Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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CON LOS PAPELES A VUELTAS

Por Toti Martinez de Lezea

Y los miedos también. Miedo a lo desconocido, a lo que no se entiende, a otras costumbres, lenguas y creencias. Los flujos migratorios a través de la Historia han sido un hecho constante e imparable; la Tierra se mueve y los seres que la habitan hacen otro tanto. Las ansias conquistadoras algunas veces, razones económicas, el exceso de población y el hambre en la mayoría de los casos, han sido el motivo para que miles, millones, de personas se hayan desplazado a lo largo de los tiempos, abandonando sus lugares de origen y sus raíces en busca de otras tierras en las que asentarse y comenzar de nuevo. Así ha sido y así será por mucho que los países ricos de hoy en día se empeñen en lo contrario, pongan trabas, rodeen sus territorios de muros y alambradas, traten a los recién llegados como a los apestados medievales y establezcan leyes draconianas a fin de impedir la entrada y el asentamiento de nuevos migrantes.

                No hace falta ser experta en la materia para conocer los estudios realizados sobre las migraciones prehistóricas, los movimientos de Oriente hacia Occidente, del Sur hacia el Norte. Los seres humanos de aquellos tiempos pretéritos eran nómadas, se desplazaba al ritmo de las estaciones, de las sequías, de la caza y, sobre todo, de los grandes cambios climáticos. Lo que hoy algunos defienden como una Europa exclusivista, blanca y cristiana, tiene su origen en pueblos llegados del norte de África que dieron lugar a los íberos, quienes, a su vez, se extendieron hasta las Islas Británicas e Irlanda, mientras se mezclaban en Europa central con otros llegados de Oriente. Así mismo, tribus orientales se desplazaron hacia Mesopotamia y posteriormente hacia el norte del continente africano. El viaje de los hermanos de José a Egipto solo es una historia más que narra la migración hacia tierras más fértiles de las tribus mesopotámicas en una época de hambre. Los celtas, ese pueblo que hoy en día suscita admiración tras siglos de olvido, partió de centro Europa, expandiéndose tanto hacia el Este como hacia el Oeste. Los persas invadieron Grecia, y Grecia invadió Italia y la región del mar Egeo, manteniendo relaciones comerciales con territorios tan lejanos como China, India, Arabia, las Islas Británicas o las regiones del Báltico. El “Mare nostrum” de los romanos no era nuestro sino de ellos porque, ciertamente, conquistaron todas las tierras del Mediterráneo, desde Oriente Medio a Francia, llegando a la actual Gran Bretaña. Los hunos, godos, visigodos, ostrogodos, vándalos, alanos, suevos, burgundios, anglos y sajones revolucionaron el mundo romano y comenzaron a dibujar el mapa de Europa tal y como hoy la conocemos, aunque aún faltaba la última gran invasión, la del Islam procedente primero de Siria y posteriormente del norte de África que, como todo el mundo sabe, tuvo especial incidencia en la península Ibérica.

                Durante siglos, muchos, este continente fue un ir y venir de gentes. Las invasiones, pacíficas o no, trajeron con ellas diversas culturas, procedencias, religiones y colores. Todas ellas se mezclaron y dejaron su impronta, en algunos casos más en otros menos, hasta conformar esta parte del mundo en la que vivimos y tratamos de defender con uñas y dientes ante la llegada de nuevos migrantes. A quien aduzca que hablo de historias añejas, ya olvidadas, me gustaría recordarle la conquista del continente americano, la colonización de toda África y gran parte de Asia por parte de los europeos a sangre y fuego.

                Europa destrozó, esquilmó y se aprovechó todo lo que pudo de aquellas tierras hasta bien entrado el siglo XX. A cambio, dicen algunos, les llevó la civilización y la cultura, eliminó sus bárbaras costumbres, aportó tecnologías modernas… Olvidan decir que también ha dejado un mundo diseñado con regla y cartabón, creado naciones que no existían, dividido pueblos enteros, apoyado a gobiernos dirigidos por hombres inmorales y ambiciosos que no dudan en vender por cuatro perras gordas las riquezas naturales de sus países con tal de enriquecerse. Olvidan también que el rico mundo occidental utiliza al pobre como granero fumigando las cosechas con tóxicos prohibidos en sus propios países, le vende sus productos farmacéuticos caducados y las armas necesarias para mantener guerras sin fin; utiliza su mano de obra barata y hace turismo de lujo, incluido el sexual con niños y niñas, por países cuyos habitantes se mueren de hambre.

                Tampoco estaría de más recordar que no hace tanto, nuestras gentes tuvieron que emigrar en busca de una vida mejor a la que podían encontrar en su propia tierra. No hay familia que no haya tenido algún pariente “haciendo las Américas”. Los segundones tuvieron que emigrar en el siglo XIX porque aquí no tenían futuro, y también fueron miles los europeos que se embarcaron en busca de una oportunidad tras las dos guerras mundiales. Muchos otros miles tuvieron que hacerlo al verse perseguidos debido a sus militancias políticas o creencias religiosas, e incontables fueron también los españoles afincados en Francia y Alemania en busca del pan que se les negaba en su patria hace tan solo cincuenta años.

                El negrito de amplia sonrisa, el exotismo de los miembros de las tribus beduinas, los porteadores de camellos en las pirámides, los indios de las playas caribeñas, el misterio de las kashbas marroquíes, el colorido de los hindúes, las chinas de porcelana… Todo está bien mientras solo sea para sacarlos en la foto, mientras no se nos acerquen pidiéndonos una oportunidad para vivir. Los seres humanos, sea cual fuere nuestra procedencia, nuestro color o nuestras creencias, somos todos iguales. La única diferencia estriba en la suerte que haya tenido cada cual y en sus oportunidades. El lugar de nuestro nacimiento es puro azar, no hemos hecho ningún mérito para nacer aquí o allá. Nos ha tocado y punto.

                A la dura situación del hombre inmigrante, despreciado, humillado, maltratado y temido por ignorancia, hay que añadir la de la mujer inmigrante, marginada, desarraigada e, incluso, a veces, prostituida, que ve impotente cómo el sueño de una vida mejor, se convierte en pesadilla dolorosa para ella y los suyos. La madre, sea negra, magrebí, china, peruana o europea, únicamente desea una vida mejor para sus hijos e hijas, un lugar al sol, un refugio, una vejez tranquila. Es su derecho y obligación de los personas más favorecidas colaborar para que así sea, solo así se evitará un estallido que acabe con este mundo antes de lo previsto y no, precisamente, por razones naturales.

Por Toti Martinez de Lezea