Por Jose Antonio Zorrilla, diplomático retirado y escritor
Recorte de las memorias de Indalecio Prieto.
El marqués de Villagodio, llevado por su afición, fundó en tierras de Salamanca una ganadería a base de sementales de la vacada del duque de Veragua. Entonces la cría de de toros de lidia no se tomaba por negocio sino como blasón, a veces muy costoso, de gente adinerada. Los toros del descendiente de Cristóbal Colón, solían ser de gran romana por lo que necesitaban duro castigo de los picadores y abundantes capotazos de los peones para que, quebrantados, llegaran con «poco gas» al tercio final. La cruza que hizo Villagodio dio mal resultado: sus toros heredaron la corpulencia de los de Veragua, mas perdieron en bravura. Naturalmente la aspiración suprema del a aspiración suprema del Marquesito fue que su divisa apareciera anualmente en la feria de su pueblo natal, pero la comisión de Vista Alegre, desentendiéndose de amistades, se negó a ello. El hierro de Villagodio no podía alternar dignamente con los de Murube, Miura, Parladé, Pablo Romero…El Marquesito, despechado, construyó por su cuenta otra plaza destinada a competir con la de Vista Alegre. La de Indauchu. El caso de ricachos que se hacían empresarios de zarzuela para tener como amantes a primeras tiples no ofrecía novedad. Mas el de un ganadero que levantaba una plaza para lidiar sus propias reses, era enteramente nuevo. El gesto de Villagodio fue muy mal visto en Bilbao, por enfrentarse a una empresa genuinamente benéfica y contribuyó a enajenarle simpatías que nunca proliferaron a su alrededor por reputársele muy avaro. La Plaza de Indauchu, ya demolida, constituyó otro fiasco del Marqués, que no llegó a cubrirla con montera de cristal, como había pensado, para poder celebrar festejos en dias lluviosos. BAUTIZO DE UN MANJAR. Serafín Menchaca declaró la guerra santa a Villagodio, negándole el saludo y hablando a toda hora pestes de sus toros. «Esos solo valen para el matadero», decía. Cierta noche que cenábamos el pintor Paco Iturrino, Serafín Menchaca y yo, tres hombres de buen diente, en el restaurante de Donato, no tan antiguo como el de Botín de Madrid pero también con una gran carga de años en una vieja casa de Barrencalle, Menchaca pidió que nos trajeran unos villagodios. No le entiendo, objetó la sirvienta. Pon a asar tres trozos de solomillo y tráelos a media sangre, porque de media sangre son los toros del Marquesito y así comeremos verdaderos villagodios. Asistí pues al desdeñoso bautizo del manjar, cuyo nombre, después de popularizarse en Bilbao, ha atravesado el Atlántico para surgir en las minutas de los principales restaurantes de México.