Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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Bilbao, Ciudad de Valores

Por Cristina Maruri.

Hace algún tiempo ya, nuestra ilustre Villa planteó a sus ciudadanos y ciudadanas, una Declaración de Intenciones para su adhesión. El fondo del asunto, sucintamente, era que, voluntaria e individualmente, se suscribiera un documento en que nos mostrásemos de acuerdo con la iniciativa, consistente en “crear y fomentar un marco de valores compartidos entre la ciudadanía, instituciones, empresas y otras entidades, con el fin de mejorar la calidad de vida y el bienestar de sus habitantes”.
Nada que decir y mucho que aplaudir por la iniciativa y su contenido, y aunque podríamos incidir sobre la problemática de su puesta en marcha, basándonos en ese refrán que reza: del dicho al hecho hay un buen trecho; hoy no quiero poner el énfasis de esta reflexión en el mensajero, sino en los receptores del mensaje.


Porque por muy brillante y acertado que sea o me parezca el enfoque, por mucha sublimación a la que opten las autoridades y sesudos redactores, poco o nada se puede hacer, si nosotros, todos, o la gran mayoría de los ciudadanos, no estamos dispuestos a que los mencionados valores, vayan más allá del papel bonito en el que han sido suscritos (juego con el pareado).
Cuántas son las veces en las que pienso, que las ciudades, su grandeza o su vileza, no se construye desde sus iconos o turísticos símbolos y reclamos. Aunque por supuesto no niego el hecho de que ayuden y sean un principio, me temo que no son el final. Porque la apreciación y el recuerdo que se retiene de una ciudad (en el caso último si son visitantes), no queda reducido a las fotos del Puppy, Guggenheim, Euskalduna o la degustación de variados pintxos. La apreciación se extiende e impactará siempre en nuestro cerebro como un insecto en el parabrisas, si, poniendo por ejemplo, como experiencia de la visita, una pobre familia sufre el robo de su furgoneta y de todas las herramientas contenidas en la misma (siendo estas su medio de vida), permaneciendo estacionada correctamente un parking de la capital. Hecho, por otro lado, verídico.


Porque la ciudad y lo que representa, no solamente se analiza con parámetros de arquitectura, gastronomía, ocio, cultura o naturaleza. También entran en el listado de esa valoración: los orines entre contenedores en las calles, las cacas de perro en los jardines, los disturbios antes o después de un evento deportivo, los papeles, colillas y chicles en el suelo, las pintadas vandálicas plagando paredes, fachadas, puentes y túneles, el mobiliario urbano deteriorado, y los gritos y música en el metro impidiendo disfrutar del recorrido, mientras resultan ocupados por quienes no los necesitan, los asientos reservados a las personas mayores.
Quedan en nuestro haber o deber, la indicación de una dirección que proporcionamos con amabilidad a un viajero despistado, o la sustracción del móvil de otro, por confiar en que Bilbao se rotula como una urbe de valores.
Hay tanto que podemos hacer; cada uno. Tanto es así, que, sin nuestra colaboración y participación, la ciudad no puede, aunque lo intente, ser más ni mejor.


La responsabilidad, la educación, el civismo y el respeto del bien ajeno y del bien común (el bien privado, en nuestro egoísmo exacerbado, no corre peligro); solamente a los bilbaínos y bilbaínas atañe.
En otro caso, será como predicar en el desierto. Un folio más para archivar en la papelera. Y sinceramente, creo que ya hemos talado demasiados árboles para no servir de nada.
Es la hora del remangarse y ponerse a hacer. La hora de asumir y no pasar la pelota de la culpabilidad o inutilidad a otros. Qué recurso más fácil y más injusto. Todos sumamos o restamos.


El futuro está, como casi siempre en nuestras manos y en las de nadie más, pero hemos de echarle valentía, esfuerzo y constancia. En esto no valen filtros del parecer. Si cada uno no nos “comportamos”; no habrá manera. No sacaremos la cabeza, ni el pecho. No podremos “presumir” con verdad y rigor. Será fatuo y falso. Seremos fatuos y falsos.
El tiempo de los maquillajes (y esto va para todo el “organigrama”), está llegando a su fin. Dos más dos, por mucho que se maquille, siempre serán cuatro.