Por Julio Flor / Josemi Rodriguez / Rioja Alavesa.
SEÑAS DE IDENTIDAD

NADIE imponga el silencio donde el sarmiento se eleva a los cielos,
que no se muerda la lengua quien deba nombrar la Comarca,
pues negar la identidad es olvidar la raíz que nos habita,
el pulso de una tierra que solo sabe entregarse y dar vida.

Aquí la madurez es, más que tiempo, una bendición
donde la uva guarda el secreto de los siglos en su piel.
La luz del amanecer es la esperanza de vitivinicultores,
el Sol, orfebre de suspiros, labra la miel del mañana,

Es más que un paisaje, es la madre de un crisol de pueblos,
la epidermis terrenal donde el vino encontró su hogar,

la patria ancha de la alegría sin muros,
el horizonte abierto que el Ebro se empeña en besar.

Llamadla por su nombre, con voz firme y clara,
Rioja Alavesa, razón táctil, latido de arcilla y fe.
Declaración de identidad al amparo de la madre Sierra.
Donde el vino es la bandera de una victoria colectiva.

Mientras queden vides, al abrigo de la pasión,
esta tierra se mantendrá en pie
reivindicando un precio justo
defendiendo sus viñedos pueblo a pueblo,
con la fuerza de un latido mineral.

Con la certeza de quienes conocen el sueño de las viñas
fuerza antigua que busca, en el manto de las noches,
la hondura de una raíz que sabe bailar y no rendirse.

Beber la paciente savia de las bodegas es acto de amor.
Al hacerlo, el consumidor vasco no sólo disfruta el vino…
mantiene el legado, construye país con sus brindis
a la vez que custodia un paisaje de cepas milenarias
en las que habita el ciclo de la vida y el alma de nuestro pueblo.