Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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Abril

Por Narok Ibarburu Ruiz.

Es un mes que me transmite paz, cuya melancolía me hace reflexionar y me evoca esperanza; es la señal que nos indica que la naturaleza despierta de su letargo invernal

A mí el color verde por sí solo no es lo que me da esperanza; a mí esperanza me da que este impere en los árboles, como en estos días que vuelven, estos días que combinan cielo despejado y un bello sol primaveral hasta las nueve de la noche con uno nublado, de lluvia; una lluvia que limpia, una lluvia inmaculada, una lluvia bonita. A mí son estas fechas las que me dan paz, las que me invitan a salir a la calle, las que quiero para mí, para revitalizarme, para volver a sentir la alegría, a conectar con este sentimiento indescriptible de felicidad. Es una magia extraña.
Abril ha vuelto, sí. Este mes es casi un mosaico de días importantes marcados en el color de la alegría, sea cual sea ese, en el calendario. Mi abuelo, al que tanto invoco, nació el tres y, aunque ya ha fallecido, congelamos y mantenemos esta jornada como de celebración; de celebración nuestra vida, supongo, de celebración de la vida que tuvo Antonio Ruiz Cerveró, así como de celebración de la vida en un sentido más abstracto. Anteayer, 3 de abril, lo hicimos brindando con vino del bueno, del que le gustaba a él.
Decía Michael David Rosenberg, más conocido como Passenger, en su canción «Life’s for the living», que “la vida es para vivirla, así que vívela o, si no, es mejor estar muerto” (“Life’s for the living so live it, or you’re better off dead”). Ese álbum, por cierto, siempre lo empiezo a escuchar desde marzo o abril, pues las canciones de All the little lights (2012) suenan a todas a primavera, a ese gozo que no puedo explicar, pero que está ahí. Algunos dirán que son melodías tristes, no sé. Si tuviera que establecer un paralelismo, diría que es como el sol de poniente que calienta los edificios en una jornada de cielo despejado primaveral. Más o menos.
Retomando la anterior cita del bueno de Rosenberg, comparto lo de que más allá de todo lo que tengamos para arrepentirnos, de todo lo que hayamos dejado sin hacer, de todo lo que queramos hacer y no podamos, la vida nos espera para que la vivamos. Bien es cierto que estoy parcialmente de acuerdo con la letra de esa canción de Passenger, que dice, además, que “no llores por la pérdida, sonríe por la vida”, pues hay gente que aunque quiera vivir, no puede. No puede porque los matan, no puede porque hay personas cuya existencia es un amasijo de tristeza y negros augurios, porque allá donde vayan a tratar de abrir un nuevo capítulo en en su propio libro vital, alejado de todo y de todos, les persiguen ecos pretéritos de guerras, terrorismo y miedo.
Y sí, abril también es reflexión, pues esa melancolía que inspira el apagado color anaranjado del ocaso nos lleva a eso, inevitablemente. Son días de pensar sobre lo que somos y a dónde vamos. La cálida y preciosa tarde de ayer, la gente iba y venía de un lugar a otro, de aquí para allá. Se podía palpar que ellos y ellas también sentían esa alegría. Las calles estaban repletas de gente. En el paseo de la Concha, disfrutaban de esta playa nuestra sinigual. “Es sábado y hace bueno”, le comentó una persona a otra en respuesta al clásico comentario sobre el gentío que había.
Ya huele a primavera. Huele y se siente. Se siente y se vive. Se vive y se disfruta. Espero encontrar a mi persona en alguna esquina de las callejuelas de mi existencia en estos días. Espero que todo esto
me lleve a algún sitio, alguno que me guste, del que pueda disfrutar. Espero que en algún momento logre conocerme tanto que prácticamente pueda moldear mi destino. Espero, en definitiva, que la luz de la primavera me guíe por el camino de la dicha cual plegaria secular. Espero.