Por Ane Lazpiur, Graduada en Periodismo por la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertstitatea
*Este texto forma parte del Trabajo Fin de Grado que se defendió en la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación en junio de 2025
Cuando pensamos en la guerra, solemos centrar nuestra atención en quienes luchan en ella o sufren sus consecuencias directas: los soldados, los civiles, los desplazados. Pero rara vez se habla de los que la cuentan. Los corresponsales de guerra son esas figuras casi invisibles que nos permiten saber qué ocurre en lugares donde el acceso a la verdad es prácticamente imposible sin ellos. A través de sus reportajes, crónicas e imágenes, nos muestran el horror, las injusticias, las vidas rotas y las esperanzas que resisten entre los escombros. Pero, ¿quién habla del precio que ellos mismos pagan por realizar este trabajo? ¿Quién les escucha cuando regresan a casa con las manos llenas de historias, pero con la mente y el corazón llenos de heridas invisibles?
El trabajo de estos periodistas es vital. No solo informan, sino que también denuncian abusos, visibilizan desigualdades y sirven como puente entre quienes no tienen voz y una audiencia global. Gracias a ellos, la comunidad internacional puede reaccionar ante crisis humanitarias, presionar a gobiernos y conocer los rostros humanos detrás de los conflictos armados. Sin embargo, en un mundo que consume información de forma vertiginosa, muchas veces se olvida que detrás de cada noticia hay una persona que ha arriesgado su integridad para transmitirla. Y esa omisión tiene consecuencias. Porque informar desde una zona de guerra no es solo un desafío físico, es también un viaje emocional devastador del que no todos regresan igual.
Los corresponsales de guerra son testigos de situaciones extremas: bombardeos, masacres, torturas, desplazamientos forzados, muertes de inocentes… Están allí para documentar el sufrimiento, mantener la objetividad, buscar la verdad en medio del caos, entre otros. Pero la exposición continua a la violencia deja huella. Aunque puedan parecer imparciales frente a la cámara o en sus textos, la realidad es que cada historia escuchada, cada cuerpo visto, cada mirada de desesperación, se les queda grabada en la memoria. Y eso termina afectando su salud mental. No es extraño que, tiempo después, muchos de ellos experimenten trastornos emocionales profundos, como el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) o la depresión.
El TEPT es una condición psicológica compleja que puede desarrollarse después de vivir o presenciar eventos traumáticos. Aunque inicialmente fue identificado en soldados, hoy se sabe que puede afectar a cualquier persona, especialmente a quienes trabajan expuestos repetidamente al dolor ajeno. Los periodistas de guerra encajan en este perfil. Estudios recientes revelan que más de uno de cada cuatro corresponsales ha desarrollado síntomas relacionados con el TEPT. Algunos/as comienzan a tenerlos apenas regresan del conflicto; otros/as los padecen años después, cuando la mente deja de estar en modo “supervivencia” y empieza a procesar el trauma.
Los síntomas varían, pero suelen incluir pesadillas recurrentes, flashbacks, ansiedad crónica, insomnio, hipervigilancia, irritabilidad y una profunda desconexión emocional. Muchas veces, los periodistas evitan hablar del tema, se alejan de sus familias, se aíslan socialmente. Algunos recurren al alcohol o a otras sustancias para intentar adormecer el dolor. Otros emplean el humor negro como escudo. Pero el sufrimiento persiste. Lo peor es que, en muchas redacciones, el tema sigue siendo tabú. Hablar de salud mental se percibe como una señal de debilidad, y en un entorno donde se premia la resistencia y la dureza, nadie quiere parecer vulnerable.
Valientes, pero vulnerables
Esta cultura del “aguante” ha hecho que muchos periodistas oculten su malestar. Vuelven del frente y, sin tiempo para procesar lo vivido, son enviados a cubrir otros temas, como si nada hubiera pasado. No hay espacios de contención, ni protocolos de seguimiento, ni personal especializado que los acompañe. Mientras que otras profesiones que lidian con el trauma, como los médicos o los bomberos, suelen contar con sesiones de descompresión y apoyo psicológico, los corresponsales de guerra deben reinsertarse de inmediato a la rutina. Esta falta de cuidado institucional incrementa el riesgo de desarrollar trastornos mentales más graves.
El caso de Antonio Pampliega es un ejemplo claro de todo esto. Periodista español freelance, cubrió numerosos conflictos en países como Afganistán, Irak y Siria. En 2015, mientras trabajaba en Alepo junto a dos colegas, fue secuestrado por un grupo yihadista vinculado a Al Qaeda. Pasó casi diez meses en cautiverio, en condiciones extremas, sufriendo maltratos, aislamiento y amenazas de muerte. Al regresar a España, lejos de encontrar un entorno de apoyo, tuvo que lidiar con las secuelas por su cuenta. En su libro “En la oscuridad”, relata cómo sufre ataques epilépticos derivados del estrés, insomnio severo y un miedo constante que no desaparece. A pesar de haber vivido una experiencia límite, reconoce que el verdadero desafío comenzó al volver a casa.
