Por Nek González e Iris Mikelez de Mendiluze.
15/01/2026
La Biblioteca de Bidebarrieta volvió a llenarse hasta la bandera este martes por la tarde. No era una presentación de novela ni un premio literario: era una conversación sobre el mundo, ese lugar cada vez menos reconocible que habitamos y que, por lo visto, nos inquieta lo suficiente como para ocupar todas las sillas disponibles a las siete en punto.
El acto, organizado por la Asociación y Colegio de Periodistas Vascos, arrancó con un discurso de apertura a cargo de su presidenta, Amaia Goikoetxea. Un inicio emotivo, de esos que buscan agarrarse a algo firme antes de sumergirse en terrenos pantanosos, cerrado con una frase que quedó flotando en la sala como un salvavidas: «Por difícil que esté la vida siempre hay algo que hacer». Y no era mal punto de partida.
Con Julio Flor al frente de la moderación —sobrio, preciso y con oficio—, la conversación fue avanzando por los derroteros esperables de la geopolítica contemporánea: un escenario global crispado, el protagonismo indiscutible de Estados Unidos y los últimos movimientos de su presidente, la sensación persistente de estar caminando hacia no se sabe muy bien dónde, pero cuesta abajo y sin frenos.
El miedo, como concepto y como herramienta, intentó acaparar el relato. Miedo a perder derechos, a la incertidumbre, a un futuro que no termina de definirse más allá de titulares alarmistas. En ese contexto, Adrián Zelaia, desde el análisis politológico, trató de poner algo de orden intelectual al caos, arrojando luz —aunque tenue— sobre un panorama que por momentos parecía más oscuro que Cuba en pleno apagón.
Juan José Álvarez, profesor de Derecho Internacional, aportó una nota de preocupación doméstica: sus alumnos saben poco de actualidad y, lo que es peor, parecen poco interesados en ella. Una afirmación que resonó incómoda en la sala, especialmente entre quienes aún creemos —o queremos creer— que no toda la juventud vive anestesiada frente a lo político.
Fue Edith Rodríguez Cachera quien rompió esa inercia pesimista. Frente al discurso del desaliento, defendió a una generación joven preparada, formada y con herramientas suficientes para afrontar lo que venga. Un alegato necesario, casi militante, que abrió una grieta de esperanza en un debate que amenazaba con encerrarse en su propia oscuridad.
La ronda de preguntas tardó en arrancar con verdadera sustancia. El micrófono pasó por manos ansiosas de opinar más que de preguntar, hasta que, no por casualidad, fueron estudiantes de periodismo quienes consiguieron ensanchar el debate y moverlo del lamento a la reflexión. Quizá ahí estaba la respuesta implícita a la preocupación del profesor.
No hubo tiempo —ni micrófono libre— para explicar que en periodismo también hay quien lucha contra esa etiqueta de indiferencia generacional. Pero quedó claro que el interés existe, que el pensamiento crítico sigue buscando espacios y que actos como este lo facilitan.
Más allá de diagnósticos inquietantes y certezas frágiles, la cita dejó algo claro: la Asociación de Periodistas Vascos mantiene intacto su poder de convocatoria y su compromiso con el crecimiento intelectual colectivo. Y en tiempos de miedo, no es poco.









































































