Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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Avancemos hacia una revolución industrial europea

Por Sabin Azua.

https://www.eleconomista.es/opinion/noticias/13940184/05/26/avancemos-hacia-una-revolucion-industrial-europea.html

El título que he elegido para este artículo puede resultar muy exagerado para un gran número de lectores que se mueven en la confianza de que Europa está preparada para hacer frente a los grandes desafíos que nos presenta la situación económica y geopolítica internacional. Comprendo esta visión, pero tengo dudas razonables sobre la continuidad de muchas de las políticas y mecanismos de actuación de la Unión Europea, así como de la grandeza de nuestro modelo económico y social. Sospecho que pueden no ser suficientes para garantizar una posición relevante de Europa en el tablero mundial.

Europa afronta una serie de hechos que condicionan fuertemente su competitividad y la fortaleza de su modelo de cohesión social, ante los cuales, debe necesariamente replantear su estrategia. Podemos empezar hablando del deterioro profundo del multilateralismo o de la ruptura de las normas internacionales de convivencia, para seguir, entre otros factores, por la pérdida de valores y respeto a los derechos humanos en el mundo, el uso de la violencia como mecanismo para imponer comportamientos que mejoran la posición del invasor, la alteración de las normas de comercio internacional que provocan desajustes en todas las economías, o el control de las materias primas fundamentales para las nuevas economías. Son, lamentablemente, solo unos cuantos de los muchos que podríamos citar.

Asistimos a un mundo con una enorme inestabilidad geopolítica que está intentando recomponer el orden internacional con grandes dificultades, y con la sensación evidente que no volverá a ser como antes de la llegada de Trump a la administración norteamericana. La enorme rivalidad entre Estados Unidos y China para ganar posiciones de dominio global ha generado una batalla por el control de las materias primas fundamentales, por la gestión de nuevas cadenas globales de suministro, por el desarrollo de las principales tecnologías de futuro, por el alineamiento (voluntario u obligado) de países a su posición, y por el control de las fuentes principales de energía, entre otras.

La guerra en Irán, resultado de la nueva deriva imperialista de los Estados Unidos, está generando enormes problemas para la economía mundial. Se han interrumpido las rutas estratégicas de comercio internacional (con el consiguiente encarecimiento de tarifas, retrasos de suministros e, impacto en precios), y de todo ello se deriva una subida de los costes del petróleo que afectan a Europa de manera significativa, siendo como somos, altamente dependientes en términos energéticos.

Europa necesita acelerar la transición hacia energías limpias, pero se ha visto afectada por la necesidad de diversificar el suministro (otra de las consecuencias de la invasión de Rusia a Ucrania), mirando hacia Estados Unidos, Argelia o Noruega, porque es necesario reducir el precio de la energía que está lastrando la competitividad de las empresas europeas e incidiendo en la inflación creciente de la zona euro.

Los factores externos se entrelazan con otros elementos internos, y la suma de estos dos planos sitúa a Europa en una encrucijada. La excesiva fragmentación política y la dificultad para desarrollar una estrategia compartida para fortalecer el posicionamiento global limita el margen de maniobra, y la triple dependencia estratégica complejiza mucho más la respuesta. Europa depende de la OTAN en defensa, de Estados Unidos para su desarrollo tecnológico digital y de China en Materias Primas. A todo ello, añadimos otros elementos críticos: una energía más cara y en transición, una pérdida de competitividad industrial frente a Estados Unidos, un envejecimiento de la población por la baja natalidad, el aumento de la esperanza de vida y el consiguiente decrecimiento de la población activa, entre otros. No me resisto también a mencionar como factor limitante la arrogancia que se deriva de considerar el nuestro como el mejor modelo de cohesión social del planeta, afirmación que debemos revisitar.

Todas estas cuestiones se magnifican bajo la lupa de otras debilidades. Entre otras, la excesiva dependencia de sectores estratégicos claves en la industria – semiconductores avanzados, tierras raras, plataformas digitales, baterías y componentes críticos para la modernización de la manufactura industrial -, además de una pérdida de dinamismo empresarial por el alto nivel de bienestar, menor inversión en digitalización, y la apuesta tecnológica en inteligencia artificial, cuántica, etc.

No asumo en su totalidad la mirada catastrofista Sin una mirada tan catastrofista de Wolfgang Monchau en su libro «El final del milagro alemán», pero creo que debemos extraer conclusiones sobre su visión de la crisis que sufre este país, ya que algunas de esas claves son claramente similares a las del nuestro. Señala el autor que los indicadores económicos y el éxito exportador ocultaron debilidades estructurales por falta de políticas activas, o que la dependencia del gas ruso en energía, del mercado chino como eje comercial y, de la tecnología digital americana han generado vulnerabilidad económica, que ha dado como resultado la falta de transformación profunda de la industria manufacturera, un mayor conservadurismo económico y la caída del emprendimiento tecnológicamente avanzado, entre otras.

