Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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La obscenidad del derroche

Por Cristina Maruri.

Un segmento de mi conciencia ha quedado removido tras la boda Bezos-Sánchez, y aunque han pasado algunos días, no puedo desechar de mi memoria, como si de un tisú se tratase, las imágenes vertidas en los medios referidas a la misma.

Cachondeo frívolo y de ficción, mañana, tarde y noche, “viralizado” y sobredimensionado. Postureo de botox y moda ultra cara, saludos de celuloide y sonrisas plastificadas. Toma, más bien violación, de una de las ciudades más bellas y exquisitas del mundo, a la par que frágiles.  En fin, que mediante estas letras solo quiero dar mi opinión y esta es de absoluta reprobación.

No sé si es la edad o la evolución que algunos experimentamos, u otros factores, pero lo cierto es que no encuentro ni un ápice de provecho y menos de ejemplaridad, en lo sucedido. No veo ídolos sino muñecotes. Supongo que, al servicio de una sociedad economicista, aletargada y trasnochada, porque sigue sin darse cuenta de que los héroes se encuentran en otros lugares y muestran otros perfiles. No tienen caretos de gominola híper estirados, y clonados por las manos de similares cirujanos, sino rostros totalmente individualizados y a menudos marcados por las arrugas del sufrimiento, esfuerzo; incluso el hambre. Profundas, como si se las hubiera tatuado la hoja afilada de una navaja. Tampoco sus dentaduras son alineadas, y blancas como el bicarbonato de sodio, sino que presentan negrura y oquedades. Y qué decir de los pies; mis heroínas los tienen callosos, torcidos, mostrando picaduras y sangre, en lugar de calzarse unos zancos, porque, aunque se perfuman con el aroma del nombre fashion de su hacedor y se recubren de piedras y billetes, no son más que zancos incómodos, insalubres y ridículos, ya que impiden el movimiento en libertad y en dignidad. Y como de muestra suele valer un botón, puede visionarse el embarque en los mega yates de las mega celebrities féminas, embuchadas en vestidos cual almohadas en su funda o chorizos en su correspondiente tripa, haciendo malabares desde las alturas, para evitar caerse al canal.

En fin, que, aunque respeto su opción, porque ante todo respeto la libertad de elección del individuo, no he visto el este reciente boato, nada que suene a música en vez de ruido, muy al contrario, me he encontrado con sucedáneos equivocados con olor a naftalina. Un revivir hortera de clichés, jurásicos o como poco medievales, que están a años luz del mundo desigualitario, injusto y todavía plagado de hambre, enfermedades y atrocidades, en el a duras penas, sobreviven más de las tres cuartas partes de los seres humanos del planeta.

Cuántos pozos de agua se podrían haber abierto en las tierras infértiles de África, o centros de salud para atender mil y una enfermedades, de millones de niños, mujeres y ancianos. Cuantísimo se podría haber hecho con la cantidad ingente de recursos empleados, efímeros, y volatilizados, como los fastos del enlace.

Si su opción hubiera sido diferente, el enlace perviviría, y continuaría siendo objeto de satisfacción, porque al igual que una buena semilla, con el tiempo daría buenos frutos, en un mundo tan ávido de ellos. No sucediendo así con tanto desperdicio tirado al cesto de la basura e imposible de reciclar.

Como he mencionado no busco culpabilidad, sino tal vez, un poco de responsabilidad, pero de hacerlo, no la hallo en su mayoría en los cónyuges, sino en el sistema; en su raíz. En la repetida e histórica equivocación de regalar pistolas a los niños en lugar de acuarelas o zapatillas de danza. En valorizar la riqueza sin profundizar de dónde viene y qué ha tenido que hacer quién para amasarla. En esa educación, carente de acertados valores, que nos vuelve bizcos al enseñarnos a no despegar nuestros ojos del ombligo. E insensibles, porque no hacemos sino aniquilar, cual “Atilas”, aquello u aquellos que nos encontramos a nuestro paso, con tal de lograr poder, fortuna y gloria.

Lástima de nuestra parcial ceguera, aquella que nos llena los bolsillos mientras “jibariza” nuestra alma. Lástima; porque poder, fortuna y gloria otorgan placer, mientras la bondad, corona con laureles y mayúsculas nuestra felicidad. Pero tal vez sea predicar en el desierto, porque el rumbo parece ya marcado a fuego, siempre hacia lo fugaz y superficial, hacia el envoltorio y no al contenido. Sospechando, que además de sistema e inercia histórica, la tendencia se sostiene por la empatía hacia el mínimo esfuerzo. Lo exige en mucha mayor proporción desgranar, analizar y plantearse, que ver correr instantáneamente las páginas gráficas de nuestra App de Tik Tok.

A buen seguro que es mucho más entretenido, pero tal vez estemos corriendo un riesgo cuya gravedad no calibramos: el de perder nuestro sentido crítico, y acabar engullendo cual reses, todo aquello que nos quieran, interesadamente, hacer tragar. Convirtiéndonos en elementos manipulados y manipulables, adormecidos con el opio de una atractiva e irreal pantalla, en la que se nos muestren los becerros de oro a perseguir, sin permitirnos tocar y rascar su superficie. Acción que por otro lado nos demostraría, que de ninguna manera son de noble metal, sino de burda imitación; de cartón barato pintorreado.