Por Kepa Ibarra.
Hay clubs deportivos que mantienen en sus orígenes algo que no parece poseer mucho recorrido competitivo y mercantil, pero que no por ello pierden en su esencia ese halo de romanticismo y exclusividad ampliamente reconocibles.
El fútbol es una disciplina que concita amores y odios, fobias y filias, estados de ánimo muchas veces extremos y hasta delirantes. En una conclusión definitiva, crea una relación que va más allá de los tiempos y sus fronteras prosaicas. Si además existen estructuras deportivas donde esa adhesión se traduce en localización, entonces el sentimiento de pertenencia posee doble y hasta triple emocionalidad. Fidelidad sin matices.
Formaciones deportivas como el Chivas mejicano, el Nacional ecuatoriano o el Athletic bilbaíno, como entidades de masas, han mantenido a lo largo de sus trayectorias el principio inédito y hasta cultural de contar en sus estructuras con deportistas exclusivamente locales, avanzando en una historia única y aplaudida en el mundo entero, haciendo caso omiso a cantos externos globalizantes y de cash-flow, para centrarse en lo cercano, en lo que existe en nuestros pueblos y ciudades, reivindicando esa idea de propiedad ad aeternum que va más allá de lo folklóriko o de lo que tiene de aspecto genérico como realidad social.
Estamos ante una filosofía basada en el crecimiento personal y afectivo, valorando el discurso de identidad, en base a una literatura muy cercana y en zapatillas, en donde la adhesión es una condición no escrita, pero si configurada, símbolo de algo que perdura en el tiempo a pesar del propio tiempo y sus imprevisibles ajustes.
El término “pertenencia” es una acepción mundana, inalterable, pero con una carga formal casi poética. En una praxis literaria ni siquiera es eso, pero concita curiosidad, algún desvelo, amores encontrados y hasta deseos pecaminosos e intraducibles. Estamos escribiendo sobre lo que no parece divisible, no divorciable, sino todo lo contrario. Y en lo contrario parece estar la respuesta (no siempre en el manido viento)
En muchas ocasiones hacemos mención el cambio tan sustancial que ha habido en nuestra sociedad y cómo nos amparamos en una globalización salvaje para echar por tierra la consecución de logros más reducidos que nos implementan en lo que se considera como algo propio, con signo y sello. Esto nos permite soñar, en este caso, con triunfos balsámicos, trofeos catárticos y, en definitiva, lo que nos concilia con una manera de ser algo diferentes. Tales ejemplos deportivos, donde el talante de lo propio tiene rango excelso, no son más que la búsqueda de un modo peculiar y dinámico de tener lo que encontramos a la vuelta de la esquina y que habita humilde en muchos corazones mexicanos, ecuatorianos o bermiotarras. Ni más ni menos, sino todo lo contrario.
Kepa Ibarra – Gaitzerdi