Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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Química

Por Mikel Pulgarín, Periodista y Consultor de Comunicación

Química. Pura y simple química. He ahí el secreto. La placidez y el sufrimiento, la cordura y la locura, la mansedumbre y la irascibilidad, el valor y la cobardía dependen de la química, de la pura y simple química. Un aminoácido que se altera por aquí, y nuestro pequeño mundo parece venirse abajo. Una prostaglandina despistada por allá, y somos capaces de comernos el globo terráqueo. Un ligero rebose de adrenalina, y soñamos con alcanzar las estrellas. Un exceso de glucosa, y nos creemos los dueños del Planeta, con derecho a bombardear a quien nos venga en gana. ¡Ay, que voluble es la condición humana!

Triste destino el del ser humano, dueño de la física y esclavo de la química. Hemos desafiado las leyes de la gravedad, conservado un difícil equilibrio sobre dos pies de barro y aprehendido con minuciosidad objetos minúsculos. Logramos el desarrollo de la musculatura hasta límites insospechados, el crecimiento óseo hasta niveles nunca imaginados y el cuidado de las vísceras hasta el umbral del mimo. Incluso aprendimos a olvidar las pesadillas, a no ver los horrores y a contemplar con indiferencia la belleza. Hemos sido capaces de tantas cosas y, sin embargo, la química, la pura y simple química, nos tiene en su poder.

Casi tres siglos de ilustración, y otros tantos de racionalismo, para que una digestión pesada, acompañada de la correspondiente hipercloración, de al traste con los más elaborados planteamientos y razonamientos que la mente humana es capaz de tejer; y es que ante un episodio de acidez gástrica no hay discernimiento filosófico que valga. Décadas de aprendizaje de buenos modales, de insistencia en las bondades de las maneras civilizadas, de campaña en pro de eso que llamamos educación, se pierden en apenas unos segundos, cuando un nimio ataque de migraña convierte en el más feroz de los lobos al hasta hace un momento inocente y modoso cordero. Toda una carrera forjada en el proceloso mundo de la política o de los negocios, el ascenso más fulgurante hasta el sillón del poder, son precipitados al vacío por un instante que algunos consideran de debilidad, pero al que realmente habría que referirse como de desajuste hormonal.

No es de extrañar, por lo tanto, que el moderno conocimiento humano haya dejado a un lado la búsqueda de las verdades más etéreas, haya abandonado las clásicas cuestiones del ¿Por qué? ¿Para qué?, y se haya centrado en la obtención de remedios para los dolores de cabeza, la acidez gástrica, la impotencia sexual y cualquier otro desequilibrio de la materia que amenace la eterna e inútil búsqueda de ese El Dorado del placer que el ser humano suele confundir con la felicidad. Y es que todo es química; cuestión de pura y simple química.