Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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Crisis total (1)

Por Daniel Innerarity.

Enlace: Crisis total (1)

Las catástrofes se provocan y afectan a un lugar concreto, pero son debidas a condiciones globales. Hay incendios o inundaciones en un sitio, pero sabemos que no se hubieran producido si no se dieran unas condiciones generales que los hacían posibles; las guerras que se provocan serían inconcebibles sin un contexto general que desequilibra mecanismos de contención hasta ahora suficientemente disuasorios; la presión migratoria se ejerce sobre un punto concreto, pero tiene como causas las desigualdades globales y la inhabitabilidad de lugares muy alejados. No hay casos sin condiciones y, aunque sea más difícil, modificar las condiciones es más útil que intervenir para paliar los casos concretos.

Zygmunt Bauman calificaba a nuestro mundo como líquido, pero yo siempre he pensado que era más bien gaseoso, es decir, atmosférico, contextual, inflamable, volátil, turbulento, viral, siempre a punto de que se produzca una crisis, una estampida, una reacción de pánico, más cercano a la lógica de los fenómenos meteorológicos que a la física de fluidos, más de emanaciones que de flujos, donde el control no se ejerce regulando unos canales sino, en el mejor de los casos, mediante la configuración de las condiciones generales.

Las principales crisis que caracterizan al mundo actual tienen tres propiedades que las hacen especialmente complejas y muy difíciles de gestionar: que son inevitables en una medida muy inquietante, que no se explican por un solo factor y que se trata de crisis totales. Inevitabilidad, interconexión y totalidad son tres características que definen su naturaleza y, sobre todo, el tipo de mundo en el que vivimos.

En primer lugar, son crisis que se pueden prever, gestionar y reparar, pero que irrumpen en cualquier momento siempre que se den unas determinadas condiciones que solo podemos controlar parcialmente. El ejemplo más ilustrativo es el de los incendios, que pueden producirse en cualquier momento cuando se da la fatal coincidencia de que hay más de 30 grados de temperatura, menos del 30 por ciento de humedad y vientos de más de 30 kilómetros por hora; la producción de burbujas, una gobernanza global insuficiente, la inestabilidad de la economía o su excesiva financiarización crean un escenario en el cual se puede producir una crisis en cualquier momento; la escalada de las hostilidades es inevitable si confluye un cierto nivel de desconfianza y la debilidad de las instituciones que podrían asegurar la paz; los movimientos migratorios seguirán existiendo mientras haya tanto contraste de penuria y riqueza, de desesperación y oportunidades, de modo que ninguna policía de fronteras o los más altos muros podrán detenerlos; habrá crisis de la vivienda mientras coincidan la escasez de casas con un mercado inmobiliario que las convierte en inversiones especulativas.

La segunda propiedad de nuestras crisis es que no se deben a comportamientos individuales sino a la interacción de muchos comportamientos individuales y determinadas condiciones de contexto. Un instinto atávico nos lleva a concluir que cuando algo falla tiene que haber un culpable y, si bien es cierto que detrás de las crisis hay autores irresponsables, en sentido propio este tipo de crisis se deben fundamentalmente a la interacción fatal de actores y factores. Hubo quien prefirió explicar los pasados incendios como el resultado de un terrorismo incendiario, cuando lo cierto es que el número de incendios provocados fue muy pequeño y eso nos distrae de abordar las causas de que se dieran las condiciones generales en virtud de las cuales el campo se hacía tan inflamable; las crisis económicas son interpretadas como debidas al comportamiento individual (estafadores según la versión de la izquierda o gente que vive por encima de sus posibilidades para la derecha), olvidando así que una crisis económica de gran envergadura no se habría producido si no fuera porque había unas condiciones estructurales que la inducían, como la débil gobernanza global o determinados incentivos del mercado inmobiliario; confiamos demasiado en el cambio de los comportamientos individuales para resolver la crisis climática, en la modificación de nuestro consumo (producciones de comercio local, otro tipo de movilidad, responsabilidad personal con el reciclaje), pero el problema es que se trata de pequeñas acciones, necesarias pero insuficientes, en medio de una economía general en la que estas acciones individuales tienen una influencia muy escasa sobre la sostenibilidad del sistema y con unos acuerdos globales limitados y de débil implementación.

La tercera propiedad de estas crisis es que está en crisis la totalidad (del sistema, de la sociedad, de la vida, del planeta), que no se refieren a aspectos parciales de nuestra vida, a fallos aislados y coyunturales. Ni siquiera se trata de una crisis recurrente o muchas crisis que se agolpan y solapan (el concepto de “policrisis” hizo furor durante la pandemia, pero no caracteriza bien nuestra situación). No son diversas crisis al mismo tiempo, sino una gran crisis que desequilibra las condiciones del mundo en el vivimos. Podríamos decir que no está en crisis todo sino el todo; no están en crisis diversos ámbitos de nuestra condición sino la relación entre esos ámbitos. Hay una interacción fatal, una concatenación o reverberación que multiplica trágicamente cualquiera de los errores en los que nos vemos envueltos: el clima, el modelo productivo, la desigualdad, la desinformación, el autoritarismo, todo ello se incrementa y redobla en una dinámica de transmisión que no se restringe a una localidad concreta y que ninguna intervención es capaz de aislar o moderar completamente.