Europa está inmersa en una profunda transformación social, menos visible que otros indicadores más cuantificables, pero igualmente crítica. Vivimos un cambio demográfico, laboral y social enorme, con fuerte presión a los sistemas sociales, con un auge del individualismo y de los movimientos populistas, que nos enfrentan a conflictos morales crecientes entre principios y decisiones económicas y políticas.

Como suele ocurrir en todos los análisis DAFO que se hacen de una organización o país, las debilidades y amenazas suelen ser mucho más cuantiosas que las fortalezas y oportunidades. Esto no debería ocultarnos que Europa presenta muchas fortalezas sobre las que construir una sociedad futura a seguir siendo el paradigma de la cohesión social, con capacidad de competir en los escenarios económicos internacionales, para seguir garantizando generación de riqueza en el futuro.

Europa es uno de los mayores mercados del mundo, cuenta con fuerte capacidad de demanda y está altamente diversificado, posee, así mismo, un alto nivel tecnológico e industrial en muchas industrias de futuro, alta capacidad científica y de investigación aplicada, un poder comercial importante, alianzas comerciales múltiples, modelo social avanzado, talento altamente cualificado, un sistema educativo potente, etc. No olvidemos esta otra parte del análisis.

Contamos con numerosas iniciativas para favorecer la competitividad de la industria europea que ambicionan dinamizar la transformación que necesitamos para insertar con éxito Europa en el contexto competitivo global. Por citar algunos, la European Chip Act, Net Zero Industry o European Green Deal, Horizon, son respuestas creadas sobre estas ventajas, y buscan, como se ha mencionado, construir una Europa competitiva con un rol decisivo a nivel mundial.

Históricamente el motor de la evolución de la economía europea ha sido la industria que ha proporcionado empleos de calidad, riqueza, investigación aplicada y desarrollo de la cohesión social. Desgraciadamente, hemos perdido posiciones en la batalla global y vamos tarde en la profunda transformación de paradigmas y apuestas de futuro que este nuevo tiempo requiere.

Necesitamos una Europa consciente de que el motor de desarrollo de la competitividad y de la cohesión social a futuro será la Industria, y debemos generar una vivencia colectiva sobre esto. Nos estamos jugando la pervivencia del modelo social y de bienestar de nuestras futuras generaciones.

Existen unos elementos que son consustanciales a esta apuesta: la necesidad de una asunción colectiva del reto transformador, la búsqueda de autonomía estratégica, la necesidad de una reorientación presupuestaria para hacer posibles inversiones en tecnologías digitales, una mayor apertura comercial que potencie los mercados actuales, una transición energética más profunda para reducir la dependencia energética, alianzas con otras economías para favorecer la competitividad de las empresas locales, entre otras.

La lista de tareas es larga, pero la prioridad debería ser ahora esta apuesta nítida por la revolución industrial de Europa, con dinámicas nuevas que aceleren el proceso de la transformación. Europa debe aprender a sostener prioridades con una mayor focalización de las políticas e inversiones para generar tracción económica. Es preciso promover una mayor especialización para dotar de competitividad a la industria manufacturera con la incorporación acelerada de tecnología punta en sectores con amplio potencial de desarrollo.

Revisar y modificar nuestra forma de hacer implica, también, replantearse la mirada de nuestra inserción internacional en las cadenas de valor globales y regionales, y ser capaces de adoptar una mayor apertura ante alianzas e inversiones conjuntas con otras geografías, o abrir la potencial entrada de empresas de otras latitudes a Europa en modelos de – friend shoring -, y abrir nuestros acuerdos comerciales con una visión expansiva, para generar proyectos compartidos de transformación de la industria.

Apostar supone aceptar riesgos, pero en el contexto actual, es imprescindible. Sin estas apuestas, los campeones ocultos europeos con potencial de liderazgo global en la industria no lograrán desarrollar su potencial, ni la investigación aplicada será capaz de apoyar a la creación de empleo de calidad en la sociedad.

Europa será competitiva en la medida que sea capaz de reducir la enorme dependencia actual sobre (semiconductores, tecnología digital, inteligencia artificial y materias primas críticas) y evolucionar sus políticas actuales para promover el desarrollo de la manufactura avanzada.

Tenemos el reto de transformar nuestro sistema educativo y el desarrollo y atracción de talento. Es preciso generar una cultura industrial en nuestra sociedad que provoque vocaciones industriales, potenciar la formación profesional con enfoques de ingeniería de sistemas y de utilización de las nuevas tecnologías, realizar el reskilling de los profesionales para generar nuevas competencias y, ser capaces de atraer talento diferencial para generar valor en el tejido industrial. Sin una profunda apuesta por la generación de talento, Europa está condenada a perder competitividad.

La historia no está escrita, pero hay que asumir la urgencia de estas apuestas. La reindustrialización de Europa es vital para el desarrollo de la cohesión social, y hoy está amenazada. El reto es enorme, y el proyecto colectivo, para poder generar proyectos de vida atractivos para los ciudadanos.