Por Andrés Krakenberger.
Hay una escena de The Wall, la película de Alan Parker con música de Pink Floyd, que resulta cada vez menos metafórica.
El protagonista se convierte en una especie de patético führer imaginario. Una multitud vestida de negro marcha acompasada, mientras enormes martillos avanzan, al mismo ritmo, en un dibujo animado realista y aterrador.
Masas, uniformidad, obediencia y eliminación de quien es diferente. Representa algo más elemental: la fascinación por el poder sin límites. Y quizá ahí esté uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.
“No es solamente la ultraderecha. Es el autoritarismo.”
Las elecciones de Sajonia-Anhalt han vuelto a poner la cuestión sobre la mesa. AfD ha obtenido el 43,8 % de los votos y 39 de los 83 escaños del Parlamento regional, quedándose a solo tres de la mayoría absoluta. El BSW, la formación de Sahra Wagenknecht procedente de una escisión de Die Linke, las izquierdas, también ha entrado en el Parlamento y puede resultar decisivo.
AfD y BSW están lejos de ser lo mismo, pero coinciden en su posición crítica con la inmigración y en el rechazo al apoyo alemán a Ucrania.
Antes de las elecciones, el BSW ya había rechazado el cordón sanitario frente a AfD y planteado mayorías con participación de esta formación. Tras los comicios, sigue sin cerrar la puerta a facilitar su acceso al poder.
¿Qué ocurre cuando fuerzas ideológicamente enfrentadas descubren que comparten ciertas ideas y cierta relación con el poder? Pues que acaso importe menos la etiqueta que cada partido se adjudica que lo que está dispuesto a hacer con el poder cuando lo obtiene.
Tampoco existe una única «ultraderecha europea. AfD no es exactamente el Rassemblement National de Marine Le Pen. Ambos movimientos compartieron grupo en el Parlamento Europeo y acabaron rompiendo. Las declaraciones de Maximilian Krah sobre las SS y las polémicas sobre la llamada «remigración» estuvieron entre los motivos.
La paradoja es interesante: la ultraderecha puede enfrentarse consigo misma, pero luego sí que saben pasar esas diferencias a segundo plano ante determinados intereses. La izquierda de la izquierda prefiere debatir sobre lo que han hecho los romanos por nosotros.
Pensemos en Alice Weidel, copresidenta de AfD. Es lesbiana y vive con Sarah Bossard, nacida en Sri Lanka. Y dirige un partido en cuyo seno existen posiciones contrarias a determinados derechos de las parejas homosexuales y a la inmigración.
La cuestión es más profunda: alguien puede disfrutar de una libertad que no está dispuesto a reconocer como principio universal.
Pero lo dicho, ante determinados intereses, esto pasa a segundo plano.
Pero la libertad no es sólo que me permitan vivir como quiero.
Consiste en aceptar que el otro pueda vivir de una manera que yo no elegiría. Esa es precisamente la prueba que el autoritarismo no supera.
Hay otra cuestión reveladora: la simpatía que Vladímir Putin despierta en la ultraderecha europea y, al mismo tiempo, en sectores de la izquierda que se autoproclaman como radicales. Putin no es ciertamente un dirigente de izquierdas: su régimen es nacionalista, conservador y autoritario.
Pero puede convertirse -y de hecho se ha convertido- en referente para extremos ideológicos contrapuestos. Y es que, cuando la política se reduce a “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, las etiquetas importan menos.
Para la ultraderecha, Putin representa el Estado fuerte y el nacionalismo; para aquellos sectores de la izquierda radical, al adversario de Estados Unidos, la OTAN y el orden occidental. Personas que casi nada tienen en común pueden terminar admirando al mismo dirigente.
La admiración por el autoritarismo puede llegar a ser transversal.
El autoritario de derechas dice: “Necesitamos orden”. El de izquierdas puede decir: “Necesitamos poder para transformar la sociedad”. Ambos acaban, de hecho, aceptando la misma conclusión: primero el poder; después ya hablaremos.
Por eso vuelvo a The Wall. Los martillos marchan perfectamente sincronizados. Todos iguales, sin rostro ni voluntad individual.
El demócrata dice: “No estoy de acuerdo contigo”. El autoritario prefiere: “No tienes derecho a estar contra nosotros”. El demócrata acepta al adversario y que mañana puede perder. El autoritario lo convierte en enemigo y considera la derrota una anomalía que debe corregirse.
El autoritarismo rara vez dice “quiero quitarte la libertad”. Prefiere explicar que tú no mereces esa libertad porque eres peligroso, inmoral o enemigo del Bien.
Cuando la discrepancia deja de ser legítima y el adversario se convierte en alguien a quien hay que silenciar -o directamente derrocar, si gobierna- hemos empezado a recorrer el camino hacia el autoritarismo.
¿Cómo se combate? No sustituyendo un autoritarismo por otro. No llamando fascista a todo el que discrepa. No convirtiendo la democracia en una trinchera donde solo puedan hablar quienes piensan como nosotros.
Tolerar no significa aprobar. Una democracia no exige renunciar a combatir las ideas que consideramos equivocadas; exige combatirlas con argumentos, votos e instituciones, no mediante la intimidación, la censura o la violencia.
Aquí aparece la paradoja de la tolerancia. Una sociedad tolerante no puede permitir que quienes quieren destruir la tolerancia utilicen las libertades democráticas para acabar con ellas. Pero tampoco puede ser intolerante con cualquiera que defienda ideas equivocadas, desagradables o incluso ofensivas.
La frontera está en la violencia, la apología de la misma, la intimidación y el propósito de privar a los demás de sus derechos y libertades.
La paradoja se utiliza demasiadas veces al revés: se invoca la tolerancia para justificar la intolerancia hacia quien simplemente discrepa. La discrepancia no implica intolerancia.
Hay que combatir el racismo, la xenofobia, el antisemitismo, la homofobia, el supremacismo y la violencia política, y defender la democracia frente a quienes pretendan destruirla desde dentro. Pero con más democracia, no con menos.
La democracia tiene derecho a defenderse, pero no puede hacerlo convirtiéndose en aquello contra lo que se defiende.
El disenso no es una enfermedad de la democracia: es uno de sus más potentes mecanismos de defensa.
Una sociedad en la que nadie contradice al poder puede parecer ordenada, pero probablemente solo está obedeciendo. La democracia es ruidosa y lenta porque está hecha de individuos que no tienen obligación de marchar al mismo paso.
Necesitamos prensa libre, instituciones independientes, una justicia capaz de investigar al poderoso, del color que sea, esté gobernando o en la oposición, y educación para pensar, no solamente para obedecer.
Es fácil defender la libertad de quien piensa como nosotros. Lo difícil es defender la de quien nos irrita.
Por eso no basta con levantar un cordón sanitario en los parlamentos. Una democracia no puede limitarse a impedir que determinadas fuerzas filoautoritarias gobiernen; tiene que preguntarse por qué se llevan tantos votos.
Si el único argumento es que «ellos son peores que nosotros», como mucho se ganará alguna votación, mientras va perdiendo la batalla por convencer.
Los martillos de The Wall avanzan porque todos golpean al mismo tiempo. La democracia funciona al revés: necesita que alguien levante la mano y diga «no estoy de acuerdo».
Y que sea capaz de argumentar, no solo repetir eslóganes mecánicamente, cual autómatas.
No debemos temer la contradicción. Debemos temer el día en que dejemos de tolerarla.