Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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Las últimas histéricas

POR ZORIAN CHACÓN O’FARRILL VÍA TODAS

Si una niña de 13 años llega a una sala de emergencias de Puerto Rico por dolores menstruales – todavía hoy –  corre el riesgo de que le digan que es normal, le receten algo para el dolor y la envíen a casa. Entre muchas mentiras, está la que asegura que el dolor es una parte intrínseca de haber nacido con útero y ovarios. Que pareciera que están condenadas a sufrir por el simple hecho de haber nacido con la capacidad de gestar, parir y menstruar.

El borrón histórico que han sufrido las mujeres se refleja también en la falta de estudios y el entendimiento sobre sus cuerpos. Tradicionalmente, la medicina ha mirado el cuerpo de las personas con útero como una variante del cuerpo masculino, y, por ende, ha fallado en contestar preguntas específicas y ha patologizado otras tantas cuestiones relacionadas a las experiencias hormonales específicas de los cuerpos menstruantes. Empezando por homogeneizarlas. 

Las primeras histéricas tenían útero ¡Sorpresa!

Hace siglos, casi cualquier enfermedad que no podía ser explicada bajo la lógica de la época era catalogada como “histeria” si quien la sufría era una mujer. Platón decía que la misteriosa enfermedad se debía a un desplazamiento de la matriz. De ahí, que se le denominara histeria, que significa “útero” en griego. 

Las primeras histéricas tuvieron síntomas variados que iban desde los dolores de cabeza, dolores musculares, confusión, convulsiones, retención de líquidos y ansiedad. Increíblemente, aquello trascendió a los griegos y, durante siglos, tuvo diferentes tratamientos muy cuestionables. En occidente, se diagnosticó hasta mediados del siglo pasado cuando la Asociación Americana de Psiquiatría la retiró de su manual de patologías. El diagnóstico de histeria forma parte de lo que las profesionales reconocen hoy como el sesgo de género en la salud. 

Cuando pienso en las primeras histéricas, pienso en el 33% de las boricuas que tienen algún padecimiento de la tiroides, una glándula pequeña ubicada en la parte frontal del cuello que puede ser capaz de alejarte tanto de ti misma que más que algo insignificante pareciera un órgano vital. Pienso también en la falta de información estadística para ubicar condiciones como el Síndrome de Ovario Poliquístico (SOP) y la prevalencia de endometriosis en nuestra población. 

Idhaliz Flores, investigadora en Puerto Rico, estima que el 7.5 % de la población puertorriqueña de mujeres sufre endometriosis. Estos datos siguen la tendencia mundial que ubica la prevalencia en un 10 % en la población general de personas con útero. Nada más que 190 millones de personas. La endometriosis, contrario a lo que se había creído, no es solo una condición ginecológica, sino una condición sistémica que puede llegar a afectar a otros órganos del cuerpo. Flores reconoce que la falta de presupuesto para conducir estudios sobre esta condición en la isla es una constante. 

Cuando pienso en las primeras histéricas pienso en las condiciones relacionadas al sistema inmunitario como la fibromialgia, el lupus y la esclerosis múltiple. Todas estas condiciones guardan una relación, y es que un número abismal de personas que la sufren son personas con útero. 

Casi el 90% de las pacientes con autoinmunidad en el mundo son personas con útero y ovarios. ¿Por qué? ¿Cuál es la relación? ¿Y por qué sabemos tan poco o nada sobre las condiciones autoinmunes? 

La falta de datos en materia de salud le quita a muchas personas la posibilidad de vivir en paz en sus propios cuerpos, de disfrutar de claridad mental, de salud hormonal y de una vida sin dolor. El número limitado de estudios orientados a entender las causas de estas enfermedades frustran la posibilidad de un futuro donde todas las personas gocen de equidad.

Son diagnosticadas más tarde

De media, una mujer con diabetes tipo 1 – condición autoinmune – es diagnosticada hasta cuatro años más tarde que un hombre. Si llega a ser diagnosticada, una mujer con endometriosis tiene que esperar una media de ocho años en Puerto Rico. 

A partir de ahí, se encontrará con una carrera de obstáculos hacia un tratamiento efectivo que no solo trate los síntomas inmediatos, sino que trate la enfermedad. Si a esto le sumamos la precariedad de un sistema de salud que no es público, la vulnerabilidad adicional de las personas que viven bajo el índice de pobreza en una colonia, y la invisibilización de las personas trans y de las personas no binarias, nadie debería cuestionar que el acceso a los sistemas de salud y al tratamiento de las condiciones crónicas deberían ser un reclamo de los feminismos. 

España se convirtió hace tan solo un mes, en febrero, en el primer país de Europa en aprobar la licencia médica por reglas dolorosas. Solo cuatro países en el mundo cuentan con algo parecido. En Latinoamérica, México evalúa seguirle los pasos. Ante lo mucho que queda por avanzar, consuela que Puerto Rico se lo esté planteando. 

Los adelantos en materia de derechos humanos siempre son polémicos, y tanto en España, como en México, y Puerto Rico, se debate la posibilidad de que esta medida resulte en una mayor discriminación de las personas menstruantes. Para solventarlo de entrada, el gobierno español se encargará de pagar desde el día uno dichas licencias. El estado se encargará de garantizar la igualdad de trato de las trabajadoras y trabajadores que necesiten de una licencia médica por dolores menstruales. 

Con suerte, las últimas histéricas boricuas del siglo XXI serán testigos del reconocimiento de ese derecho, y de paso, del aumento en estudios dirigidos a estudiar la relación entre la salud hormonal y la aparición de ciertas enfermedades, con mucha suerte.