Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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El mal fario

Por Pedro Olaechea.

         Cuando me levanté de la cama todavía era de noche, como un presagio. Apenas había dormido dos horas repartidas en tres trozos. Había sido una mala guardia, como otras, tampoco iba a quejarme, que hacía lo que me gustaba, a diferencia de otros. Con la cabeza aún aturdida recordé que se me había muerto un paciente, lo que no es infrecuente en la UCI, pero que siempre te deja mal sabor de boca cuando este suceso es inesperado o difícilmente explicable y mucho más si ocurre en una persona relativamente joven o con pocas patologías previas.

         Después de repasar la situación de la Unidad y de contar a mis compañeros, las incidencias de la guardia, lo que sirve para quitarte un peso de encima y transferir mis problemas y mis preocupaciones a otros, llamé al Servicio de Anatomía Patológica para interesarme por la autopsia del paciente fallecido. Por aquella época solíamos pedir estudios necrópsicos a casi todos los pacientes que morían, sobre todo cuando nos quedaban dudas o inquietudes sobre el proceso final que los había llevado al fallecimiento. Este era un procedimiento tedioso, porque había que solicitar el permiso a la familia, durante un duro trance para ellos, y había que rellenar formularios con los datos del paciente, las posibles explicaciones y la filiación propia como solicitante, que curiosamente en aquel antiguo formulario, figuraba en la cabecera del papel, en vez de al final.

         Le conté al Patólogo que estaba interesado en ver la realización de la autopsia, para poder encajar en mi cabeza el puzzle que representaba un interés científico mal resuelto. Cuando le di el nombre y apellidos del paciente, me dijo que no había ninguno con ese nombre pendiente de necropsia. Maldita sea, pensé, se ha vuelto a traspapelar, estos celadores…. A veces ocurrían estas cosas, sobre todo a las intempestivas deshoras de la noche o en los cambios de relevos. Bueno, le dije, bajo al mortuorio a hablar contigo a ver si podemos arreglarlo.

         Cuando abrí la puerta de la sala de autopsias me quedé estupefacto. Justo delante, en la puerta de la cámara de refrigeración de cadáveres de enfrente, había pegado un post it con mi nombre. Si, mi nombre y dos apellidos en la puerta de un frigorífico de cadáveres.

         Nunca había creído, hasta entonces, en las supersticiones, en el efecto de los gatos negros o en el mal fario. Siempre me habían parecido cosas de gente con escasa cultura, del sur o gitanos, pero en ese momento tuve la presciencia de que ese día me iba a pasar algo malo, quizá morirme y lo que estaba viendo no era más que la foto de lo que podría ocurrir unas horas después. No sé qué más cosas pensé, pero si recuerdo que conduje hasta casa con toda la atención que era posible dentro de mi lamentable estado de conciencia y en el fondo, muerto de miedo.

         Durante el día entero no di pie con bolo. En la siesta apenas pude conciliar el sueño, andaba vagando por la casa, se me caían las cosas de las manos, un plato, la sal al cogerla del armario que sé quedó desparramada por la cocina, un florero que quedó hecho añicos. Me dejé las llaves de casa puestas en la puerta, perdí las gafas por todos los rincones de casa innumerables veces, no pude pasar de tres líneas de mi novela y sobre todo, no podía escuchar mi música favorita porque me sonaba a marcha fúnebre, a velatorio.

         Cuando me fui a dormir me despedí de mi mujer con tristeza, aunque nada le había dicho sobre lo acontecido y mis presentimientos. Ella achacó mi desánimo a lo que llamábamos síndrome post-guardia que es algo que oscila entre la más desaforada compra de objetos inútiles, hasta la más profunda depresión cercana al suicidio y en el que cabe cualquier estado de ofuscación transitoria.

         A la mañana siguiente estaba vivo, pasmado y rezongón, sin entender por qué no había ocurrido nada. Cuando conseguí que mis neuronas volvieran a interactuar entre ellas pensé, claro, es que las supersticiones no existen, son inventos para justificar cosas injustificables. Luego me acordé del salero precipitado. No sé qué me salvó la vida, si la inexistencia del mal fario o el efecto profiláctico del derramamiento de la sal por encima del hombro izquierdo. Todavía no lo he resuelto.

Pedro Olaechea. Febrero 2023.