Por Ángel L. Fernández.
Estimado Pedro Jota, lo que has descrito en tu carta dramática sobre los ataques sufridos por El Español no es una anomalía única ni una persecución personalizada que solo afecte a tu periódico. Es, en realidad, la condición estructural de todo el ecosistema mediático contemporáneo. Lo que para ti ha sido un terremoto repentino, para muchos otros medios —grandes, medianos, independientes o alternativos— constituye un seísmo permanente. Y conviene recordarlo, porque la autocomplacencia de quien presume de liderazgo digital puede hacer olvidar que la fragilidad es consustancial al negocio de la información en la era de las plataformas.
Las oscilaciones brutales de tráfico que relatas, las suplantaciones, los bloqueos arbitrarios, los falsos positivos en redes sociales, las discriminaciones en el reparto de publicidad institucional… Todo eso es tan común que lo extraño es pensar que solo le ocurre a El Español. El problema, como veremos, no es personal, sino sistémico. Y quienes llevamos tiempo denunciándolo —desde Jot Down, desde Menéame o desde proyectos mucho más modestos— sabemos que no basta con indignarse: hay que entender las reglas de este nuevo juego, señalar a quienes lo dominan y buscar salidas realistas que no pasen por convertir cada episodio en un caso particular de martirio heroico.
El espejismo de la estabilidad algorítmica
Uno de los ejes de tu relato es la caída abrupta del tráfico procedente de Google. De repente, cuentas, como si se tratara de un hachazo, vuestro periódico perdió un 80% de las visitas que vienen de Google en apenas 24 horas. Lo presentas como una experiencia inédita, como una pesadilla inesperada tras una década de continuidad. Pero eso mismo ha sucedido —y sigue sucediendo— a infinidad de proyectos digitales. Los algoritmos de Google son volátiles, caprichosos y en muchos casos arbitrarios. Hoy te premian, mañana te castigan, pasado te devuelven a la normalidad, sin que nadie pueda dar una explicación clara ni transparente de las razones. Los responsables técnicos de cualquier medio podrían contar historias semejantes: subidas repentinas en Discover, desapariciones súbitas en las SERPs, penalizaciones fantasma por enlaces sospechosos o por duplicación de contenidos.
Mencionas que la anomalía era solo vuestra, que a los competidores no les afectó. Precisamente ahí está la trampa: Google no actúa de forma simétrica ni generalizada, sino quirúrgica y parcial. Y lo peor: no existe un mecanismo de apelación claro. Si mañana alguien en Mountain View decide que tus contenidos deben ser degradados, lo serán. Y si a la semana siguiente un ingeniero de otro equipo lanza una actualización que los favorece, volverás a crecer.
El caso de Menéame es paradigmático. Durante años fue el gran agregador de noticias en España. En sus mejores tiempos llegó a generar un tráfico inmenso para medios grandes y pequeños. Pero bastó que a Google dejara de interesarle el formato agregador para que su peso se desplomara en los resultados de búsqueda. En cuestión 24 horas, el tráfico de Menéame cayó en torno a un 50%. No hubo sabotaje, no hubo manos negras: simplemente el algoritmo decidió que ya no convenía dar visibilidad a esa clase de páginas. ¿Resultado? Miles de medios que dependían de esas derivaciones perdieron lectores, y Menéame quedó reducido a una fracción de lo que era.
Mientras tanto, Google decidió apostar por otros actores. Hoy, por ejemplo, ayuda descaradamente a Reddit. Tras un acuerdo económico, sus foros aparecen sistemáticamente destacados en las búsquedas. Los usuarios de cualquier país lo ven a diario: consultas triviales o complejas llevan a un hilo de Reddit aunque su contenido sea pobre o redundante. La arbitrariedad es evidente: lo que para Menéame fue un castigo, para Reddit es un privilegio.
Lo que le pasó a El Español la semana pasada no fue un rayo en cielo sereno. Fue, sencillamente, otro capítulo de la misma historia que arrastramos todos: la dependencia tóxica de Google.
Correos electrónicos: la condena del spam por no estar en la “liga mayor”
Otro de los elementos de tu relato es la suplantación de identidad a través del correo electrónico. Narras cómo alguien se hizo con credenciales para enviar phishing en vuestro nombre y cómo eso os puso en riesgo en Francia y en México. Lo presentas como una agresión extraordinaria, pero lo cierto es que la magnitud del problema es mucho mayor de lo que cuentas.
Basta con mirar a IONOS, una de las principales compañías de hosting en Europa. Cada día, literalmente millones de correos fraudulentos son enviados en su nombre, suplantando sus dominios, intentando robar credenciales o plantar malware. La empresa lucha como puede contra esa marea, pero la batalla está perdida de antemano: cualquiera puede falsificar una dirección de correo si el receptor no aplica filtros estrictos de autenticación.
La realidad es que, salvo que uses los servidores de Google o Microsoft, estás condenado a ser sospechoso. Los correos enviados desde dominios independientes —aunque estén correctamente configurados con SPF, DKIM y DMARC— son con frecuencia clasificados como spam por defecto. Es la hegemonía del duopolio: solo si aceptas pasar por sus infraestructuras consigues una tasa de entrega razonable. El resto quedamos relegados a la bandeja de correo basura.
