Por Nastia Vorovyeba.
Si el tiempo tuviera un rostro,
sería un hombre asustado,
huyendo desesperado,
perseguido, acorralado.
Lo busco, lo llamo,
lo atrapo en mis manos…
¡y se ha evaporado!
Me levanto,
no miro la aurora,
solo el reloj,
tic-tac… ahora.
El último segundo me empuja a la calle,
corriendo, corriendo…
sin nadie que me halle.
El metro, un enjambre,
mil ojos, mil sombras,
mil rostros iguales,
y yo, con la vista en la nada,
perdiendo segundos
en letras ahogadas.
Me siento a comer,
pero no sé qué mastico,
los cubiertos suenan,
la tele grita,
mi mente es un ruido
y mi plato, un enigma frío.
El infinito llama…
pero no tengo tiempo
para contestarle.
Los charcos me miran.
Me llaman.
Me extrañan.
Recuerdan a la niña
que en ellos bailaba.
Hoy paso de largo,
con prisa, con miedo,
con un corazón
tan seco, tan viejo.
Mil máquinas para ahorrar el tiempo,
pero yo…
¡siempre llego tarde, siempre me pierdo!
No tengo tiempo
para mirarme al espejo,
para tocarme la piel,
para quitarme la máscara
que el mundo me impone
al amanecer.
Quiero aprender a bailar,
a hablar mil idiomas,
a leer los libros
que compro y abandono.
Pero el tiempo,
el tiempo me esquiva,
corre, se esconde,
se ríe,
me olvida.
Y los que amo…
no los abrazo.
No los miro.
No les digo «te quiero».
Culpo al tiempo,
culpo al destino,
culpo a quien inventó
este reloj asesino.
Pero al final…
siempre me asalta la duda:
¿es el tiempo el culpable,
o mi vida es quien lo hurta?