Crisis total (y 2)

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UNA crisis total no puede ser manejada sectorialmente, por partes, aisladamente, sino que requiere que todos los agentes se impliquen. Y aquí nos topamos con la gran dificultad. Nuestro entramado institucional no está preparado para hacer frente a la situación.

En la modernidad se produjo un largo proceso que los sociólogos han denominado de diferenciación y en virtud del cual los sistemas sociales (la ciencia, la economía, la salud, el derecho, la política…) se rigen de acuerdo con una lógica propia y dejan de estar subordinados a otro. Esta diferenciación es la causa de muchos de nuestros progresos (un arte sin censura moral, una política no sometida a la religión, una ciencia sin directrices políticas…), pero también la razón de que nos esté resultando tan difícil la visión de conjunto, la coordinación entre diversos actores o la consideración de las externalidades negativas que cada uno de esos sistemas produce (una economía que contamina, una política oportunista, una ciencia que se especializa tanto que olvida las grandes preguntas y no atiende a las prioridades sociales). Todos esos sistemas parecen incapaces de moderar el desequilibrio que su crecimiento ilimitado produce en otros o en el conjunto de las interdependencias. La sociedad moderna no quiere renunciar a la autonomía de sus partes, pero es incapaz de orquestar esas partes de modo que la totalidad no se vea amenazada.

Para la identificación y resolución de crisis generales, no particulares, el primer problema es la ceguera que cada uno de estos sistemas tiene para hacerse cargo de cómo son percibidas las crisis desde los otros sistemas, que pierdan de vista el todo, las interdependencias sistémicas. Los costes de esa ceguera son demasiado altos cuando se trata de crisis como las que estamos viviendo. Desde el punto de vista práctico, faltan mecanismos que concierten la pluralidad, que velen por la unidad en la diferencia. La política debería ser la instancia en la que se articulen las distintas descripciones de los problemas (las que hacen la ciencia, la economía, la moral…) y donde se construya una responsabilidad en relación con la totalidad social, de eso que se ha llamado bien común. La política tenía asignada esa función, pero hoy parece incapaz de proporcionar mecanismos integradores orquestando la interdependencia de las partes o convirtiéndose en la especialista de la totalidad.

Donde mejor se comprueba esta dificultad es en el caso de una crisis ecológica que no se limita a ningún espacio particular y que constituye el paradigma más ilustrativo de una crisis global. ¿A qué se debe el que pasemos de una cumbre a otra con una implementación tan deficitaria de sus objetivos? Mi explicación de este fracaso es que no terminamos de entender su carácter sistémico. Una sociedad no es un conjunto de individuos autosuficientes o Estados soberanos, sino una lógica, unas dinámicas y una trama general. Lo primero que hay que comprender es cómo funciona la sociedad, si hay que cambiarla y cómo, a qué lógica evolutiva obedece, de qué modo se relacionan sus elementos y la totalidad. Mientras sigamos pensando la sociedad como un montón de individuos y tratando de explicar sus comportamientos como una simple agregación, no conseguiremos hacernos cargo de la complejidad que caracteriza a la sociedad contemporánea. Si concebimos la crisis climática como el resultado de acciones individuales, perdemos de vista la lógica sistémica que guía esas acciones. Hacer frente a una crisis como la climática requiere entender e incidir en las condiciones generales que la hacen posible, en aquello que hace de ella una crisis total.

Un ejemplo de hasta qué punto esta complejidad de nuestras sociedades y sus crisis no ha sido bien entendida es el tratamiento de la crisis ecológica con medidas económicas como el mercado de emisiones, es decir, un mecanismo que busca fomentar la reducción de la contaminación mediante incentivos económicos. Sus efectos, más bien limitados, tienen que ver con el hecho de que las medidas para afrontar el cambio climático son procesadas como una cuestión de precios, que es como el sistema económico observa la crisis climática. Se intenta resolver una crisis general con una solución particular. No deja de ser problemático un procedimiento que permite a los más ricos pagar para contaminar. Se convierte así una cuestión política general en una cuestión particular, se calcula sobre una dimensión incalculable; se intenta poner un remedio económico a un problema que no es particular sino total. Acotar, circunscribir, simplificar, reducir son estrategias abocadas al fracaso para acometer las crisis totales.

La nueva normalidad de las democracias es el fracaso a la hora de acometer las grandes transformaciones que exigen las nuevas crisis globales. Las organizaciones necesitan visión sistémica, procedimientos de aprendizaje rápido y análisis estratégico para anticiparse a los distintos escenarios de riesgos futuros. Cuando hay intereses contrapuestos y lógicas diversas en juego se requiere una capacidad para intervenir de manera que esa disparidad no produzca daños sistémicos. El sociólogo Helmut Willke proponía un imperativo muy exigente: “decide de tal modo que la siguiente crisis sea manejable”. Ya que no somos muy capaces de abordar las dimensiones profundas de las crisis (las que tienen que ver con su carácter sistémico), que nuestras intervenciones limitadas al menos no hagan imposible su gestión en el futuro.

Catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque y profesor Instituto Europeo de Florencia