Por Toti Martinez de Lezea.
No hay acciones más perversas que la tortura física y psíquica de un ser humano y la violencia ejercida con fines sexuales. De ambos casos, tenemos innumerables ejemplos desde el comienzo de los tiempos.
En Génesis 16, Dios dice a Eva: “él te dominará”, refiriéndose al hombre. Durante mucho tiempo se mantuvo que la mujer no estaba hecha, como el hombre, a semejanza de Dios y que estaba maldita: “Pues como de las ropas nace la polilla, así de la mujer nace la malicia del hombre”, Eclesiastés 42,13 y, de muchos es conocida la disputa que enfrentó a los asistentes al concilio de Marcón, en el siglo VI, sobre si la mujer tenía alma o no. Personajes de reconocida influencia, como Santo Tomás de Aquino, afirmaron que “la mujer era un ser débil e inconstante, psíquicamente inferior, un hombre malogrado”. Con estos y otros muchos ejemplos, no es de extrañar que algunos creyeran que tenían todo el derecho del mundo para hacer lo que les viniera en gana con el cuerpo femenino.
Siguiendo las teorías de Aristóteles, la medicina medieval consideraba a las mujeres propensas a la incontinencia sexual a causa del ‘furor uterino’ que las consumía y hacía que desearan el coito desesperadamente. De ahí a asegurar que una mujer ultrajada lo había sido por su propia culpa, porque ella misma lo había provocado, no mediaba un palmo. Cuando una mujer se atrevía a presentar una denuncia por violación, se encontraba con que la acusada era ella, dándose por hecho que había consentido de buena gana o que había inducido al criminal a obrar de tal forma, opinión que incluso hoy en día se mantiene en muchos casos. Así de simple.
De todos modos, la legislación dejaba un resquicio a la supuesta víctima si esta había demostrado su dolor públicamente, proclamando en voz en grito el ultraje sufrido, escenificando su dolor por la pérdida de la castidad, tirándose de la toca y arrastrándose por el suelo… También tenía que demostrar que se había defendido y mostrar las ropas rasgadas y la marca de golpes y magulladuras en su cuerpo, y, en el caso de las vírgenes, sufrir el examen de las comadronas. Existía así mismo una prueba “infalible”: la ordalía de la candela. Víctima y agresor mantenían encendida una vela de igual tamaño. Al que primero se le consumiera la vela, perdía el juicio. En caso de un noble acusado de haber forzado a dama o villana, bastaba la palabra del caballero diciendo “que no la fodio”, ¡y todos tan tranquilos!
Los diferentes legisladores trataron, no obstante, de promulgar leyes en contra de la violación, castigando con la pena de muerte dicho acto siempre que se hubiera realizado sobre un mujer virgen o de probada honestidad. Sin embargo, la violación no estaba contemplada dentro del matrimonio pues la esposa debía en todo obedecer a su marido y plegarse a sus deseos. Tampoco existía en el caso de una sirvienta puesto que esta era una posesión más de su amo. Ni tampoco en el caso de las prostitutas, ya que se las suponía “carentes de honestidad” y no se podía reparar lo que no existía.
A lo largo de la Historia, la violación ha sido una práctica habitual de forma colectiva o individual en el caso de las guerras. Los vencedores se han sentido con derecho a violar a las mujeres de los pueblos vencidos como una parte más del botín; se ha hecho en todas las épocas, latitudes, países y culturas. En la nuestra, la occidental, fundamentada en la Biblia, se habla del gran rey David y de sus proezas, pero se omite o disimula la violación de Betsabé, a cuyo marido el rey mandó asesinar para tener el camino libre. Cierto que luego, solo luego, la hizo su esposa y engendró en ella a Salomón, el que, según la Biblia, tuvo setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas, no todas voluntarias supongo. Otro de sus hijos, Amnón violó a su hermana Tamar. Con semejantes antecedentes era lógico que todo hombre que se preciara de macho, viera natural utilizar la fuerza para conseguir sus propósitos.
Es significativo también que, según la tradición, la conquista de la Península se iniciase a raíz de la violación por parte del Rodrigo, último rey godo, de Florinda, apodada “La Cava”, hija del conde don Julián, gobernador de Ceuta. También se dice que el famoso don Pelayo no se lanzó a la reconquista movido por un sentimiento patriótico, sino porque el gobernador musulmán de Asturias, Munuza, ‘gozó’ de una hermana suya.
El estupro es otro tipo de violación que solía contar con la colaboración de la incauta que había creído que la promesa de matrimonio era real y no una burda patraña tramada por el violador para beneficiársela. También en este caso podía haber denuncia, pero solo si existían testigos de dicha promesa matrimonial, cosa que no solía ser el caso. Otro tipo de estupro era el ejercido a menudo en religiosas y parroquianas que creían a pies juntillas el argumento “teológico” que algunos frailes y curas exponían, muy útil cuando se trataba de pobres mujeres analfabetas, según el cual yacer con un hombre consagrado no era un pecado de lujuria a los ojos de Dios, pues era para aliviarlas de la rabia y sentimientos que tenían. La Inquisición juzgó varios de estos casos: un cura que había abusado de treinta y cuatro de sus parroquianas adujo que después del coito, las mujeres quedaban valentonas y fortificadas para el servicio de Dios. Un fraile fue juzgado y condenado a un año de destierro por haberse hecho pasar por el arcángel San Gabriel a fin de abusar repetidamente de una monja, y la lista no acaba ahí. Podría decirse que estas mujeres eran tontas de remate por creer en semejantes patrañas o que se habían ofrecido voluntariamente, pero esto no exime la responsabilidad de los que aprovechaban su posición para llevar a cabo sus fechorías.
Múltiples gobernantes, señores feudales, clérigos, soldados, facinerosos, bandoleros, piratas, hombres de negocios, burgueses y campesinos se han dedicado a lo largo de los siglos a ejercer la violencia sexual sobre las mujeres. A veces por venganza, otras como represalia, otras como botín y, en la mayoría de los casos, por el simple autoconcedido derecho al uso y abuso carnal. No debería, por tanto, extrañar que, en este siglo XXI, sigan saliendo a la luz casos escandalosos que parecen sacados de las catacumbas de la Historia.