Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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CRÓNICA DEL ESTÍO

Por M. Rafael Sánchez 

Todas las ausencias se han ido haciendo silencio. Oropéndolas y alcaudones, que otros años eran presencia viva, han desaparecido. Al igual que las veloces libélulas que centelleaban con  su coraza iridiscente sobre el agua quieta del pequeño estanque. O como las esfinge colibrí –esas hermanas menores del tropical colibrí- que libaban las olorosas flores del espliego… Todas ellas van siendo, en este rincón cubierto de encinas del Valle Amblés en que habito en verano,  sombra de un recuerdo. Y en la noche, apenas tres o cuatro grillos han sido los eremitas solistas del otrora coro que amenizaba la noche con su particular canon nocturno.

Vivir junto a la naturaleza es actuar de notario de sus procesos y de sus cambios. Es observar el presente y contrastar lo observado con la memoria del pasado y tomar nota de ello. Cerca de tres décadas siendo huésped de un centenario encinar no me dan doctorado de nada pero sí escriba de todo lo que veo. Y esta tierra, que antes fue centenera –los terrenos más pobres tenían a este humilde cereal por cultivo- y donde crecían las espigas bajo la sombra veraniega y el abrigo invernal de las encinas, con el abandono de la siembra se fue poblando de cantuesos, tomillos, jarillas, retamas y algunas berceas.

Hace una década que comenzó a notarse con más intensidad un progresivo declive. Encinas que durante cientos de años dieron bellotas y leña, se iban secado por estrés hídrico, ese científico diagnóstico para decir que se han muerto de sed. Nuevas encinas nacen alrededor, son matorrales y arbustos jóvenes que necesitan cuidados, pero nadie los poda y atiende para que se llegue a formar la encina y se renueve el encinar. Cada terreno tiene su dueño, pero el monte está abandonado por unos propietarios que no ven beneficio económico en su cuidado. No van quedando humildes y desprendidos jardineros de su propia tierra a sueldo de la belleza y responsabilidad.

Fuente: Ana Jiménez (@ginger_ajm)

El calor intenso que hemos soportado este verano, ese cielo canicular y denso, este asfixiante y espeso aire, han hecho del verano una estación incómoda. Si antes nos provocaba desazón y melancolía su fin, este estío –como algunos de los últimos estíos- hemos deseado que acabara para que llegara el frescor y agua otoñales. Estío ya no va a ser palabra con resonancia de sosiego, placer, calma, bienestar… Su magia puede trocarse en pesadilla donde el calor y falta de lluvia cambie todo. Hasta nuestros corazones, que se hagan más duros aún ante la falta de agua y sentido que los nutra.

El pasado 26 de julio fallecía -el mismo día que cumplía 103 años- James Lovelock, el médico, escritor e inventor que, junto a la bióloga Lynn Margulis, desarrolló la hipótesis Gaia. Según esta teoría, la Tierra funciona como un único organismo vivo, como un sistema que auto regulándose, puede mantener unas condiciones favorables para la vida mediante un equilibrio entre los seres vivos y el resto del planeta –atmósfera, agua, temperatura, suelo, luz… El cambio de estos factores supone que el organismo Tierra también cambie… y hasta enferme.

Lo que sucede ahora se llama calentamiento global, ese hecho que algunos niegan. Quizás porque vivan en una burbuja ideológica y de intereses para poder negar la evidencia. Lovelock advirtió que en el año 2040 parte de Europa se parecería al Sahara. Fiel a sus ideas, hasta el final de sus días permaneció activo: «Mi razón principal para no jubilarme es que, como la mayoría de ustedes, estoy profundamente preocupado por la probabilidad de un cambio climático enormemente dañino y la necesidad de hacer algo al respecto ahora». El año 40 está a la vuelta de la esquina y esto parece imparable, como hemos comprobado en este recién acabado estío.