Por Amaya Villanueva Goicoechea.
Una anécdota en mi vida: la incipiente avaricia
No sé el por qué, posiblemente porque era una bonita artesanía, me vi dueña de una alcancía de barro en forma de cochinito, bastante grande de color crema y con dibujos de flores de distintos colores, muy típicas en México y que se vendían en los mercados de artesanía como el de San Juan. La alcancía tenía una ranura en su lomo y te invitaba, sin quererlo a que introdujeras monedas o billetes. La gracia consistía en que a medida que la ibas llenando podías levantarla y agitarla para oír el golpeteo de las monedas y billetes contra sus paredes. Este gesto empezó a despertar en mi ánimo una confiada alegría, a medida que la iba rellenando. Yo nunca había sido especialmente ahorradora de las pequeñas cantidades de dinero que nos daban a mí y a mis hermanas, amistades de mis padres y sobre todo el abuelo, pero desde la posesión de aquella alcancía comencé a meter todo lo que me llegaba. Incluso intenté meter el peso que mi padre nos daba a cada una de mis hermanas y a mí para comprarnos un cuento (tebeo) el que quisiéramos, en uno de los numerosos quioscos que encontrábamos a lo largo de nuestro trayecto hacia la Alameda los domingos. Era casi un rito comprar el cuento y leerlo durante las lánguidas tardes de domingo .Yo como era muy seria compraba los que se titulaban “Vidas Ejemplares“. A este intento de renuncia a leer en pos de la virtud del ahorro mi padre se opuso rotundamente: el peso era para comprar un cuento y nada más. Aún así el placer de meter dinero y agitar mi alcancía para escuchar sonar los centavos se iba acrecentando. Llegó un momento en que la alcancía estaba llena y ya despertaba las miradas ávidas de mis hermanas que me instaban a romperla, era la única manera de extraer el capital ahí apretujado. Me negué en redondo y como sospechaba que pudiera haber algún intento de ruptura no consentida, viajaba con mi alcancía bajo el brazo cuando me movía por la casa. Sucedió un día, que ahora ya no recuerdo como aciago, que en uno de mis viajes al salón deje la alcancía en la repisa de una ventana y me puse a escribir algo sobre ella, de forma que sin darme cuenta le di un golpe a la alcancía con el codo y cayó al suelo haciéndose pedazos. Creo que mi disgusto fue enorme. Mi madre acudió al oír el ruido y mis sonoros lamentos. Recogió la desolación de mi mirada y me dijo:“ hija ya te guardo yo el dinero”. La solución me pareció buena y deposité confiada mi fortuna en sus manos. Durante los días siguientes, bastantes en mi memoria, mi ama fue muy pródiga en la compra de dulces, helados y estuches de pintura de fantasía. No era lo habitual, así que mis hermanas y yo disfrutamos muchísimo. Yo ya no me acordaba de mi cochinito de barro ni del dinero, hasta una tarde, en que su imagen y sonido hicieron eclosión en mi memoria. Apresuradamente fui donde ama y le pregunté por mi dinero. Ella me respondió ¿ pero con qué crees que te he comprado a ti y tus hermanas todos los dulces y regalitos de estos últimos días?. En la mirada de mi madre no advertí titubeo alguno sino una firmeza que me dejo anonadada. No acerté a decir nada. Lo cierto es que no deseé más ni una alcancía de barro, ni su pernicioso sonido de avaricia. Creo que ambas lo pactamos así.