Por José Ramón Berné.
Leo y oigo, con cierta frecuencia, que España es una de las democracias plenas del mundo, aunque bien es cierto que ocupa el puesto 21 dentro de los países con “democracia plena”, según la Economist Intelligence Unit y, ante esto, me pregunto: ¿De verdad España puede ser considerada como una Democracia Plena? ¿De verdad se han cortado todos los flecos que cuarenta años de dictadura dejaron en nuestra sociedad? Permítanme que lo dude.
Nuestro país se vio inmerso en una transición, menos perfecta de lo que se cree – a la vista está lo que acontece con la memoria histórica – tras la natural muerte del dictador. Franco murió en la cama entre el recogimiento generalizado de una sociedad que, hasta unos meses antes, todavía llenaba las plazas para recibir al dictador gritando enardecida aquello de ¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco! sin el menor de los sonrojos.
Dos años más tarde, muchos de aquellos que lloraron la muerte del dictador, se habían convertido en “demócratas de toda la vida”, aunque en su corazón y, peor aún, en su cabeza todavía justificaban el golpe de estado de 1936 y seguían pensando que en España se había fusilado poco, que todavía quedaban muchos rojos disfrazados de ciudadanos de bien.
Todos estos “demócratas de toda la vida”, entendieron que la Transición tenía como finalidad arrojar tierra sobre el pasado y sembrar de olvido el recuerdo a los muertos de los perdedores, mientras que el de los vencedores permanecería escrito en las paredes de cientos de iglesias, para mayor gloria de su gesta.
Más de cincuenta años después, me atrevo a afirmar que poco o nada ha cambiado, incluso diría que, probablemente, muchos de los que se han escondido detrás de la Constitución, aunque llamaron traidores al régimen a todos aquellos que la votaron – repasen las hemerotecas de los meses anteriores a la promulgación de la actual Constitución y se sorprenderán de lo que decían algunos que hoy se dan golpes de pecho para defenderla – siguen pensando que con Franco se estaba mucho mejor. Salvo que me equivoque, el PP quien ha gobernado en varias ocasiones en España, es uno de los partidos que más empeño pone en la defensa a ultranza de la Constitución y, jamás, ha condenado ni a Franco, ni al franquismo.
Más de cincuenta años después, en este país, mandos de las fuerzas armadas a través de las redes sociales alardeaban de querer enviar al paredón a 26 millones de españoles – hijos de puta decían – sin que los jueces, con su sesgada interpretación de la ley, ni tan siquiera dieran un respingo y la Fiscalía de Madrid archivara la investigación por considerar que no existía delito de odio. Son tan buenos los franquistas que no odian, ni tan siquiera a los que les gustaría fusilar.
Cincuenta años después, ha persistido en España una fundación que exalta los “valores” de uno de los más crueles dictadores que ha habido sobre la faz de la tierra. Franco manchó sus manos de sangre, después de terminar la guerra con más de cien mil asesinatos, más de veintitrés mil reconoce la propia Fundación Francisco Franco, aunque considera que esas muertes fueron necesarias, cosa que comparte un número bastante elevado de españoles que, tocados por una “gracia divina” se erigen en defensores de la patria; entendiendo por patria a la nación “Una, Grande y Libre” en un ejercicio de nacionalismo excluyente, no admitiendo ningún otro tipo de estado.
Lo cierto es que hoy las fuerzas democráticas españolas no han sido capaces de arrinconar unos sentimientos tan arraigados dentro de millones de españoles que lloraron cuando el dictador expiró, que todavía lo echan de menos y que han perdido la vergüenza de reconocerlo.
Afortunadamente, ni el “todopoderoso”, tal vez ofendido porque el dictador se pusiera a su altura cuando iba bajo palio, con el beneplácito de la jerarquía eclesial española, le permitió vivir eternamente, aunque sí le permitiera la multitud de desmanes con los que aterrorizó, durante décadas, a una parte del pueblo español, mientras que otra parte le aplaudía fervorosamente y, aunque hoy lo siguen haciendo, cada vez menos a escondidas, tenemos la fortuna de estar geográfica y políticamente situados dentro de la Unión Europea que ha servido de freno a esta grey de nostálgicos que, cuando se ven desplazados de las tramas del poder, invocando al patriotismo, no les importa recurrir a la denuncia del más ilusorio de los contubernios.
El problema es que en el mundo está arraigando, cada vez con más fuerza, un movimiento ideológico tan cercano al fascismo que resulta difícil poderlo diferenciar de él. Hasta hace tres o cuatro años en España estaba camuflado, fundamentalmente, dentro del Partido Popular, hoy se han quitado la ropa de camuflaje y a pecho descubierto y sin cremas protectoras se han vuelto a poner cara al sol, aunque protegidos por la sombrilla de una “justicia” que les evita quemaduras y una gran parte de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado que actúan como socorristas en el caso de que por un “corte de digestión” pudieran hundirse en las aguas del delito.
Creo que van a tener que pasar algunos años más y, sobre todo, los partidos de izquierda van a tener que hacer bastante más pedagogía en lo que a la historia se refiere, en lugar de perder lastimosamente el tiempo en “luchas fratricidas”, para que España sea, de verdad, una Democracia Plena, para que una gran parte de la clase trabajadora ponga por delante sus derechos ante los cantos de sirena de unos patriotas de pulsera que aman más a España que a los españoles. No hace mucho vi una viñeta que refleja muy bien cual es el caldo de cultivo del que se nutre este movimiento patriotero, la ignorancia; en la viñeta aparecen dos pobres campesinos y uno dice: “Pues le estaba diciendo a este que cuantos menos impuestos tenga que pagar el señorito, mejor nos irá a todos, que me lo ha dicho el señorito”