperación transfronteriza floreció o resurgió en diversas iniciativas y foros, como la Eurorregión Euskadi-Aquitania-Navarra o la Comunidad de Trabajo de los Pirineos.
También el alumnado vasco ha podido disfrutar las numerosas oportunidades de estudiar en otros países de la Unión Europea, conociendo otros países y haciendo amistades que trascienden las fronteras gracias al Programa Erasmus. A pesar de lo mucho conseguido, el movimiento europeo vasco no se conforma, y seguimos defendiendo la idea de una Europa federal, democrática y social, más necesaria que nunca. Pero ello no significa que, de vez en cuando, no merezca la pena mirar atrás y valorar lo mucho conseguido y los beneficios que ha tenido para la ciudadanía vasca. Cuarenta años es una cifra redonda que invita a realizar este balance.