Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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El olvido de la guerra, de la violencia y del amor.

Por Carmen Torres Ripa.


Se olvida todo. Se olvida el amor, aunque se diga “para siempre”; el dolor también se olvida cuando nos hemos curado; la alegría temporal que, sin darnos cuenta, llega a la depresión. Nuestra cabeza está preparada para el olvido. Este olvido subjetivo, al ser individual, es temporal y carece de importancia. Lo trágico es que la sociedad, la gran sociedad, el universo entero, olvide. Su olvido nos mata.


Los gobiernos olvidan las guerras y las guerras vuelven a repetirse en estados que, temporalmente, habían conseguido la paz. La consecuencia es tan trágica que el mundo entero, cada país —pequeño o grande— ha vuelto a coger las armas. Si no existen guerras, hay que inventarlas, porque, tristemente, la guerra merece la pena. ¿Qué harían los que dirigen secretamente el mundo —no tan secretamente— sin vender armas y armamento a gran escala? Desaparecería la OTAN, una organización que exige a cada país participante un tanto por ciento de su presupuesto para armamento. La falta de memoria nos está llevando a un caos difícil de solucionar.


Estamos aprendiendo a borrar las estrellas del cielo y a sustituirlas por bombas. Bombas que estallan como estrellas: son fugaces, están muertas.
“Todo pasará”, pensamos, con buena voluntad. No pasa: vuelve. En la ambición de poder de los políticos actuales, hubo un tiempo —no siempre feliz— que dejó los campos de batalla, y los hombres de a pie, temerosos de volver al caos, pensaron que eran felices. Los gobernantes, quizás porque nunca han querido borrar los continuos desastres que traen las guerras, ven normal que los jóvenes, en sus mochilas, lleven granadas de mano en lugar de libros. Ellos no pueden olvidar, porque no saben que estarán muertos antes de que empiece el combate. No les ha dado tiempo.


Es divertido —por no llorar— ver vídeos de hace unos años, donde los políticos que afirmaban que era de noche se desgañitan por decir hoy —en la misma situación— que es de día. El vídeo es cruel: recuerda el pasado sin olvidar un gesto. Donald Trump es un ejemplo de los miles de cambios de opinión, sin que se le sonroje la cara —posiblemente porque la tiene siempre roja—.


Se nos olvida que hubo una guerra civil, que vivimos años de violencia. Por mucho que se instituya un día de la memoria, no sirve para nada. No se habla del terrorismo porque el tema es político. Estamos jugando al olvido: pasar página sin recordar, sin pasar por el corazón. Recordar es una palabra con etimología latina que quiere decir “volver a pasar por el corazón”, de recordis. Gabriel García Márquez decía que “no se muere quien se va, solo se muere quien se olvida”. Una preciosa cita que he vuelto a leer en un buen artículo —Desde el corazón— de Jabier Calle Muñoz.

He ojeado últimamente algún escrito de la filósofa belga y profesora de la Universidad de Lieja, Vinciane Despret. Dice que “si la historia comienza con la escritura, entonces todas las ciencias entran, junto con el mundo, en una historia nueva y sin olvido”.


¡Cuántas banalidades decimos sin pasar por el corazón! Creo que hemos perdido la sensibilidad del cuerpo y del alma. Tenemos que despertar el olvido. Hay que abrazar, querer, volver a abrazar a los hijos, a los amigos y a los que serán amigos después de su abrazo.