Pampliega también denuncia la falta de respaldo por parte de los medios de comunicación. Asegura que solo tras su secuestro comenzaron a tomarlo en serio y a brindarle algo de seguridad. Esa indiferencia previa revela un problema estructural: muchos medios priorizan el contenido sobre las personas que lo producen. Prefieren historias impactantes, incluso morbosas, antes que velar por el bienestar de sus corresponsales. Esta lógica de mercado empuja a los periodistas a seguir arriesgando, sin red de protección, porque saben que si no lo hacen, otro ocupará su lugar.
La situación se agrava cuando se trata de periodistas freelance. Ellos/as no cuentan con contratos fijos, seguros médicos ni apoyo psicológico. Deben financiar sus viajes, su seguridad, su equipo y, en muchos casos, hasta su tratamiento. Si su trabajo no es publicado, no reciben pago. Y si regresan con secuelas, nadie se hace responsable. Es una precariedad brutal que transforma la pasión por informar en una trampa emocional. Pampliega afirma que ha invertido más dinero del que ha ganado cubriendo conflictos. Y lo más doloroso es que, muchas veces, el material por el cual arriesgaron su vida por conseguir algún reconocimiento, ni siquiera se publica.
Mónica Bernabé, por su parte, aporta una perspectiva femenina a esta problemática. Pasó casi una década en Afganistán, cubriendo la guerra para diversos medios. Fue la única periodista española que vivió de forma permanente en ese país durante tantos años. Su testimonio revela la soledad, la tensión constante y la necesidad de normalizar el miedo como forma de supervivencia. Al volver a España, fue diagnosticada con una depresión profunda. Estuvo en tratamiento durante cuatro años. Reconoce que, mientras estuvo allí, no se permitía sentir. Estaba en alerta constante. Solo al regresar, cuando su cuerpo se relajó, llegó el colapso emocional.
Para Bernabé, ser mujer supuso un doble desafío. No solo debía demostrar constantemente su valía profesional, sino que también enfrentó situaciones de riesgo adicionales, como la posibilidad de sufrir agresiones sexuales o la constante subestimación por parte de compañeros y autoridades locales. Aun así, destaca que su condición de mujer también le permitió acceder a espacios reservados exclusivamente a mujeres afganas, lo que enriqueció su cobertura. Pero no por ello su experiencia fue menos agotadora. Cambiar de ruta a diario, esconder dinero, usar burka para pasar desapercibida… Todo era parte de una rutina diseñada para sobrevivir, no para vivir.
Lo más llamativo del testimonio de Bernabé es su percepción del cambio que ha vivido. Confiesa que ha perdido parte de su idealismo inicial. Después de años viendo cómo el sufrimiento se repite, cómo las instituciones fallan, cómo las promesas no se cumplen, se ha vuelto más escéptica. Ha aprendido a no hacer juicios de valor, a no opinar sin conocer. Y esa es, quizás, una de las lecciones más valiosas del periodismo de guerra: entender que la realidad es más compleja de lo que parece desde la comodidad del sofá.
Pese a este panorama sombrío, hay señales de esperanza. Cada vez más periodistas están alzando la voz sobre su salud mental. Organizaciones internacionales han comenzado a ofrecer talleres, recursos y redes de apoyo. Algunas redacciones han implementado protocolos de acompañamiento psicológico y han incluido terapias como la EMDR, que ha demostrado ser eficaz en el tratamiento del trauma. Se empieza a hablar del tema en foros, congresos, entrevistas… La idea de que el corresponsal de guerra debe ser un héroe invulnerable se va desmoronando. En su lugar, surge la figura de un profesional comprometido, sí, pero también humano, con derecho a quebrarse, a sentir miedo y a pedir ayuda.
Heridas invisibles
La salud mental de los periodistas no es un tema menor. Tiene implicaciones éticas, sociales y profesionales. Ignorarla equivale a perpetuar un sistema que explota a quienes se arriesgan para mantenernos informados. Visibilizar el sufrimiento de los corresponsales no les quita mérito, al contrario: los humaniza, los dignifica y nos recuerda que detrás de cada noticia hay una persona con emociones, historia y límites. Es urgente que los medios, las instituciones y la sociedad en general asuman su responsabilidad en este aspecto.
Hay que replantear cómo se forman los periodistas. No basta con enseñarles a redactar, editar o tomar fotografías. Es fundamental que aprendan a gestionar el trauma, a reconocer los signos de alerta, a cuidarse emocionalmente. Que sepan que pedir ayuda no es fracasar, sino prevenir. Que entiendan que no están solos, que hay recursos, redes, profesionales dispuestos a apoyar. Solo así será posible construir un periodismo más ético, más humano y más sostenible.
También es necesario que las redacciones establezcan protocolos claros de actuación ante crisis emocionales. Que cuenten con psicólogos especializados en trauma, que ofrezcan sesiones de descompresión tras coberturas difíciles, que eliminen los estigmas asociados a la salud mental… Y que se valore no solo la valentía de ir a una zona de guerra, sino también la capacidad de cuidarse, de poner límites y de mantenerse íntegros.
Porque informar desde el conflicto no debería ser sinónimo de destruirse por dentro. El periodismo de guerra es esencial, pero no puede hacerse a costa de la salud de quienes lo ejercen. Los corresponsales merecen algo más que homenajes póstumos o aplausos vacíos. Merecen respaldo, empatía, reconocimiento y cuidado. Solo así podremos seguir contando la guerra sin dejar que también acabe con quienes la cuentan.