Por Isidro Elezgarai.
«Quod natura non dat, Salmantica non præstat»
En un mundo liderado por lo peor del feismo: la maldad, el matonismo, la mala educación, el insulto, la mentira…
Tiempos de posverdad, en los cuales la sabiduría no reside en títulos, ni en oro, sino en lo que has cultivado en el alma. No se compra, se destila en el silencio del refugio.
Cuando el suelo tiembla y la incertidumbre manda, el instinto es la única brújula. La duda no es debilidad, es el espacio donde nace una nueva forma de caminar.
Y aparece el miedo, carcelero de los mansos que debe ser el combustible de los valientes, reconocerlo es el primer paso para desarmarlo.
Frente a los falsos profetas que prometen oro y entregan humo, el discernimiento es nuestra arma más afilada.
Y frente al ego, la libertad de errar: no hay suelo más firme para construir algo honesto que decir «me equivoqué».
Para avanzar, debemos desenmascarar a los buitres con banderas de conveniencia que se alimentan del caos.
Al iluminar nuestra propia verdad, sus sombras se disipan.
El refugio no es un escondite para huir, es el laboratorio de la revolución personal. Buscamos en el templo interior para rearmarnos de humanidad.
Nuestra solidaridad es pragmática, mi refugio es más fuerte si tu techo es seguro. Si el juego está trucado, dejemos de jugar, nos toca cambiar las normas y crear reglas basadas en la ética, la empatía y la raiz de Europa.
Ser uno mismo como persona, como pueblo como País como mundo es hoy el acto más subversivo.
La verdadera riqueza es el carácter y la palabra dada.
Porque cambiar el mundo no empieza en un despacho, empieza en la mirada limpia de quien se ha encontrado a sí mismo.
Trabajando juntos lo conseguiremos.