Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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Sthendal

Por Karmele Uriarte.

Habíamos pasado unas curvas de la carretera y se podía ya divisar el pueblo, un maravilloso conjunto de casitas blancas.

“Pero qué preciosidad, si parece un belén navideño” – les comenté a mis amigos en el coche. 

Paramos en un bar que era un antiguo molino desde donde se divisaba un paisaje  espectacular.

Pronto llegamos al centro del pueblo, a una plaza que me pareció de una belleza tan especial que  sentí que algo dentro de mí daba un vuelco mientras la contemplaba

Las palmeras, la luz de la tarde, la gente y una colorida fuente de mosaico, bonita como no había visto otra,  me dejaron boquiabierta, muda, emocionada ante el espectáculo que contemplaban mis ojos.

Me vino a la mente esa sensación que dicen que producen algunos sitios bellos en el ánimo, un síndrome con nombre de escritor francés. Ninguno de los lugares que había visitado yo hasta entonces me había dejado tan impresionada como este de Vejer y su fantástica plaza que parecía salida de algún cuento de las mil y una noches.

             ……………

Aquella mañana la marea en la playa de Zahara de los Atunes  había formado un desnivel en la orilla que hacía que las olas rompieran con brusquedad, dificultando la entrada de los bañistas a los que hacía perder el equilibrio revolcándolos  en la arena caprichosamente.

-¿ Vienes a bañarte?- escuché que me decía alguien del grupo que tomábamos el sol en la arena

– No sé..es que el agua está un poco brava..

– No pasa nada, te bañas conmigo.¡Vamos!

No me pude negar. Me animé a correr el riesgo. Tenía que intentarlo y demostrar que  yo no era ninguna miedica. Una vez pasada la orilla el agua estaba buenísima, con olas bastante grandes que dentro apenas rompían y cuando  lo hacían caían  suavemente. Con la misma  suavidad  con la que mi recién conocido amigo me cogió de la mano cuando salimos  del agua  para evitar que alguna ola traidora cerca de la orilla  me diera un revolcón.