Así que cuando hablas de que os robaron credenciales de AWS y las usaron para phishing, conviene contextualizar: no es un ataque dirigido solo a El Español, sino la rutina diaria de todo el ecosistema digital. ¿Quieres saber qué se siente al ver tu dominio reducido a spam? Pregunta a cualquier pequeña empresa, a cualquier ONG, a cualquier medio local que no pueda costear Google Workspace o Microsoft 365. Eso sí que es estar condenado: no porque te odien, sino porque el sistema entero está diseñado para favorecer a los grandes.
Publicidad institucional: la misma discriminación de siempre
También mencionas la discriminación en el reparto de publicidad institucional. Lo planteas como si El Español fuera una víctima singular de la arbitrariedad del Gobierno. Pero aquí, de nuevo, conviene ser honestos: la gran mayoría de medios independientes jamás recibe un solo euro de esas campañas.
En Jot Down lo sabemos de sobra. Hemos denunciado una y otra vez que, pese a nuestra presencia consolidada, pese a los lectores fieles, pese a la relevancia cultural de nuestra propuesta, la publicidad institucional nunca llega. Y no somos los únicos; de los medios asociados a CLABE —entre los que nos encontramos—, con un total de 190 grupos y más de 1900 cabeceras, la gran mayoría no recibimos ninguna publicidad institucional.
No es un castigo a El Español: es la norma del sistema. El reparto está pensado para sostener estructuras gigantes, no para apoyar la diversidad mediática. Lo que para ti es una anomalía, para el resto es simplemente la rutina de cada año.
Sabotajes, suplantaciones y falsas denuncias: la jungla cotidiana
Hablas de proxies maliciosos que clonaron vuestra web, de denuncias falsas en Instagram que os costaron un 70% de interacciones, de suplantaciones para enviar correos fraudulentos. Lo describes como si fuera una conspiración meticulosa contra ti. Pero quienes llevamos tiempo en este terreno sabemos que esas prácticas son el pan de cada día. Nosotros en Menéame hemos decidido bloquear las RRSS.
Cualquier medio con cierta visibilidad ha sufrido robos de contenido, duplicaciones en webs fantasma, denuncias falsas en redes sociales, ataques de denegación de servicio. Lo único que varía es la escala y la capacidad de respuesta. Los grandes pueden acudir a la Guardia Civil o a Meta para escalar el problema. Los pequeños, en cambio, simplemente desaparecen: nadie les escucha, nadie investiga, nadie repara el daño.
Lo que a ti te ha temblado esta semana, a muchos les tiembla cada día. Y esa asimetría es la que deberíamos denunciar juntos: que el ecosistema mediático es frágil hasta el extremo, que las plataformas actúan como jueces y parte, y que las instituciones miran para otro lado salvo cuando afecta a nombres reconocibles.
El vértigo de la dependencia
Tu carta transmite un sentimiento de vértigo: la posibilidad de que todo se desmorone de un día para otro, de que 300 familias se queden sin ingresos, de que un medio líder desaparezca porque Google o un atacante malicioso lo deciden. Ese vértigo es real. Pero no es exclusivo. Es, de hecho, la condición general del periodismo actual.
Todos vivimos pendientes de las gráficas de audiencia, de los caprichos de los algoritmos, de la arbitrariedad de las plataformas. Hoy Discover te bendice, mañana te sepulta. Hoy Instagram te da alcance, mañana te sanciona. Hoy tu correo llega a la bandeja de entrada, mañana se queda en spam.
El problema no es que el Gobierno te persiga, ni que un hacker concreto te odie, ni que un competidor esté conspirando. El problema es que el sistema entero está diseñado para que dependas de intermediarios sin rostro, sin transparencia y sin responsabilidad y que los que se aprovechan de vuestro trabajo (y del de todos los medios de comunicación) son las grandes multinacionales tecnológicas, la mayoría norteamericanas.
Lo que nos une a todos
Por eso, Pedro Jota, conviene relativizar el dramatismo. Lo que cuentas es grave, pero no es único. No es un caso aislado, ni un ataque personal. Es el mismo escenario que vivimos todos, desde los gigantes de papel reconvertidos al digital hasta los medios de nicho que sobreviven con suscriptores. Menéame, IONOS, Jot Down, miles de revistas, decenas de digitales independientes… todos hemos experimentado versiones de lo que narras. La diferencia es que no todos tenemos los recursos para hacerlo público con tanta repercusión.
El problema es sistémico: un ecosistema mediático que depende de algoritmos arbitrarios, de plataformas hegemónicas, de infraestructuras controladas por oligopolios tecnológicos, y de un reparto institucional que margina a quienes no forman parte del club de los grandes. Por eso, más que convertir la historia en un episodio heroico de resistencia personal, quizá deberíamos abrir un debate colectivo: ¿cómo garantizamos la diversidad mediática en un entorno donde Google, Meta, Microsoft y el los diferentes gobiernos —nacionales, regionales y locales— tienen la sartén por el mango? ¿Cómo defendemos no solo a El Español, sino también a Jot Down, a Menéame, y en general a los digitales que defendemos el pluralismo y no dependemos de un político de turno?
La respuesta no está en denunciar cada caso como si fuera un Watergate particular, sino en reconocer que el sistema en su conjunto está roto. Y que solo si nos reconocemos en la fragilidad compartida podremos aspirar a cambiar algo.