Asociación Vasca de periodistas - Colegio Vasco de periodistas

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Una mirada a la era del plástico

Por Fernando Valladares.

El libro de Tania Alonso Cascallana y Juan F. Samaniego (La era del plástico, Shackleton Books) nos asoma a la realidad de una amenaza silenciosa a través del viaje de los microplásticos por el planeta y por nuestro cuerpo. Aquí aporto mi resumen personal de un libro importante.

La historia del plástico comenzó a mediados del siglo XIX como un intento desesperado de sustituir el marfil de los colmillos de elefante para la fabricación de bolas de billar, dando lugar al nacimiento del celuloide en 1868 y más tarde a la baquelita en 1907. Sin embargo, la verdadera metamorfosis planetaria se desencadenó tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la pujante industria petroquímica redirigió su capacidad bélica hacia el mercado de consumo masivo. Mediante intensas campañas publicitarias y la consolidación de la cultura del usar y tirar, se moldeó un estilo de vida basado en la obsolescencia y el consumo acelerado.

Un estilo que vinculó indisolublemente el éxito económico al procesamiento del petróleo. Desde mediados del siglo pasado se han fabricado más de 10.000 millones de toneladas de plásticos vírgenes, un volumen colosal que ha transformado la arquitectura misma del consumo global y cuya permanencia desafía los límites geológicos de la Tierra.

Lejos de ser un mero material inerte, cada objeto de plástico es un complejo cóctel químico en el que los aditivos sintéticos, como plastificantes, estabilizantes y retardantes de llama, pueden llegar a representar hasta la mitad de su peso total. En la actualidad se emplean más de 16.000 sustancias químicas en la elaboración de plásticos, de las cuales más de 4.200 se clasifican como peligrosas, tóxicas o bioacumulativas, mientras que de otras 10.000 se desconoce por completo su perfil toxicológico. La fragmentación del material de gran tamaño genera microplásticos secundarios, pero la contaminación más insidiosa procede de fuentes cotidianas e inesperadas que liberan partículas primarias. El desgaste de los neumáticos de coches, autobuses y camiones representa hasta el 28 % de los microplásticos primarios emitidos al medioambiente, superando al lavado doméstico de ropa sintética, el desprendimiento de pinturas urbanas, el polvillo de césped artificial y la degradación de insumos agrícolas.

Transportadas por corrientes marinas y dinámicas atmosféricas globales, estas partículas milimétricas y nanométricas han conquistado los confines más remotos del planeta. Se han contabilizado miles de microplásticos por metro cúbico en la fosa de las Marianas a cerca de 7.000 metros de profundidad, mientras que las nevadas de la cumbre del Everest a más de 8.400 metros de altitud y la atmósfera de ciudades como Madrid registran concentraciones masivas de fibras en suspensión. Esta invasión ha propiciado el surgimiento de la plastisfera, un nuevo bioma artificial donde colonias microbianas organizadas en biopelículas utilizan los fragmentos flotantes como vehículo para propagarse por los océanos. Este ecosistema sintético no solo altera los ciclos biogeoquímicos del carbono oceánico, sino que actúa como vector concentrador de géneros bacterianos potencialmente patógenos, como Vibrio cholerae o bacterias resistentes a antibióticos.

La frontera biológica de la especie humana ha sido superada y la inhalación diaria, la ingesta alimentaria y el contacto cutáneo introducen continuamente partículas en el organismo. Investigaciones médicas recientes han detectado microplásticos en la sangre humana, así como en el hígado, los pulmones, la placenta, el fluido folicular ovárico, el semen y el tejido cerebral, confirmando su capacidad para atravesar la barrera hematoencefálica. Al intentar engullir estas partículas insalubres, las células del sistema inmunitario como los macrófagos sufren un desgaste metabólico infructuoso que desencadena desregulación energética y procesos inflamatorios crónicos. Asimismo, aditivos como el bisfenol A y los compuestos perfluorados o químicos eternos actúan como disruptores endocrinos que alteran las rutas hormonales, la salud cardiovascular y la función reproductiva.

Frente a este escenario crítico, la narrativa oficial del reciclaje mecánico se revela como una ilusión diseñada históricamente por la propia industria petroquímica para frenar regulaciones severas y transferir la responsabilidad ética al consumidor. Las tasas globales de reciclaje real permanecen estancadas cerca del 9% debido a la degradación térmica de los polímeros, los costes de separación y la liberación intrínseca de microplásticos durante el procesamiento mecánico. Las iniciativas de limpieza en alta mar resultan estructuralmente insuficientes sin un cierre drástico de la producción. La única salida efectiva ante la crisis requiere trascender la falsa promesa del reciclaje y exigir un tratado global jurídicamente vinculante que imponga límites a la extracción de petróleo, restrinja la fabricación de plásticos no esenciales, elimine aditivos tóxicos e impulse modelos de producción verdaderamente sostenibles.